Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Hospitalidad

De extranjeros culpables trata la historia de Busiris, pero una fuente tan fiable como Herodoto dice que ni siquiera existió un rey egipcio llamado Busiris, algo en lo que coincide con Isócrates

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Pero hay algunos que no imponen penas y, sin embargo,
son crueles, como los que matan a los hombres desconocidos
con que se encuentran no por lucro, sino por matar,
y no contentos con matarlos, se ensañan en ellos,
como aquel Busiris y Procustes y los piratas,
que azotan a los que cogen y los queman vivos.
Séneca; De la clemencia al emperador Nerón

Los nacionalismos se asientan sobre la percepción de que nosotros somos mejores que los vecinos, de ahí que sea relativamente fácil culpar al otro de nuestras desgracias. Sobre esa tesis se han edificado limpiezas étnicas, holocaustos, deportaciones masivas y no pocas dictaduras. Incluso referendos, aunque eso es una innovación reciente. La proximidad del enemigo excusa la retórica bélica, el Estado de excepción y la obediencia cuartelaría a costa de unas libertades que debilitarían la férrea cohesión de nuestro pueblo frente al imperialismo, la conspiración judeo-masónica, el fundamentalismo islámico, el Estado opresor o lo que corresponda.

Las sociedades de cazadores-recolectores crearon la primera versión de eso que llamamos la libre competencia. Y no se basaba en el incremento de la productividad y el abaratamiento de los costes. Todo extranjero que apareciera en las inmediaciones venía a competir por los cotos de caza y debía ser exterminado. A menos que su tribu fuera más poderosa. Entre huidas y migraciones, un puñado de homínidos inofensivos que aparecieron en el sur de África se convirtieron en okupas planetarios.

De extranjeros culpables trata la historia de Busiris. Fue el fundador de Tebas, capital de la Tebaida y de todo Egipto hasta que caducaron las dinastías tebanas. Tebas Hecatómpila, o de las cien puertas, ocupaba ambas orillas del Nilo y sobre sus ruinas se levantan hoy las aldeas de Medinet-Abú, Karnak y Luxor. Pero Busiris no ha pasado a la posteridad como urbanista. Hijo de Poseidón y de Lisianasa, según Apolodoro, se le describe como un tirano que sojuzgaba a su pueblo y había expulsado a Proteo de la isla de Faro, situada frente al delta del Nilo, a pesar de que el viejo era un travesti de altísimo nivel que ante Menelao se transformó en león, serpiente, leopardo, cerdo, agua y árbol. Aquel desahucio enfureció a los dioses mucho más que las vicisitudes de los egipcios —la alta política no ha variado tanto desde entonces—, y castigaron, como de costumbre, a todo el reino por los desafueros de su gobernante. Algunos cronistas afirman que Busiris, además, intentó secuestrar a las bellas Hespérides, pero eso parece diferir de las fuentes mitológicas más acreditadas.

La sanción olímpica a los egipcios causó nueve años seguidos de hambruna, momento en que acertó a pasar por allí un tal Frasio, adivino de mundial renombre. Busiris aprovechó la ocasión y pidió al experto chipriota una receta para mejorar el estado de la economía local y resolver la crisis alimentaria. Frasio le recomendó que, para calmar la ira de los dioses, inmolara en el altar de Zeus al primer extranjero que llegase al reino. Agradecido, Busiris dio por bueno el consejo y sacrificó a Frasio. Desde entonces, ordenó el asesinato ritual de todo extranjero que pisara el país, aunque fuera en una escala de tránsito. Esto fomentó una leyenda negra sobre la hospitalidad egipcia, dificultó los intercambios comerciales y proscribió durante muchos años que Egipto obtuviera de Grecia el estatus de nación más favorecida.

Fue entonces cuando acertó a pasar Heracles por allí. Según Diodorus Siculus, iba expresamente a rescatar a las doncellas secuestradas por Busiris, aunque lo más probable, según la mayoría de las fuentes, es que anduviera de paso hacia el Jardín de las Hespérides. Una vez comprobada su documentación, fue sumado por los guardianes al siguiente grupo de inmigrantes ilegales que esperaba su turno para la deportación definitiva de sus almas hacia el inframundo.

Pero, en el caso de Heracles, debieron comprobar antes su curriculum. Cuando llegó la hora del sacrificio, rompió con un golpe de muñeca las cadenas, arrebató el cuchillo al verdugo, y cortó las cabezas a Busiris, a su hijo Ipidamas y a un heraldo que se puso a tiro. De toda la familia, sólo se salvó Autómate, esposa de Busiris, que, como su nombre indica, desapareció ipso facto.

Se desató entre los egipcios una alegría equiparable a la de los iraquíes cuando cayó Sadam Husein, aunque aquello tampoco garantizó una transición ordenada hacia la democracia ni un milagro económico. A esas alturas, ya ni Heracles creía en milagros.

Una fuente tan fiable como Herodoto niega que los egipcios ofrecieran sacrificios humanos —especialmente, de extranjeros; asesinarse entre ellos era parte de sus tradiciones culturales, pero Herodoto, como Hosni Mubarak, siempre condenó la injerencia extranjera en los asuntos internos— y que ni siquiera existió un rey egipcio llamado Busiris, algo en lo que coincide con Isócrates, quien apunta, además, que, en todo caso, Heracles ni había nacido en la época en que, según la leyenda, Busiris promulgó su particular Ley de Extranjería. Según ambos, bajo la leyenda se oculta el deseo de desacreditar las garantías egipcias al capital extranjero. El abaratamiento del papiro y, sobre todo, de la mano de obra tebana, amenazaban con arruinar la industria helena. Y los griegos clásicos no acertaron a transitar felizmente hacia el I+D y la alta tecnología. Los modernos aún se lo están pensando.

Pero eso tiene la mitología: se encona en la memoria de los lectores, no tanto por las pruebas documentales como por su aroma familiar, recurrente.


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