Actualizado: 21/05/2018 19:59
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«Homo sovieticus»

Crónicas que develan los desenlaces del desmoronamiento de la URSS, escritas por la Premio Nobel de Literatura Svetlana Aleksiévich y traducidas al español por el cubano Jorge Ferrer

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Svetlana Aleksiévich (Ucrania, 1948) estudió periodismo en Bielorrusia. Autora de varios libros que abordan circunstancias de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS): La guerra no tiene rostro de mujer (1985) —URSS en la Segunda Guerra Mundial—; Los ataúdes de zinc (1989) —guerra de Afganistán—; El hechizo de la muerte (1993) —suicidios tras el derrumbe de la URSS—; Voces de Chernóbil (1997) —secuelas del accidente nuclear en Ucrania. Premio Círculo de Críticos Nacional del Libro, Estados Unidos, 2005. Premio Nobel de Literatura, 2015.

El fin del Homo sovieticus, de Svetlana Aleksiévich: volumen de crónicas que devela los desenlaces del desmoronamiento de la URSS, traducido al español por el cubano Jorge Ferrer, residente en España. Murmullos heridos. Aullidos. Añoranzas. Ilusiones. Rencores. Despechos. Ausencias. Mudanzas. Enardecimientos. Frustraciones. Oración desnuda. Réquiem polifónico. Voces explayadas en los patios del agravio, en la irradiación del polvo: aglutinadas en un orfeón acompañado de una música forjada con violines sollozantes. Aquí están los derrotados, los escarnecidos, los expulsados, los estalinistas emplazados y los fanáticos de la perestroika. Rencor contra Gorbachov. Putin el policía secreto que llegó a la presidencia. Unos brindan por Stalin. Otros se asfixian en la añoranza.

El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo. / El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte. “Yo intento escuchar honestamente a todos los actores del drama del socialismo… / El comunismo se propuso la insensatez de transformar al hombre ‘antiguo’, al viejo Adán. Y lo consiguió. Tal vez fuera su único logro”. Grabadora y lápiz. Escuchar y transcribir. “Todos contábamos con una sola memoria, la memoria del comunismo. Compartíamos una misma casa en la memoria”. / Saltan los bailes de salón, los criados, los uniformes elegantes, las citas de amor… ¿Anna Karérina se arroja delante del tren para profanar su reminiscencia?

Poco se ha dicho de eso que Aleksiévich define como socialismo interior, ese pequeño universo donde cada homo sovieticus cimentaba sus ilusiones. La soledad se traga la hebra lánguida del desasosiego. A veces, el encierro interior se parece a la felicidad. Un poema de Pasternak está escrito en la muralla de la noche. / Yuri Gagarin sembró la fe en muchos: “Hemos sido los primeros. ¡Somos capaces de todos!”. El fin del Homo sovieticus o un clamor que cabalga en los ojos del lector. Volver al pasado es un empeño bañado de cenicienta luz: recordar, una faena que se empina en los meridianos del polvo. ¿El recuerdo es una limosna que Dios nos entrega después del infortunio? ¿El que levanta el hacha ataja el instante del horror? “Ser una víctima resulta tan humillante… Da vergüenza. Yo no quiero hablar de esto con nadie…”. Silencio. ¿Callaremos cuando concluya el sobresalto? La desilusión es un animal que ronda en el reverso del espejo: acudirá después. “Sí, es cierto que hacíamos una cola de horas para comprar pollos azulados y papas podridas, pero teníamos una patria”, confiesa uno de los protagonistas. “Odio a Gorbachov porque me robo la patria. Conservo mi pasaporte soviético como el mayor de mis tesoros” /Conmovedores testimonios sobre una nación demolida. Nadiezhda Mandelstam escribió Contra toda esperanza mientras afuera una llovizna grisácea golpeaba la ventana de su desnuda habitación. El homo sovieticus siempre habitó el Archipiélago Gulag.

Leemos este cuaderno de folios entintados de amor y dolor empalmados, de carillas manchadas de vergüenzas y el llanto es un gozo y también un testimonio de la cobardía que nos ronda. ¿Cómo el hombre ha podido hermanarse con lo abyecto? Aleksiévich proclama una verdad quizás escrupulosa: el martirizado y el carnicero parece que son igualmente indignos. Qué terrible reconocerlo. Cómo he pensado en Cuba mientras las planas de este libro me untaban los ojos de un temblor inacabado. Cómo he interpelado a nuestro destino. La Historia es un aguacero despiadado, implacable: quién lo dude que lea estas crónicas de Svetlana Aleksiévich.


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