Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Esteban, Cine, Cine Cubano

“Esteban”, o la ironía en el desaliento

A los directores y guionistas del nuevo cine cubano les está asistiendo la democratización y el abaratamiento de las tecnologías

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El llamado “cine de la revolución” —el malo, el de la propaganda—, se va difuminando en la misma medida que no hay nada bueno y nuevo que contar. Aquel cine heroico, cuya preferencia por la gesta decimonónica, las guerras extraterritoriales y las luchas “antimperialistas” consumieron miles de metros de celuloide y lo mejor de nuestros actores, escritores, guionistas y directores, va dando paso a un cine menos costoso, independiente, centrado en el heroísmo, no del soldado o del militante, sino en el del cubano sencillo, el verdadero titán de la muy dura vida diaria cubana.

Es el proceso lógico del arte, quien acompaña invariablemente los flujos sociales y económicos de cualquier época o país. En las primeras tres décadas de la revolución, y salvo muy raras excepciones —muy buenas excepciones, por cierto— que confirmarían la regla, el optimismo y la esperanza llenaba las pantallas de los todavía abundantes y enormes cines de toda la Isla. Época de resaltar la épica revolucionaria, aunque fuera parcial, y que los malos siempre fueran los mismos. Nos hartaron de Escambray, Playa Girón, mambises y guerras en África.

Fue justamente al final de la década de los 80, y a tenor con la mejoría económica y de cierta independencia socio-económica, que algunas películas cubanas comenzaron a hacerse ácidamente críticas, irreverentes hacia “la gloria que se había vivido”. Los festivales internacionales de cine de La Habana parecían abrir una ventana al mundo; atraían los mejores aires de un continente que recién salía o pulsaba por salir de las dictaduras, y que como el cine independiente norteamericano, luchaba entonces por desgajarse definitivamente de la tiranía hollywoodense. Nuestros directores y escritores pudieron haberse confundido. Se juega con el rollo de celuloide, no con el dueño del proyector. Tal es el caso de Daniel Díaz Torres con Alicia en el pueblo de Maravillas, un filme que ha quedado como PM, pues sin ser joyas del séptimo arte, marcan un antes y un después gracias a atribuciones de disidencia encubierta.

En los años posteriores al llamado “Periodo Especial” las coproducciones sobreexplotaron temas hasta entonces vedados como la emigración y la decadencia moral —la prostitución, la corrupción, el nepotismo. Los artistas se refugiaron en la coartada económica, en el hecho cierto de quien pone la plata pone el guion. Y aunque de muchas de ellas apenas recordamos sus nombres, bastó Fresa y chocolate (1994) —una coproducción cubano/española/mexicana— para redimir al mejor Titón, y el cine como arte para el mejoramiento humano.

Lo que está sucediendo con el cine cubano es algo que solo se podrá analizar en 10 o 15 años. Y es así, porque hay una contradicción aparente entre los recursos, cada vez más caros para hacer cine, y el nivel de realización y actuación de quienes lo hacen hoy en Cuba. Sin grandes presupuestos ni pretensiones estéticas elitistas, los jóvenes que hacen nuestro cine en la segunda década del Siglo XXI están dejando documentos de invaluable valor para las generaciones futuras. Y es un hecho curioso, además, porque es un contexto socio-político que no los acompaña; una gran cantidad de jóvenes y adultos han perdido toda esperanza, y su sueño es abandonar la Isla, no importa cuanto lo nieguen los periódicos o el Noticiero ICAIC, si reviviera.

II

Pues Esteban (2016), de Jonal Cosculluela, es otro clamor en el desierto de la desesperanza, un grito que sale de la Cuba profunda, la que no renuncia a soñar ni siquiera cuando hay hambre y “un solo pan por la libreta”. Como en Conducta (Ernesto Daranas, 2014), o en Habana station (Ian Padrón, 2011), la Habana y sus habitantes se convierten en personajes por derecho propio. La Capital vuelve a verse empercudida, tragada lentamente por la desidia —el Diego de Fresa y chocolate diría tragada por otra cosa— y nos deja creer con barbacoas y edificios empecinados en morir de pie que una vez el “París del Caribe” pudo tener más cines y teatros que Nueva York.

Es en esa ciudad que se hunde en la miseria donde un niño llamado Esteban —¿guiño a ese otro grande, Salas? — siente una extraña vocación por el piano. El chico no tiene nada material o espiritual que lo acerque al instrumento más completo. Todo lo contrario; puede ser un perdedor desde el inicio. Sus padres están separados —quizás nunca se casaron— y asistimos desde el inicio a la irresponsabilidad del padre con el sostén de su hijo. La madre es una “merolico” que sobrevive vendiendo de todo a la entrada de un mercado; el padre un cantinero habituado a estafar a los clientes “aguando” el ron en un bar de mala muerte. Son personas jóvenes, crecidos dentro de la Revolución, que solo saben vivir del “resolver”. Puede parecer una circunstancia peculiar; quienes conocen la realidad insular saben muy bien cuan frecuente puede ser.

El guionista —Amílcar Salatti— ha escrito una historia un tanto lineal, de final predictible, con pocos puntos de giro. Pero a pesar de ser por momentos repetitiva, engancha por el contenido humano, por el mensaje de optimismo que logra rebasar el pesimismo asfixiante. Mención especial para los actores por la organicidad con la cual les han puesto piel a sus personajes. Yuliet Cruz, quien encarna la madre de Esteban, se lleva las palmas. Ella ha dicho que por momentos recordaba su propia vida, sentía revivir su propia madre. Reynaldo Guanche, Esteban, no procedía de una escuela de música o actuación. Cosculluela le arranca al niño frases y gestos memorables. Y como siempre, los grandes Manuel Porto y Raúl Pomares, este último, recientemente fallecido, en un par de breves apariciones.

Por último, la música de Chucho Valdés, como ya es habitual, se convierte en otro protagonista alrededor de la cual gira el “misterioso” secreto del viejo profesor de piano. La pieza “Diego” es el hilo conductor del melodrama —sin intención peyorativa—, y nos recuerda la excelente música para cine compuesta por nuestros mejores compositores. Y es algo que se agradece, porque como Esteban, es una bocanada de aire fresco entre tanto “bochorno musical” de nuestros días.

III

Una publicación como Cuba Posible, que intenta desde sus páginas ayudar a la reintegración del país en su diversidad ideológica, racial, religiosa y económica, está dedicando en estos momentos varios trabajos al tema del cine cubano. No parece casual. El séptimo arte suele ser una de las vanguardias artísticas de la modernidad —donde confluyen casi todas las artes—, y ha sido una tradicional, y hasta cierto punto respetada zona de tolerancia aun en los momentos de mayor represión y “rectificación de errores cometidos”. El homo cubensis, bastante cinéfilo desde la época en que todos los pueblos de la Isla tenían junto a la iglesia y el parque, el teatro-cine y el liceo, ha disfrutado la mejor cinematografía y sabe apreciarla.

Esta nueva hornada de creadores, una especie de “nietos del ICAIC” apuestan por una filmografía hecha en Cuba y para Cuba. Y al mismo tiempo, hacen un cine de fronteras difusas que ha renunciado a la denuncia en la misma medida que a la apología revolucionaria o la atribución del desastre a otros, los “sospechosos habituales” de siempre. Estos “novísimos” ni siquiera se regodean en la miseria; la destrucción material es, en todo caso, el sitio desde donde emerge lo mejor del cubano; y va siendo una regularidad, nada casual, que casi siempre sean niños —los nuevos Elpidios— los protagónicos de la mayoría de los filmes cubanos recientes. A los nuevos directores y guionistas les está asistiendo la democratización y el abaratamiento de las tecnologías, y la herencia dejada por ese grande del celuloide nacional, Humberto Solas, quien parece repetir cual mantra desde otra dimensión que el cine puede ser pobre pero jamás deshonesto o laudatorio.

Pero el dilema de los creadores cubanos no está en la obra en sí, que empieza a despegarse de los compromisos políticos o económicos de quienes la subvencionan. El conflicto está la “autorización” y otros “ción”: producción, exhibición, promoción. Como sucede con la industria de la música, del libro, o de la plástica, los mayores estudios de grabación y las emisoras de radio y televisión, las imprentas y las grandes galerías y museos siguen bajo control de un ente indefinible e incontestable llamado Estado y cuyas tijeras, también invisibles, podrían recortar las siluetas antes de hacerse nítidas para el gran público.

Puede parecer una batalla perdida antes del comienzo, pero los jóvenes directores, actores y guionistas están peleando una llamada Ley de Cine que haga necesaria y legal la producción, la exhibición y la promoción cinematográfica en Cuba. Al menos así lo deja ver el director y guionista Pavel Giroud (Tres veces dos, La edad de la peseta, Playing Lecuona, El acompañante) en una extensa entrevista publicada en Cuba Posible:

“¿Por qué crees que hemos gritado por una Ley de Cine? No solo ha sido para la regularización de la producción. En la propuesta en que trabajamos, la distribución era un punto de los más importantes. Si una sola empresa privada internacional asume los roles que tiene el ICAIC (producción, ventas, distribución y exhibición), es acusada de monopolio. No se puede crear un circuito independiente de exhibición, porque no hay ley que lo regule. Y no solo eso, no hay una ley que regule la actividad cinematográfica en general”.

Y esa lucha entre el control y la libertad, entre una nueva generación de creadores y una de funcionarios y censores sin coartadas ideológicas creíbles, se está creando una “masa crítica” cuyo punto de inflexión, para disgusto de los violentos, es un cine independiente, alejado de toda ideología que no sea el verdadero bienestar de los cubanos de la Isla. Es lo que Esteban nos deja: aún hay una Cuba donde sus habitantes sencillos son importantes reservorios de sensibilidades y ternuras. Esteban es como una ironía en medio del desaliento; esa flor crecida en el desierto árido e inhóspito para recordarnos el milagro que es la vida. El mayor mérito de Esteban no es cinematográfico. Es enseñarnos que en esa Cuba sumergida, quebrada espiritualmente en varios órdenes, habita todavía el talento y la dignidad de unos pocos, los suficientes para salvarnos a todos.


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