Actualizado: 25/09/2020 0:20
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Felipito el maceta

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Cuando la policía vino con el registro, le pasaron diez veces por al lado al dinero, y ni se enteraron. Felipito llevaba muchos años cambiando dólares detrás del Correo, cazando turistas que iban a la Cadeca. El dinero estaba en los postes estructurales de la sala.

Después del Pre, que terminó a duras penas, Felipito fue a Alemania a trabajar. Cuando empezó el desmerengamiento, regresó con una MZT y una alemana flaca, de ojos desteñidos, que lo que duró en el pueblo no llegó a seis meses. Cuando vio la casa de palo en Pueblo Nuevo donde vivían Felipito con el hermano mayor y la madre, aquella flaca salió chillando gomas.

Felipito y el hermano eran de los que tenían la última ropa y los últimos equipos primero que nadie, los traían de la Habana. De los jebosos. También trajo dólares de Alemania, los primeros que vimos nosotros, un día que nos enseñó un rollo.

Cuando se formó la idera en los bing bang nos imaginamos que el grupo de los bonitillos iban a espantar la mula, con sus jeans desteñidos y sus camisas bacterias. Y así fue, un día se regó que Felipito se había ido.

Así era el de bisnero que llegó a Miami con diez mil dólares en el bolsillo, cuando otra gente se bajaba de la balsa encueros y con la mano en los bolsillos. Con aquel barito abrió una tienda en Hialeah, de ropitas y cositas de esas, a convinience store le dicen los gringos. Con el tiempo, se le fueron pronunciando las entradas, y le salió una barriga anormalmente localizada: no le engordaron las caderas ni los muslos, solo tenía una barriga de embarazo, parece que la Becks fría, a diez por noche, causa ese efecto.

Entonces fue cuando nos enteramos que Felipito era un anticomunista tremebundo. ¡Candela, candela pa esa gente! decía, hablando de la gente en Cuba. Que son unos carneros. Ese negro es comunista, te lo digo yo, decía de Obama. Se compró un tique para ir a ver a Trump a un discurso en Jacksonville. Ese es el caballo, una bola de cojones.

La madre de él siempre estuvo medio enferma, y Felipito iba a Cuba cada rato. Tenía contactadas dos jevitas que conoció por Facebook, que no llegaban a dieciocho años ninguna, bueno, pasaba unos días con la madre, y después se las llevaba para Varadero en un tur, para el Tuxpan que era el que le gustaba. Lo que sí no le gustó cuando a los cubanos de Cuba les permitieron consumir en los hoteles. Se comían todo el jamón de la mesa sueca en quince minutos. Iban con jabitas para llevarse el helado para los niños. Esa gente no tiene educación, se lamentaba.

Con el tiempo mudó a la madre para una casa con un portalito pequeño, pero con vista al mar. A medida que se iba acercando el retiro, dijo ese gao no lo pierdo yo. Vendió la tienda, se repatrió, iba y venía. En Miami era de los duros de Trump, y cuando no hubo más Trump, inundaba el Facebook con memes contra los comunistas demócratas. En el pueblo, le sonreía al del CDR desde su sillón en el portal, cuando lo veía pasar, y un par de veces le trajo un Habana Club anejo siete años del buti, del duty free. Le pasaba puntualmente un dinerito al inspector de la electricidad. Era asiduo a los paladares de la playa, siempre iba con una o dos jineteritas (claro, no las de antes, ya aquellas habían parido y una se había casado con un viejo italiano y vivía en Rimini). Hablaba poco cuando nos veíamos. Se le notaba el cansancio de quien lo sabe casi todo.


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