Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Herido de sombras

Tres años sin Ibrahim Ferrer: De toda la luz de finales de los cincuenta a la oscuridad de 30 años en el olvido.

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La cosa es que Ibrahim se fue sin molestar, así era el chino. Y eso que dejó pendiente conversar con los ambias que quince años atrás le acompañaban cantando el pregón del botellero en el destartale de Las Ruedas, en ese centro de La Habana que ya olfateaba el dólar, plagándose de jineteros proponiendo ron, tabacos y PPG. Al fondo, el mar y el muro del Malecón, y de noche, por momentos, la percusión de las olas contra los rompientes le hacía segundas a la caja de lustrabotas de "Vivín", que así le apodaban.

Otro olvidado con menos suerte aún, el periodista Manuel Villar, había dado el fotutazo: "…cáiganse urgente allá por Las Ruedas y tomen unos tragos con Ibrahim" . La ciudad había entrado en la etapa del "sálvese quien pueda", y aquel barrio era la candela. "Asere, estoy en la tea, pero da gusto encañarse con ustedes" . Quien fuera uno de los mejores vocalistas de los dorados cincuenta trataba su caja de trapos y betunes con el mismo arrobo que las claves, las maracas o el cencerro, cuyo tañer dominaba como pocos.

Ibrahim estaba en pleno apagón, encerrado en sus recuerdos. Pocos recordaban entonces la fuerte voz vestida con saco de dril blanco y pantalón de rayas que en la década de los años cuarenta fuera primer solista de los Jóvenes del Son y del conjunto de Wilson. En los días del sin tiempo y sin memoria también se había descompuesto el contorno del cantante que inundó radios y victrolas mandando a gozar al platanar de Bartolo, y que ya por 1957 cantaba con la Ritmo Oriental y la Banda Gigante de Benny Moré.

Antes del apagón, el crepúsculo fue largo. Como La Habana, Ibrahim transitó de toda la luz de finales de los cincuenta a la oscuridad. Del Tropicana y del Alí Bar a las calles donde la capital perdió el empaque, descubriéndose sin maquillaje, mostrándose tal cual es, sucia, agujereada, con olor a gas y a malos sueños que, a pesar de todo, no tumbaron a "Vivín".

Seguro le ayudó Babalú Ayé, a quien Ibrahim respetaba como buen hijo. Babalú sabe bien lo mucho que sufren sus devotos, y con ellos era caritativo y misericordioso. Eso contaba Ibrahim, alternando los cuentos del lavatorio del santo con los de los conciertos con Chepín, Pacho Alonso y el Benny, cómo no, siempre el Benny.

Las glorias perdidas

¿Qué pasó después del sesenta? Difícil saberlo, porque las revoluciones suelen quemar los archivos. Quizás en otra entrega. Una tarde, cerca de la cola beligerante del agua en cisterna-pipa, pasándose una colilla de "popular" de una comisura a otra del labio, el maestro hablaba: "y grabé una canción con Chepín pa' Camilo Cienfuegos, tremendo tipo aquel, pero, chico, sin meterme en una fu, la cosa se fue poniendo mala… y despacito, del Rumba Palace Marianao a la fila esta, ya tu ve…".

No tenía fin haciendo el cuento de las noches de la playa de Marianao, los "vacunaos" de los músicos fiesteros en el local del "Chori", los puestos de fritas y las descargas del Benny, otra vez, con Miguel Matamoros.

Tardes de calor y de apagones en las que "Vivín" daba el tono de La Cumbancha, enseñaba a atacar Perfume de Gardenias y agarraba la segunda de Convergencia, y tirando de la voz y poniendo lo mejor de sí mismo en aquel empeño, hacía que las hormas de su caja le aplaudieran.

Evocaba las glorias perdidas de La Habana, pero sin animadversión ni zancadillas, las seguras conductoras al silencio en el que vivió treinta años.

Ibrahim Ferrer representa como pocos la música de Cuba abismada al pasado y alargada al futuro, al haber padecido el interregno que comenzó en 1959 para artistas como él, que tuvieron que cerrar el instrumento durante décadas, dedicándose algunos a despilfarrar su talento y su paciencia en humillantes plazas de músicos de distracción, primero para soviéticos y demás internacionalistas, y más tarde, con turistas de oídos elementales a cambio de algún dólar de propina.

Luego llegó Ry Cooder, Buena Vista Social Club y el grito de Yara de sus músicos abuelos: "a los frijoles, caballeros" . Y en estos últimos años, Ibrahim impartió doctrina, escuchando en derredor: "pero bueno, cuénteme, pero qué bien canta, de dónde sale usted".

Tan empeñado en no molestar estaba, que ni siquiera aclaró a sus biógrafos de última hora que él era de San Luis, y no de Santiago, ¡coño!, que todavía hay clases…

Sin mención en el diccionario de Helio Orovio, nomenclátor donde si no se está, no se es, ya ha sido presa de responsables culturales cubanos que se apresuraron a presentarle como un valor eterno de la música popular de la Isla, poniendo el énfasis en que se había quedado en la patria, no como otros, a la vez que se aplicaban a apartar el correspondiente porcentaje para la causa, y desviado de sus últimos conciertos y de las ventas de sus grabaciones.

A buen seguro, en breves fechas asistiremos a la reedición de la discografía de Ibrahim, urgentemente editada por las compañías discográficas del Ministerio de Cultura de la Isla, patrocinadas por empresas canadienses y ahora, quizá, venezolanas, en matrimonio musical que se ha distinguido por integrar un soporte material de mala calidad, amén de por elegir canciones y versiones de escaso interés.

Aun así, Ibrahim sonreía, y para que Abel Prieto "estuviera claro de su actitud correcta", decidió compartir entierro con Noel Nicola. Quién le iba a decir que los gerifaltes de la Nueva Trova le iban a hacer guardia en Colón.


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Ibrahim FerrerFoto

Ibrahim Ferrer. (AP)

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