Actualizado: 16/10/2018 10:01
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Ramsay, Cine, Arte 7

Inevitable descenso al abismo

La narración en este filme es en elipsis y muchas omisiones intencionales finalmente quedan como baches argumentales, pero eso no es un defecto, porque las imágenes y la banda sonora cumplen con su función

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Los filmes de Lynne Ramsay (Glasgow, 1969), carecen totalmente de coherencia narrativa. La imagen y el sonido, la creación de un ambiente a partir de viñetas, toman preponderancia por encima del diálogo o el discurso expositivo. Sus obras absorben al espectador hacia el interior de la confusión y la desesperanza de sus personajes, que solo pueden aspirar a breves lapsos de alegría.

En Ratcatcher (1999), el personaje central, un preadolescente, vive en unos edificios paupérrimos, entre basura y ratas, con la única esperanza de que a la familia le concedan mudarse a unos nuevos y horribles edificios construidos por el gobierno. En Morvern Callar (2002), una empleada de supermercado cuyo novio acaba de suicidarse, usa el dinero que dejó este para el funeral para lanzarse a un viaje a Ibiza que solo la convencerá que sus demonios siempre viajarán con ella. En We Need to Talk About Kevin (2011), una exitosa escritora de libros de viaje cae en desgracia y tiene que enfrentar un incidente trágico de su hijo, con quien nunca ha tenido una buena relación, viviendo una vida solitaria, despreciada por quienes la rodean y atrapada en su situación. Todos sus personajes son prisioneros de un universo compuesto de miserias materiales y espirituales, de sucesos trágicos cuyas consecuencias parecen ser su ananké.

You Were Never Really Here es su cuarto largometraje. Comienza con una secuencia de gran brutalidad en la cual un individuo, que luego sabremos que es Joe, el personaje central, rescata a un niño de manos de sus captores, a quienes acaba a golpe de martillo. Una vez terminada su misión, parte de Cincinnati a Nueva York, donde reside, a recoger su dinero por el trabajo. Este le es entregado en una tienda que administra un personaje entre incompetente y malévolo.

Joe es un veterano de alguna guerra que no está bien determinada, pues por su edad no parece ser de Viet Nam, y en sus flashbacks, lo vemos casi asesinado por asiáticos, pero en unos arenales que sugieren la guerra del Golfo. Sufre de desorden de estrés post-traumático. Vive con su madre, que parece hace tiempo haber descendido a los sótanos de la senilidad, en una casa descuidada en la que parece haber vivido desde pequeño.

Pero toda esta información se da en apuntes visuales, con secuencias de sueños, o de recuerdos de un hecho trágico de la infancia. Afortunadamente, el enfoque no es clínico. Ramsay se las arregla para decir mucho con poco.

Luego su contacto, que no se especifica si es un jefe, un asociado o un mero conocido, le encarga la misión de rescatar a Nina, la hija de un senador, que ha sido secuestrada por unos traficantes de niñas para el disfrute de pedófilos. El senador se reúne con Joe y le pide que haga sufrir bastante a los captores.

Joe se entrega a la misión con meticulosidad y eficiencia, pero con la osadía de quien sabe que a la larga su final no será feliz y no parece importarle. Compra su martillo Made in USA y se lanza al rescate. Luego todo toma un giro inesperado.

La narración es en elipsis y muchas omisiones intencionales finalmente quedan como baches argumentales, pero eso no es un defecto, porque las imágenes y la banda sonora cumplen con su rol y uno se atormenta y se confunde tanto como los personajes. Lo que sucede es que, después de unos 50 minutos magistrales, la trama se vuelve implausible y más allá de unas imágenes irónicas y unos excelentes efectos de iluminación, música y sonido, se pierde el sentido original de la narración.

Ramsay no tiene interés en la lógica de su discurso y aunque su estilo funciona muy bien, eso no justifica esa falta de credibilidad final, pues hasta cierto punto convencionaliza su argumento. Su uso de diferentes formas de contar es, cinematográficamente muy interesante. Cuando Joe entra al edificio donde tienen a Nina, toda la acción se filma como si fuera tomada por una cámara de vigilancia, en blanco y negro, lo cual convierte la brutalidad de la secuencia en algo ominoso. Los planos son siempre cerrados y oscuros, subrayando eficazmente el aprisionamiento de los personajes. Ramsay trabaja siempre sus guiones, aunque aquí se basa en una novela de Jonathan Ames.

Joaquin Phoenix carga con la película como Joe, exudando una violencia natural que asusta nada más con mirarlo. Parece moverse con reflejos e instintos animales. Es un hombre lleno de contradicciones. Es una persona esencialmente “buena”, inmiscuida en un negocio oscuro y criminal para castigar a criminales. No es un papel nuevo para él, pero lo ejecuta de forma excelente y disfrutable. Los demás actores no tienen mucha oportunidad de destacarse, ya que sus presencias son breves.

La fotografía de Thomas Townsend, quien ha trabajado mayormente en cortos y videos, hace un magistral uso de los contrastes cromáticos y crea ambientes onerosos que definen bien el curso del argumento. Pero para mí lo más impresionante son la banda sonora y la música compuesta por Jonny Greenwood (de Radiohead) para la película.

El filme nos hace testigos de ese descenso inevitable de los personajes al abismo de sus propias trampas existenciales, lo cual de cierta manera lo hace predecible, pero no por ello deja de ser una experiencia cinematográfica singular.

You Were Never Really Here (Gran Bretaña/Francia/Estados Unidos, 2017). Dirección: Lynne Ramsay. Guion Lynne Ramsay basado en la novela de Jonathan Ames. Director de fotografía: Thomas Townsend. Con: Joaquin Phenix, Judith Roberts, John Dornan y Ekaterina Samsonova.

De estreno limitado en todas las ciudades importantes de Estados Unidos.


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