Actualizado: 25/04/2019 10:04
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Literatura, Literatura Cubana, Poesía

Escrito en los ojos de las calcedonias

En país extraño (Editorial silueta, Miami, 2014), de Michael H. Miranda, es un libro cargado de poesía dubitativa, lejos de las verdades reveladas o los hechos sin dobleces

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“Llego a preguntarme a veces si las formas superiores
de la emoción estética no consistirán,
simplemente, en un supremo entendimiento de lo
creado. Un día, los hombres descubrirán un
alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los
pardos terciopelos de la falena, y entonces se
sabrá con asombro que cada caracol manchado era,
desde siempre, un poema”.
Alejandro Carpentier, Los pasos perdidos

Suelo decir a mis amigos que la poesía me visita de tarde en tarde y en esas ocasiones intento aprovechar lo que musita a mi oído. Pero ella es mi musa inconstante, impredecible. Leyendo En país extraño, de Michael H. Miranda, descubro con envidia que mientras a mí me concedía largas ausencias, la musa inconstante de la poesía mantenía con él una intensa relación de la que es prueba este libro.

Las palabras con las que un autor comienza un volumen no sólo son la puerta de entrada a esos misterios de Eleusis que es toda poética, sino que marcan el territorio que el poeta nos propone. La geografía de sus sueños. Las coordenadas de la palabra. En país extraño comienza:

“he dejado que crezca un ojo de humo en mi diario
voy hacia la patria en fila india
de cualquier modo sobrevivo lento
vuelto mío el horror el tedio
dios sabrá cómo alejar el regusto que despedirse deja”. (11)

Un inicio exacto y al mismo tiempo engañoso. Libro de despedida y de reinicio no es, de ningún modo, libro de nostalgia, de paraísos añorados o perdidos, porque “mi cuerpo suda lo que mi alma vivió” (12), y en una suerte de declaración el autor afirma “escribo para decir nunca” (12).

“tendrían que expulsarme
a latigazos
de mi cuerpo”. (12)

Y más adelante se reafirma: “vivo la no-isla la no-edad del país que mira al mar” (14). “Preferiría el desafío de un duelo con todo y la nostalgia” (14).

Notariado de percepciones. Poesía dubitativa, lejos de las verdades reveladas o los hechos sin dobleces. Poesía personal (“yo no quiero salvarme si no salvo mi cuerpo. yo me pongo a escribir yo y me subo sobre mí”, confiesa, 17), pero no siempre:

“no soy yo el que quiere escribirse
soy el profeta espurio
no sé a cual verdad aliarme
(mejor dicho, no siempre)” (68)

El autor compone su poética con todos los materiales disponibles, no prescinde de nada, la muerte siempre merodeando, siempre presente, la vida toda desde el dolor al gozo. El poeta quiere que “toda palabra escrita sea parte de mí” (87). Y da cuenta de ello:

“he visto. fui feliz sin abstenerme sin evasiones. todo cuanto sufro no lo aprendí en esta vidamiseria. anduve. ando. vine de la muerte que es como gramo de polvo sobre el asfalto. ya está dicho: algo roe las entrañas del país. (…) si una sombra duele ¿será mi sombra?” (87).

Y suma a su discurso los más disímiles materiales disponibles: “cualquier todo escrito: noche espléndida, el rumor de ciudades sitiadas, golpes en la puerta, surcos de tierra en rodillas que sangran” (87).

Echa mano a la prosa:

“en manhattan una tarde enrique lihn toma el metro a cualquier lugar una casa/ con algo de catacumba al aire libre desventrada sobre el nivel de las aguas divisa una monja entre la muchedumbre (…) pero no sabe de pronto dónde se le pierde porque no puede verse dos veces la misma cara en el subway” (67)

Y a la transliteración de discursos que suelen poblar las culturas de frontera:

“justo ayer en fin oí que moríamos y corrí a alimentar las bestias pon en hora tus relojes close your eyes my baby vamos a fumarnos unas yerbas antes que suene el látigo la ruta del caminador yo la conozco fácil entre líneas del viejo testamento total casi nunca soñamos transiciones la vida es hermosa es siempre algo peor parecido a la vida” (44)

Incluso echa mano a la isla, las islas, la soñada y la que lo sorprende en la vigilia:

“soñé una isla de amparo y desnudez. al despertar hallé el manicomio en sordina de otros cuerpos danzando.
los he visto. tú lo has dicho.
algo como la noche está cayendo”. (87)

El autor apela a múltiples referencias y discursos culturales que ensambla en el corpus de un discurso con sus propias reglas (ausencia de títulos, abolición de mayúsculas, sintaxis sincopada, textos veloces como en contrapunteo). Parafrasea incluso el conocido poema El otro, escrito por Roberto Fernández Retamar, supuestamente, el día 1 de enero de 1959, donde hace un mea culpa y lloriquea:

Nosotros, los sobrevivientes,
¿A quiénes debemos la sobrevida?
¿Quién se murió por mí en la ergástula,
Quién recibió la bala mía,
La para mí, en su corazón?

Escribe Michael H. Miranda:

“a quién le debo yo mi podredumbre.
a qué nombre estoy sujeto.
quién sopló en mi costado.
quién me arrancó los ojos para dejarme mudo.
(…)
la isla es un punto cardinal en esta fiesta.
a quién le debo yo mis dos orillas”. (70-71)

Poética signada por los eventos del exilio en fase de proyecto

“la raíz del hielo está creciendo como isla a la deriva
hacia ningún lugar de la tierra llamado paraíso
defunciones
rupturas
viajes
(…)
se oye el aleteo de ave migratoria
las dosis de amar que el tiempo resta”. (85)

“mis tropicales días están contados./ créanme: soy feliz sabiéndolo”. (73-74)

Pero también del éxodo consumado, porque “hacia viejas querencias voy lejos de este muro en país extraño”. (35). Aunque la entidad del país extraño puede ser el país promisorio al que arriba o el país natal al que ya no reconoce. Poesía de la memoria, como se encarga el autor de subrayar:

“escrito su nombre en el reverso
me alejo entre tumbas
voy solo por el país de memoria” (21)

Porque “mis puentes son de memoria. dicen no transitar. arcos tensos. países/arcos” (43) no desprecia la puntada filosófica:

“vi nevar y vi unos hombres remando hacia adentro
tierra adentro
y era noche cerrada entre las manos”. (20)

En país extraño es un poemario personal, íntimo, desgarrado, que con frecuencia acoge eventos de la realidad inmediata (sin carácter de panfleto o denuncia) que no han podido menos que conmover la vida del autor. No hay una voluntad referencial expresa o explícita, pero ocurre que

“a veces el día es una sacudida del largo de un hueso
el temblor de campo minado lo va borrando
y es como echar a caminar sobre los cuerpos
que el paraíso olvida” (45)

Entonces el poeta decide “abrir una vena hacia el océano como si flotaran mensajes o de una tabla húmeda brotaran volvieran los muertos que tragó el noventicuatro los lanzallamas orfebres de rojerías” (46), y confiesa que

“he escrito prados libertad hastío
he mentido a sabiendas
viví lo atroz de aliarme a mi contrario” (55)

En cualquier caso, no es la poética del resentimiento como no lo es de la nostalgia o de una memoria lastimera sino una poética del post: una poética cuyo epicentro ha dejado de ser el espacio autorreferencial, enfermizamente endogámico de la isla para emplazarse en un universo posmoderno y posnacional de coordenadas mudables aunque el autor reconozca que

“nadie puede deshacerse de lo que odia
nadie puede ver más allá de su sombra”. (96)

Si son importantes las frases iniciales de todo poemario, las que marcan el territorio como cualquier animal en la jungla de las palabras, no lo son menos las finales. En el último poema, Michael H. Miranda sentencia:

“en hesíodo conversan el gavilán y el ruiseñor
el uno saqueará la ciudad del otro
maldito quien pretenda ahogar al poderoso” (98)

Pero no se trata de una constatación desolada. El poeta se dispone a aparejar sus naves y partir hacia los territorios que su imaginación revela al recorrerlos, transita hacia la geografía de sí mismo:

“observa los augurios
echa al mar tus naves una mañana de calma
abre los toneles para el día sagrado.
de la injuria qué brota qué va a quedar
en la mesura estuvo lo perdurable de estas palabras”. (98)

Pero no es la mesura lo que nos impide abandonar este libro, aunque de mesura no carezca. En la historia de la literatura no escasean los poemas cerebrales, filosóficos, reflexivos que, en el mejor de los casos, apelan a la inteligencia como un volumen de Heidegger, y en el peor, suelen ser poemas prefabricados. En país extraño este escrito desde la más desgarrada intimidad donde “toda verdad desnuda viene a salvarme” (91) y no apela a la reverencia o la vocación didáctica de sus lectores sino, directamente, a la sensibilidad. Y lo hace con una sabiduría poética que esconde las costuras, escamotea sus andamiajes y se presenta con la naturalidad de un poema escrito en los ojos de las calcedonias.


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