Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Cine, Arte 7

La actriz, el personaje y la jinetera

Este filme está narrado en la forma tradicional de una telenovela y no presenta ninguna novedad formal

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Ana es una actriz, como dice un personaje de la película, de “segunda barra” que trabaja mayormente en telenovelas de mala muerte filmadas con desgano y monotonía en los estudios maltrechos de la televisión cubana. Tiene aspiraciones artísticas y parece causar problemas constantemente al director de los seriales. Habita en condiciones paupérrimas en una deteriorada casa habanera con Vergara, su pareja, que es un director de documentales de tema agrario y cuyo mayor logro fue la realización de un corto titulado La melancolía del hipocampo. Sueña con hacer cine de verdad pero no sale adelante. En la casa también viven la madre, la hermana y el sobrino de Ana.

La hermana de Ana pinta uñas para ganarse la vida y al comenzar la película se encuentra de visita Richard, su marido, que vive en Miami. Inicialmente se le presenta como un tipo pedante, que alardea de sus experiencias americanas ante los pobres ignorantes cubanos. En esta casa todos los equipos electrodomésticos hace rato que han dejado de funcionar y ante las quejas de la familia, Richard se ofrece a poner dólares para comprar un refrigerador. Ana, quien parece haber tenido algún tipo de relación anterior con Richard, salta indignada y para sorpresa del resto de la familia dice que ella se encarga de eso, que le han dado un papel en una película y le van a pagar en dólares, lo cual por supuesto, es mentira.

Desesperada por resolver los dólares necesarios sale a buscar a Flavia, una muchacha a quien de pasada le oyó hablar, en casa de su peluquera, sobre un casting que unos extranjeros estaban haciendo para una película por lo cual pagarían 500 dólares. Flavia tiene su historia jineteril de haber ido a vivir a Alemania tras casarse con un alemán, pero este abusaba de ella y se vio obligada a regresar a Cuba. Ana se entera de que el proyecto es de unos alemanes o austríacos que quieren filmar un documental sobre una jinetera de verdad. Con la ayuda de Dania, se prepara a desarrollar su personaje de Ginette y aquí comienza una suerte de comedia de enredos en los cuales la ficción comienza a adentrarse en la realidad, Ana se absorbe, no sin torpezas en el personaje de Ginette y Vergara pasa de ser utilizado a aprovechador y se mezcla en colaborar con esta realidad ficticia que termina creando problemas reales a todos los personajes.

El filme está narrado en la forma tradicional de una telenovela y no presenta ninguna novedad formal. No explota bien la relación fantasía-realidad dentro de los personajes, pero resulta una película amena, que ha tenido mucho éxito de público en La Habana. El tema del jineteo es ya un huésped muy frecuente en la cinematografía cubana, lo único novedoso aquí es crear una jinetera de fantasía para el lente del extranjero.

Para sorpresa mía, el argumento fluye con ligereza, excepto en un par de momentos, y los personajes no se ven obligados a atragantarse declamando frases que parecen escritas por sordos, lo cual es un fenómeno endémico del cine cubano. El guión está escrito por Eduardo del Llano y Daniel Díaz Torres, quienes han colaborado anteriormente en Alicia en el pueblo Maravillas, Kleines Tropicana, Hacerse el sueco y en Lisanka. A juzgar por los guiones escritos por Díaz Torres con otros colaboradores y por sus artículos de los años setenta en la revista Cine cubano, llenos de un lenguaje rígido de manual de instrucción revolucionaria y en los cuales había más comillas que palabras, me inclino a pensar que el responsable de los logros del libreto es del Llano, quien es un escritor con buen oficio, quien además de guiones tiene en su haber libros de narrativa y que ha escrito y dirigido cortometrajes con buen sentido del humor como Monte Rouge.

Díaz Torres (La Habana, 1948), quien comenzó alrededor de 1975 como documentalista y como asesor de Santiago Álvarez en los Noticieros del ICAIC, es un director de gran experiencia y respetable artesanía. Realizó la muy controversial Alicia en el pueblo Maravillas (1991), pero quedó llena de claves y alegorías crípticas solo para entendidos y me parece que quedó muy corta de sus propósitos críticos, sin ser una gran obra artística. A partir de ahí ha realizado películas que no pasan de ser mediocres, incluyendo un documental dedicado a entrevistar al expresidente de la Asamblea Nacional de Cuba, el nefasto Ricardo Alarcón. Esta cinta es uno de sus mayores logros.

Pero la mayor sorpresa que reserva La película de Ana, es la extraordinaria actuación de Laura de la Uz, quien se mete de lleno en un papel complejo que conlleva hacer casi tres personajes en uno, con diferentes giros dramáticos y transiciones complicadas, todo lo cual resuelve con una naturalidad inusitada. Está prácticamente en todos los planos de la película y es su actuación la que define al personaje central, le da una organicidad que lo hace interesante y merecidamente se roba la atención del espectador. Sin la actuación de Laura de la Uz, el personaje de Ana-Ginette sería uno más o pudo haber sido un verdadero desastre. Laura salva a todo el mundo. Analizando su carrera en retrospectiva, a pesar de haber empezado como promesa joven en Hello Hemingway (1990) con apenas 20 años, nunca ha recibido la oportunidad de tener un papel estelar, lo cual después de ver esta actuación uno se pregunta las razones por las cuales se le negó.

Como complemento secundario, Yuliet Cruz (Pompas de jabón; Habana Blues y Habana Eva), en el rol de Flavia, está también en gran forma artística. Hasta ahora solamente le han permitido tocar una cuerda, pero la toca muy bien y es una actriz que llena la pantalla con su presencia y soltura. Tomás Cao (Habana Blues), como Vergara, hace lo mejor con lo que tiene en sus manos. El resto del elenco cumple su misión sin penas ni glorias.

La cinta fue elegida como la mejor película cubana del 2012 por la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica y recibió el Premio Coral por el mejor guión en el más reciente festival de cine de La Habana. Pero a pesar de que muchos hablan de sus elementos críticos, que los tiene, aunque son ajustes de cuentas viejas, hay un par de problemas con la película que apuntan a un maniqueísmo simplificador en la peor tradición ideológica de las autoridades culturales cubanas.

Resulta que el hecho que dispara el desarrollo del tema es el que un cubano de Miami, un exiliado traidor, quiera pagar por un refrigerador. Es preferible prostituirse y recibir dinero de un alemán o un austríaco antes de permitir eso. Como si unos dineros fueran mejores que otros o cualquier extranjero fuera mejor que un cubano exiliado. Por otra parte, los personajes locales son una vez más, presentados como víctimas de la historia, seres básicamente buenos tratando de hacer lo mejor para sobrevivir. Pero esas prostitutas angelicales tienen una larga tradición en el cine. Lo otro es la demonización del sexo. Todo se le permite a Ana mientras no tenga relaciones sexuales. Puede vender el alma pero no la vagina. Puede vender una ilusión pero nunca su identidad. Esto no solamente resulta simplista, puritano y barato, sino que le resta lucidez a la película con unas pretensiones de sermón subliminar que nunca debió temer. O es que quizá ese era el arreglo para poder decir lo otro y que se pudiera exhibir. Eso no lo sé, pero lo que queda es el maniqueísmo y la pequeña afrenta ideológica, en lo que hubiera sido simplemente una divertida comedia de enredos. Por todo esto, hay que dar una vez más las gracias a Laura de la Uz y a Yuliet Cruz.

La película de Ana (Cuba, 2012). Dirección: Daniel Díaz Torres. Guión: Eduardo del Llano y Daniel Díaz Torres. Fotografía: Raúl Pérez Ureta. Con: Laura de la Uz, Yuliet Cruz, Tobias Wolfgang y Tomás Cao. Disponible en DVD a través de Kímbara Cinemateca Cubana.


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