Actualizado: 29/06/2022 10:50
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Cine, Hitchcock, Arte 7

Hitchcock y lo perverso

Presenciamos no un simple acoso y asesinato cometido por un psicópata, sino un acto que evidencia la perversidad simbólica del crimen

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Una de las características más interesantes del cine de Hitchcock es presentar lo perverso —que por lo general adquiere o se vincula con la sexualidad en sus películas— en un tono y una forma que al tiempo que elude lo explícito mediante un encubrimiento visual —y por lo tanto la censura—, no impide la carga morbosa de la escena.

Así en Strangers on a Train Miriam Haines, la esposa del protagonista que por el diálogo y la actitud evidencia un carácter inmoral dentro del canon victoriano —que en Hitchcock está siempre presente—, y a la que el realizador caracteriza como “una ramera” en sus conversaciones con Truffaut, por su imagen física y hasta en los aspectos más exteriores de su comportamiento no va más allá de algunos de los estereotipos transgresores de una adolescente en un pueblo pequeño: los espejuelos que usa, que se convierten en el punto focal desde el que observamos su muerte; su paseo por el parque de atracciones con dos jóvenes y sus gustos y preferencias; el helado; el carrusel o tiovivo; incluso el paseo en bote por el “túnel del amor”. Solo en gestos y miradas de la actriz Kasey Rogers captamos su erotismo primario. La escena de feria, sin embargo, está cargada de una tensión emocional no solo por la complicidad del espectador, que conoce el peligro que la acecha, y la excelente actuación de Robert Walker en el papel de Bruno Antony.

Presenciamos entonces no un simple acoso y asesinato cometido por un psicópata, sino un acto que evidencia la perversidad simbólica del crimen.

Hitchcock, por otra parte, no deja de darnos indicios para ello: el cigarrillo que hace explotar el globo del niño y las similitudes físicas —espejuelos incluidos— entre Miriam Haines y la adolescente Barbara Morton, interpretada por cierto por la hija de Hitchcock, Patricia.

Esta ruptura de barreras hacia el mal penetra también en la escena de Bruno y su relación edípica con la madre, interpretada por Marion Lorne —otra buena actuación en un filme lleno de excelentes actores secundarios—. Cuando esta le enseña un cuadro que acaba de pintar —una pintura expresionista imposible de hacer por ella, pero destinada a que el espectador medio identifique con lo horrendo—, el hijo ríe y le dice que es un retrato del padre.

“¿Lo es? Oh. Estaba tratando de pintar a San Francisco”, responde ella.


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