Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Ferrara, Gay-Calbó, Historia

Historiadores sin historia

Tres atropellos de la historiografía oficial cubana, que aún no se ha hecho lo suficiente por reparar

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Hay unos cuantos historiadores cubanos que, a pesar de su importancia, no han logrado su canonización en la Isla. Basten solo tres ejemplos:

Al primero de estos, Armando Álvarez Pedroso (La Habana, 1907, y fallecido en el exilio[1]), señalado colombista, autor de una monumental Biografía del Descubridor (La Habana, Cultural s.a., 1944), que fuera considerada por el respetable Fernando Portuondo, como “acaso la mejor entre millares de biografías de Cristóbal Colón” en su momento, casi nadie lo recuerda. Fue también calurosamente elogiado por Gastón Baquero[2] cuando publicó su meticulosa investigación. En el sitio oficial EcuRed lo incluyen apenas como “empresario cubano”, uno de “los dueños de Cuba” y, una pequeña nota añade: “historiador y biógrafo especializado en estudios colombinos”. Nada más.

La propia historiadora Anunciada Colón de Carvajal, descendiente del Almirante, se refiere a él como “un historiador dominicano”[3], lo cual desliza no solo la sospecha de no haberlo consultado directamente —aunque lo cita en sus pesquisas sobre los restos del antepasado genovés—, sino además confirma que este historiador ha sido olvidado por todos, incluso por su propia patria. Es una verdadera pena que un autor importante, quien dedicó talento, paciencia y recursos de su bolsillo (empresario exitoso, su familia era propietaria del Banco Pedroso), apenas tenga no solo reconocimiento sino siquiera conocimiento de las nuevas generaciones de historiadores, para quienes es simplemente un absoluto y total desconocido.

Otro caso es el del apasionante Orestes Ferrara (Nápoles, 1876-Roma, 1972). En la Cuba oficial actual la mejor forma de “estudiarlo” ha sido “ignorarlo”, recurso clásico del nominalismo mágico insular: “Si no hablamos de él, no existió”. Casi todos sus exégetas se integran hoy en el exilio intelectual cubano. Este “conservador entre liberales” ha sido estudiado por José Sánchez Boudy, Carlos Alberto Montaner (su editor, además), Adolfo Rivero Caro, Armando de Armas[4], Emilio Ichikawa[5], Ariel Pérez Lazo[6], Arnoldo Varona[7] y Vicente Echerri[8], entre otros. Sin embargo, sus obras capitales como Un pleito sucesorio: doña Isabel La Católica y doña Juana La Beltraneja (1947), Enrique IV de Castilla (1954) y El siglo XVI a la luz de los embajadores de Venecia (1952), son auténticos clásicos de la historiografía mundial y continúan siendo fuente de provechosa consulta.

Uno, casi acostumbrado (o resignado) a los atropellos de la historiografía oficial cubana actual, y conociendo los complejos mecanismos mentales que allí imperan, casi estaría dispuesto a aceptar este olvido: a fin de cuentas, si se quiere, el primero fue “un explotador, un capitalista voraz”, y el segundo “un italiano machadista”.

Enrique Gay-Calbó

Pero en el caso del tercero, no encuentro explicación, justificación y ni siquiera pretexto: Enrique Gay-Calbó (11 de octubre, 1889 – 14 de octubre, 1977), fue un hombre de bien, que vivió y murió en Cuba, sencillo, abnegado y generoso. Sus únicos defectos quizá podrían haber sido Maestro Masón (Grado 30), y esposo de Alicia Urrutia Lleó, hermana del fugaz Presidente Provisional cubano en 1959. Residió hasta el final de su existencia, modesta y tranquilamente, de su exigua pensión como burócrata, en su casa de la calle Juan Bruno Zayas esquina con la Avenida José Lacret Morlot, en La Víbora, sin meterse con nadie y perfectamente postergado. Fue, junto con José Luciano Franco (1891-1989) —otro masón preterido, aunque nunca tanto como Gay-Calbó— de los últimos grandes historiadores republicanos que murieron en el país (Emilio Roig de Leuchsenring, nacido en 1889, ya había fallecido en 1964).

A partir de 1959 hubo una profunda escisión entre los estudiosos de historia en Cuba: los grandes investigadores cubanos que murieron en el exilio fueron, por citar solo algunos, Jorge Mañach Robato (1898-1961), Emeterio Santovenia Echaide (1889-1968), Juan J. Remos (1896-1969), Ramiro Guerra (1880-1970), Herminio Portell Vilá (1901-1992), Leví Marrero (1911-1995) y el más reciente, Manuel Moreno Fraginalls (1920-2001). Hoy casi todos (quizá con la única excepción parcial del último), son virtualmente desconocidos en Cuba por los jóvenes estudiantes.

En el mismo año (1969) morían en Cuba, el 10 de abril, Fernando Ortiz (n.1881), y José María Chacón (n.1892) el 7 de noviembre. Los últimos de la “vieja guardia” que murieron en el país, fueron Fernando Portuondo (1903-1975) y Julio Le Riverend (1912-1998).

Tuve el gran privilegio no solo de conocer a Gay-Calbó, sino ser bastante cercano a él en sus años finales, y sostener extensas y provechosas conversaciones. Doña Alicia, su esposa, me pidió que lo ayudara a organizar su biblioteca, la cual se encontraba en el sótano de la casa (sótano muy peculiar, pues tenía una salida directamente a un parquecito en la esquina de Lacret y estaba bien iluminado y ventilado, aunque el acceso era por una escalera de caracol muy empinada, que su propietario ya no podía recorrer) integrado por tres diminutas piezas.

Gay-Calbó fue amigo y colaborador de José Francisco Sariol, fundador de Renacimiento (1910) y de Orto (1910), y también de José Manuel Poveda, Regino Boti y Agustín Acosta. Fundó, con Pedro Henríquez Ureña, la “Sociedad de Conferencias”, y durante muchos años fue jefe de redacción de la revista Cuba Contemporánea, donde además atendía muy solícitamente la Sección Bibliográfica.

En 1925 publicó su folleto La América Indefensa que fue elogiado por Julio Antonio Mella[9], y cuya originalidad ideológica le reclamó José María Vargas Vila: tuve la oportunidad de leer la carta manuscrita escrita con tinta morada, como era su costumbre, que le envió el colombiano, de prosa tan peculiar y explosiva. Tuvo también un trato estrecho con Enrique José Varona, con quien cruzó abundante correspondencia.[10] A ambos temas le dediqué extensos artículos[11] en Bohemia, cuando Gay-Calbó era un absoluto postergado, y que hoy no aparecen en ninguna bibliohemerografía de la Isla, ni siquiera para referirlos a Gay-Calbó. ¿Por qué será que no me asombro?

Aunque no perteneció al minorismo, estuvo muy vinculado con sus integrantes y fue cercano a sus ideas. Fue también autor de varios libros memorables como El cubano, avestruz del trópico (1939), o Isla de Pinos, belga (1942), y su comentario sobre arte, El Bobo, ensayo sobre el humorismo de Abela (1949); pero especialmente meritorios son sus estudios referidos a Las banderas, el escudo y el himno de Cuba, luego reunidos en un volumen, el cual fue editado y reeditado en 1946, 1956 y 1958, y contribuyó mucho a la formación cívica y patriótica de la juventud cubana.

Por la extraordinaria generosidad y paciencia de Don Enrique y Doña Alicia, en realidad mi misión de ordenar la biblioteca se dilató bastante, contando con la risueña benevolencia de mis anfitriones. Quienes sentimos los libros como una presencia familiar y entrañable, entendemos que es una empresa ardua ordenarlos, pues basta verlos para sentir la necesidad de abrirlos y leerlos; de tal suerte, que una tarea mecánica como sería la de clasificar y colocar alfabética o genéricamente los volúmenes en los libreros, se convierte insensiblemente en un culposo, pero también delicioso acto de lectura cómplice y múltiple. Pude leer así en la biblioteca de Gay-Calbó (mientras la ordenaba), muchos libros que ya estaban totalmente proscritos de los estantes oficiales y, por si fuera poco, con la aprobación y los sabios comentarios de su propietario, revisar sus manuscritos así como su correspondencia, y hasta los textos que conservaba inéditos, conociendo mejor no solo a su autor y dueño, sino sus amistades y colegas, es decir, toda una época que la política cultural oficial quería ocultar y desvirtuar: los grandes autonomistas, los pensadores liberales, los asombrosos eruditos isleños, las memorias de las guerras de independencia… todos los libros (casi todos dedicados por sus autores al historiador) fueron absorbidos con la avidez esponjosa e insaciable de una mente de 20 y tantos años, para formar un patrimonio intelectual irrevocable e inconfiscable: un verdadero festín. Disfruté privilegiadamente de un curso de historia cubana dictado solo para mí por uno de sus principales estudiosos. También debo señalar que su rico archivo resultaba tan revelador como comprometedor, pues reunía numerosos documentos que nunca podrían ver la luz en las condiciones que ya padecía Cuba. En especial, la correspondencia que su esposa Alicia y él sostuvieron con Manuel Urrutia Lleó, depuesto fulminantemente el 17 de julio de 1959, y quien permaneció asediado en su pequeña finca en las afueras de La Habana, de donde solo salió para asilarse en 1961 en la embajada venezolana, y luego en la mexicana, hasta que le otorgaron el imprescindible salvoconducto para poder dejar el país en 1963, cuatro años después de su destitución por vía televisiva: “el primer golpe de Estado por televisión”, como se ha dicho.

Aquel noble pero ingenuo magistrado, que como presidente de la Sala Tercera de lo Penal de la Audiencia de Oriente, el 14 de marzo de 1957, apoyado en el Artículo 40 de la Constitución de 1940, emitió su voto particular exculpando a los acusados en la Causa Nº 67 de 1956, por los sucesos relacionados con el alzamiento popular del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba, y el desembarco del Granma el 2 de diciembre, fue rápidamente desechado, ante el designio supremo y arrollador de apoderarse del mando vitalicio en una Cuba esclavizada hasta hoy. El probo jurista, después de su magnífico acto de dignidad, pudo jubilarse de acuerdo con la ley, y recibir puntualmente la pensión correspondiente durante el resto del gobierno de Batista, sin resultar molestado ni perseguido. Al ser colocado en el poder por Castro, el 3 de enero de 1959, fue quien decretó la disolución del Congreso cubano, así como de todas las autoridades anteriormente electas. El 7 de febrero de 1959, con la manipulada Ley Fundamental (firmada por Urrutia), fue asesinada la que un día se conoció como “revolución cubana”. Cuánto remordimiento y vergüenza sintió después en su amargo exilio, hasta que murió, siendo un modesto profesor de español en un college de New Jersey: en política, la ingenuidad es uno de los peores crímenes, y Urrutia fue quizá el primero de una larga serie de cándidas víctimas, que llega hasta hoy.

A pesar de no mezclarse en los acontecimientos, a su hermana Alicia y su cuñado Enrique los alcanzó el amenazante desdén del poderoso. Arrinconado en su modesta casa, rodeado por sus libros y el afecto, no se le permitió publicar más en Cuba al anciano historiador que un día, muy joven, había denunciado al imperialismo y ayudado a los republicanos españoles, manteniendo una vida recta e intachable. Como no se sometió a prosternarse ante el nuevo dios triunfante, fue apartado de su vista y apenas ahora, con la decadencia del que ocasionó su oscuro final desdichado, apenas vuelve a escucharse tímidamente de él, quien decidió pasar el resto de su vida en Cuba, a la que había dedicado siempre su mejor y más puro esfuerzo, cantando sus símbolos y sus glorias, pero sin entonar las alabanzas del nuevo tirano. Murió en su patria: más que enterrado, fue sembrado, como una semilla de la Cuba que volverá a levantar la frente después de esta larga noche de humillación y tristeza.

Se habla mucho de Óskar Schindler, así como del abnegado embajador mexicano Gilberto Bosques, como protectores de perseguidos y exiliados políticos, pero hay dos figuras cubanas todavía ignoradas que tuvieron un desempeño ejemplar, uno en España y el otro en la Isla, para salvar numerosos republicanos españoles: el aristócrata José María Chacón y Calvo, desde la Legación cubana en Madrid, y en la Secretaría de Estado de Cuba, el modesto Enrique Gay-Calbó, quien creó el expediente salvífico llamado “Carnet de Tránsito”, que fue el recurso expedito para sacar con urgencia a muchos acosados por la represión. Apenas ha sido mencionado: cumpliendo un deber filial, solo lo ha señalado su hijo, el ingeniero Enrique Gay Urrutia (fundador de Radio Habana Cuba), quien vive en la Isla y que en 2004 presentó una ponencia sobre el tema, que recoge únicamente Jorge Domingo Cuadriello en su documentado libro El exilio republicano español en Cuba (2009). Creo que el Gobierno español, sobre todo en estos tiempos de Memoria Histórica, debería realizar el acto de justicia que hidalgamente corresponde, y entregar a los descendientes de Gay-Calbó la distinción de un “hombre justo entre las naciones”, como hacen meritoriamente los israelitas con quienes los protegieron. Gay-Calbó ayudó sin esperar premio, pero tampoco olvido.

Hoy, apenas, casi vergonzantemente y eso solo desde 2013 —36 años después de su muerte— la actual Academia de la Historia de Cuba concede un Premio Nacional de Crítica Historiográfica que lleva el nombre de Enrique Gay-Calbó; menos mal: algo es algo. Y muy recientemente, el 12 de julio pasado, en un acto presidido por Eusebio Leal Spengler, la IV Graduación del Colegio Universitario de San Jerónimo de La Habana de la Licenciatura en Preservación y Gestión del Patrimonio Histórico y Cultural, recibió el nombre del ilustre y sencillo historiador preterido. No dudo que ambas hayan sido idea y acción del Historiador de la Ciudad de La Habana y son, por tanto, para reconocer: Honrar, honra. Pero esto resulta, a todas luces, insuficiente. ¿Cuándo tendrán la dignidad de editar sus obras completas?

Gay-Calbó ejerció el estudio de la historia desde la trinchera de las redacciones; y es que el periodismo resulta, como potencia, historia en el futuro. Pues ¿qué fue primero: la nota o el dato? ¿el artículo o el ensayo? En Cuba se dan tan bien maridadas a través de toda su trayectoria nacional estas dos vertientes, que resulta muy arduo separarlas para estudiarlas aisladamente. Ambos van, si no de la mano, al menos una tras el otro: Martí, Piñeyro, Sanguily, Montoro, Novás Calvo y tantos otros, son apenas colinas más destacadas dentro de una cordillera dilatada e ininterrumpida.

La primera Academia de la Historia de Cuba fue fundada en 1910 y abruptamente clausurada en 1959. Solo en 2010, un siglo después de haber sido creada, decidieron “resucitarla”, pero de modo muy distinto a sus honrosos orígenes. La primera AHC era un ejemplo de diversidad pluralista, donde convivían civilizadamente todas las doctrinas y credos (basta revisar su nómina fundacional); la segunda, la actual, es la pétrea representación de un obelisco monoideológico: es lamentable pero entendible. Pero la historia con un solo ojo, no puede ver bien. Y hasta debe tener, como el antiguo dios Jano, dos perfiles, uno mirando al futuro y otro al pasado. Al considerar el nombre de Enrique Gay-Calbó para prestigiar su Premio de Historiografía, la Academia de la Historia de Cuba hace un pequeño acto de justicia y aporta un leve gesto para establecer su credibilidad. Pero faltan muchos más.



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