Actualizado: 09/12/2019 13:16
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Literatura

Fina García-Marruz y la poética

Premio de Poesía Pablo Neruda, la escritora ha enriquecido las letras nacionales con su peculiar aprehensión de 'lo cubano'.

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Leyendo el excelente comentario de Duanel Díaz en su blog, Fina, Dama Poesía, quisiera sumarme a la legítima alegría por el Premio de Poesía Pablo Neruda, que le fue otorgado en Chile por el conjunto de su obra.

El crítico realiza agudas observaciones sobre el sentido y los límites de la cosmovisión que emana su obra. Sin embargo, no comprendo del todo su afirmación sobre sus "discrepancias con su poética", aunque sí, claro, con "su posición política", e incluso con su cosmovisión, que el crítico aprehende, pese a la brevedad de su texto, con claridad y profundidad.

Pero acaso sea un problema semántico. ¿Qué sentido tiene discrepar con la poética de Shakespeare, de Dante, o de Broch o Gombrowicz, o, en nuestro ámbito, con la de Lezama, Piñera, Carpentier o Cabrera Infante? Eso, además, cuando un autor no secreta distintas o simultáneas, o sucesivas poéticas. Las poéticas son siempre, en última instancia, singulares. Quiero decir, tan singulares como las personas mismas, y las personas, ya se sabe también, son, al menos, la "triple bestia" que le describió la Esfinge a Edipo…

Uno puede ciertamente afirmar: no me gusta esa persona, etcétera, o no me interesa esa poética…, o en el caso de que despleguemos una propia, enfatizar: mi poética es diferente, que vale lo mismo que decir: soy diferente.

Ante las poéticas, en suma, como ante las personas, sólo cabe el desdén, la indiferencia o el amor. Pero es inútil negarlas —¿se puede negar un árbol, un ocaso, una supernova? Incluso "discrepar" de una poética es algo ocioso, a no ser que se haga para afirmar la propia, con lo cual tampoco se desdibuja a la primera, antes bien se la reafirma por contraste.

Toda mirada es promiscua

Lo más útil siempre será tratar de comprenderla —lo cual, por cierto, Duanel Díaz realiza sin lugar a dudas—, pues en toda poética, como en toda persona, siempre habrá algo inextricablemente singular que nos rebasa y enriquece.

Frente a una poética caben, al menos, dos actitudes: en primer lugar, el extrañamiento que implica mirar, así sea en un instante, desde otros ojos —lo cual es la esencia de la participación creadora—, y que es la antesala del amor (pues siempre amamos u odiamos lo diferente, o, en otro sentido concurrente, lo que fuimos o lo que quisimos o queremos ser); extrañamiento caníbal: incorporar lo diferente para que luego mire también desde nuestros ojos con una distinta mirada.

Y aquí ya rozamos la agonística del canon. Porque toda mirada es promiscua, en última instancia intertextual, palimpséstica. El mestizaje de la mirada puede producir un molesto escozor o una salvaje alegría. Somos como una sopa incesante, inacabada siempre, de la creación, de un big bang inalcanzable.

En segundo lugar, la comprensión, que ya opera por reconocimiento, y que complementa al extrañamiento. Es su parte en cierta forma melancólica, pero indudablemente amorosa también. Es la más difícil, porque implica aceptar comunidades, y atenta contra nuestra arrogante singularidad, porque supone ciertamente un límite. "Denme el conocimiento de un límite y la más simple frase melódica nos puede llevar de la mano a lo insondable", dice Fina García-Marruz.


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