Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Escritores cubanos por el mundo: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”

Gracias a la revolución y al exilio, muchos cubanos han podido superar la insularidad

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El afán de incorporación de figuras y textos, por parte de los escritores cubanos a partir de la segunda mitad del siglo pasado, marca una tendencia que, si bien cuenta con algunos antecedentes, no es hasta Guillermo Cabrera Infante y José Lezama Lima que se vuelve modelo a imitar. No es casual —no llegará a serlo— que ambos terminaran convertidos en los representantes de las dos caras del desterrado: el exilio y el insilio. Del tránsito político y literario hacia ese destierro; de las diferencias con exiliados anteriores y de quienes son en la actualidad sus seguidores, por vocación y destino, trata este artículo.

Ese momento de apropiación es también un deslinde. A partir de entonces la literatura cubana, que con el tiempo ha mostrado mayor trascendencia, se vuelca hacia lo urbano, pese a la presión ideológica por destacar lo rural, la épica revolucionaria en las montañas y las labores agrícolas. Amplia el concepto cosmopolita, hasta incluir el espacio reducido de la habitación a la sala, y termina por desbordar la isla.

El mejor ejemplo que indica lo contrario —Condenados de Condado, de Norberto Fuentes— no hace más que confirmar la regla: la épica se reduce al cuento y se pierde luego en imitadores menores. La gran novela revolucionaria continúa siendo una asignatura pendiente.

Esta distinción es importante, porque nuestro paradigma literario se destaca por recorrer un camino contrario: tras abandonar la vía compleja de los Versos Libres, José Martí culmina su obra literaria en la mejor recreación de la manigua cubana que conocemos. Su Diario de Campaña contiene al inicio el mejor párrafo jamás escrito en Cuba —“Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos”— para dedicar luego sus páginas a la descripción detallada del hombre y la naturaleza de la Isla.

Sin proponérselo, Martí logra eclipsar a nuestra novela ejemplar del siglo XIX, que es por supuesto urbana: convierte a Cecilia Valdés en libro de lectura de enseñanza secundaria, tema de zarzuela, argumento de película mala. Se contempla con respeto condescendiente a Cirilo Villaverde, pero es a Martí a quien se imita.

La transformación que logran Cabrera Infante, Lezama Lima y Alejo Carpentier —el tercero en disputa literaria y política constante con los anteriores— durante los primeros años de la revolución cubana se ve amenazada desde el inicio por motivos extraliterarios: Paradiso apenas se difunde; se lee y comenta al salir publicada y luego se silencia. Tres tristes tigres no llega siquiera a las librerías y se convierte en el libro prohibido por excelencia. Carpentier queda entonces como el encargado de brindar la gran obra totalizadora, que logre sintetizar la epopeya revolucionaria en el estilo de la novelística rusa y francesa del siglo XIX; y fracasa en el intento.

Tendrán que pasar años para que los escritores cubanos se recuperen de la oscuridad casi absoluta —que con benevolencia exagerada se conoce en la actualidad como “quinquenio gris”— de la década de 1970, cuyas consecuencias se extendieron más allá de esta fecha, y se intente de nuevo desarrollar una literatura urbana que amplíe el rumbo marcado por Cabrera Infante, Lezama Lima y Carpentier.

Solo que para entonces La Habana habrá cambiado por completo. La nueva ciudad impone otra visión, en la que imperan los infiernos urbanos de Pedro Juan Gutiérrez y los laberintos de Leonardo Padura.

El cosmopolitismo que implica lo urbano se evidencia en el añadido de figuras que trascienden el ámbito cubano en un sentido inmediato. Por ejemplo, al paisaje ciudadano se incorpora el gran filósofo de las ciudades, Walter Benjamin. Añadir a un escritor tan distante del escenario cubano como Benjamin es solo posible desde la perspectiva de la ciudad, pero hace falta más: trascender la frontera del nacionalismo. Dejar el campo es un acto necesario, pero solo el primero.

Gracias a la revolución y al exilio, muchos cubanos han podido superar la insularidad. Ninguna ciudad les es extraña, o puede que todas les resulten tan ajenas como La Habana, tan lejanas como cualquier pueblo de provincias en que nacieron. Han logrado que Benjamin sea un desterrado más. Una figura cercana en padecimientos y esperanzas. Un ciudadano del mundo, similar a ellos, sin importar si vivió en Cuba o en Alemania.

Hay un grupo numeroso de escritores nacidos en la Isla regados por el mundo, que trascienden los esquemas a los que estábamos acostumbrados hasta hace apenas un par de décadas. Por lo general dominan varios idiomas, han incorporado a sus vidas los hábitos y modos de vida del lugar en que radican e incluso ejercen profesiones al igual que lo hacían en Cuba y que los nacidos en los lugares que los han acogido. No por ello han dejado de ser cubanos, sino que han extendido el concepto. Convertidos en desterrados universales, su vida cotidiana es alemana, española o norteamericana, pero su hogar es cubano.

Mi única duda, a veces, es si considerarlos elegidos. O pensar, más sobriamente, que arrastran una maldición.


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