Actualizado: 30/09/2022 17:38
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Con ojos de lector

¿Escollos o ardides creativos?

Dos autores de diferentes generaciones apuestan en sus libros por la reactivación de formas poéticas tradicionales como el soneto y la décima.

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Alguien tan autorizado para hacerlo como Orlando González Esteva, ha comentado que uno de los beneficios de las llamadas formas tradicionales es el de ser un antídoto contra el facilismo imperante en la poesía contemporánea, contra esa impresión, tan abrumadoramente extendida, de que "un poema puede ser cualquier sarta de frases dispuestas at limitum sobre la página en blanco y empeñadas en sugerir algo a través de más de una incoherencia disimulada". Precisa, no obstante, que ninguna forma puede garantizar la excelencia literaria, pero opina que las más cerradas al menos tienden a erradicar esos dos males que son la improvisación y la sordera. Y expresa, por último, que quien les teme o las desdeña ignora u olvida su ingrediente mágico y hasta divertido: "Ve escollos donde hay sólo trampolines; camisas de fuerza, donde sobra espacio".

Cada creador, en todo caso, puede argumentar las razones, sus razones, para explicar esta reactivación de recursos como la rima, la métrica, el ritmo. ¿Es retorno o es huida? ¿Vuelta incondicional al tradicionalismo o voluntad de ir contracorriente? O como dice González Esteva, ¿sometimiento a la camisa de fuerza o apuesta por la holgura de un espacio abierto? Me pregunto cuál de esas opciones —igual se trata de alguna otra—, fue la que llevó a Reynaldo González (Ciego de Ávila, 1940) a acogerse a los patrones de una estrofa tradicional como el soneto, para su tardío estreno como poeta: Envidia de Adriano (Ediciones Unión, La Habana, 2003). No sé si en alguna oportunidad se ha referido a ello, pero en su caso no es ocioso recordar que ha sido siempre un lector constante e inteligente de la poesía española y, sobre todo, de períodos como el Siglo de Oro. Quevedo es, por ejemplo, un autor a quien González vuelve con regularidad, pues lo considera Un "permanente contemporáneo" (a él pertenecen precisamente dos de los epígrafes que acompañan a cinco de los textos de su breve poemario).

Habrá, por otro lado, quienes recuerden que la anterior obra de creación de González, Al cielo sometidos (2000), es un homenaje elaborado y jubiloso a la novela picaresca española y a los clásicos del Siglo de Oro (Quevedo y Luis de Góngora figuran entre los personajes). Ese sistema de vasos comunicantes que unen novela y poemario dista de ser arbitrario, y responde a una pasión por los grandes autores de la literatura clásica española que el propio González ha declarado en más de una ocasión. Para ilustrar mi afirmación, en uno de los trabajos recopilados por él en Espiral de interrogantes (2004), se puede leer: "Reitero mi admiración por el rigor con que los artífices de la lengua le sacaron lumbre en medio de penurias y levantaron el palacio en cuyos corredores nos adentramos (…) Sus aventuras formales todavía deslumbran". Pero no cabe hablar aquí de una deliberada línea de continuidad, puesto que los textos que conforman Envidia de Adriano son muy anteriores a Al cielo sometidos: uno está fechado en mayo de 1972, otros veintidós entre diciembre de 1978 y febrero de 1979 y el más reciente, en junio de 1991.

Para su primera comparecencia pública como poeta, Reynaldo González eligió como tema dominante de Envidia de Adriano uno de larguísima tradición en la literatura universal, el del amor. Treinta y nueve de las cuarenta y ocho páginas del libro están ocupadas por un bloque al cual dio el sencillo título de Sonetos amorosos. Está integrado por veintidós piezas, en las que, como anota Pablo Armando Fernández en la introducción, la poesía es puro acontecer espiritual: "No estando estás. El recuerdo presiente/ la cercanía de tu voz, la espera/ húmeda de tus ojos, la sincera/ búsqueda del placer en mí latente.// No estando estás. No logras ausentarte/ si me llevas en ti pero me dejas/ y con tal desvarío a cualquier parte// adonde vayas voy sólo en pensarte,/ el amor te retiene aunque te alejas/ y queriendo partir logras quedarte".

Esos versos pueden servir para que se tenga una idea de las bases sobre las cuales González ha creado su discurso. Es la suya una poesía esencializada e íntima, cincelada con esmero de artesano ("más con buril que con clima", como expresa él sobre Quevedo), y en la cual logra una sabia mezcla de emoción y sabiduría, de cálido lirismo y pensamiento. Aunque sus sonetos son impecables desde el punto de vista canónico, sabe liberarse de los corsés de la arquitectura del texto, y consigue que ésta en ningún momento constriña el contenido poético. Sus sonetos poseen asimismo un depurado sentido del ritmo. Están escritos además con un lenguaje de una rica sonoridad y, también, muy cuidado, pese a que no cae en la superficialidad de lo decorativo, trampa frecuente cuando se emplean las formas estróficas clásicas.


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