Actualizado: 29/11/2022 11:37
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La biblioteca forrada

Censura y simulación: ¿Ni un libro escondido más, ni una palabra silenciada más?

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La casa de mi infancia medía menos de 40 metros cuadrados, pero a pesar de todo conviví con dos bibliotecas al mismo tiempo.

Una aparente línea frontal de estantes básicos con biografías, diarios de campaña, novelas, poemarios aprobados por unanimidad, pero luego, detrás de esa trinchera camuflada, se encontraban las catacumbas: la biblioteca secreta, la biblioteca de los libros forrados. El laberinto preferido de mis amigos lectores.

Cuando se hablaba en pasado de alguien que una vez nos había visitado y tomó el café por las mañanas, ese alguien ya no estaba entre nosotros, aparecía un libro forrado.

Cuando se citaba en voz baja con cuidado, diciendo apodos o apellidos transformados sin mencionar "al innombrable", aparecía un libro reencuadernado.

Cuando sólo se extendía el ejemplar ante los ojos de un amigo, allí estaba el libro "iluminado a mano" con un rebautizado título falso, parecido a este: Manualidades. Colegio de Los Amigos ¿Cómo aprender sin sufrir? J. J. Almirall. Al fondo, dilatada en la oscuridad, en medio de una arquitectura invisible y laberíntica, esperaban los libros más deseados; húmedos como tesoros de El Conde de Montecristo.

Allí se acumulaban poco a poco, apiñados, atentos y prestos a una fuga. Cada uno de ellos llegaba a mi casa de un modo tan complicado como complejo era su contenido en nuestro contexto. Eran los "años duros" y ahí los textos duros, ocultos.

La información de esta lista de títulos no se le daba a todos, no se le prestaba a casi nadie ese tipo de lecturas, de hecho, los ejemplares no salían de casa. Se leían allí, de pie o tumbados entre los que entraban y salían. Entre comidas inventadas y café colado una y mil veces.

La lista de 'mami'

Mi madre fue una poeta conocida en el pequeño círculo de intelectuales cubanos, murió siendo inédita, disfrutaba y sufría el halo que le confería el hecho de no poder o no lograr editar sus versos. No creo que en su caso se tratara de censura. Mi madre no hubiese podido publicar en ninguna parte. Ella fue un brillante corredor de fondo.

Albis Torres (mami) aglutinó a un grupo de artistas que hoy forman buena parte de la activa intelectualidad cubana fuera y dentro de Cuba. Ella no gustaba de sacar a la luz sus versos. Entregó en los setenta un original de sus poemas a una de las pocas casas editoriales cubanas, pero nunca le fue regresada una breve contesta sobre el tema.

Mi casa, sin ser la casa de alguien famoso, era el centro de muchos poetas, el eje de muchos debates, dolores de cabeza, fiestas, discusiones, llantos, despedidas y disgustos para quienes no gustaban de la diversidad de opinión en los años setenta y ochenta en Cuba.

Amigo que caía en desgracia, amigo que mi madre rescataba y amparaba. Sus libros iban a parar al laberinto de "los forrados". Ese amigo le pedía a mi madre que le guardara los libros que le comprometían y de ese modo llegamos a tener como 300 volúmenes de "aquellos". El final de ese amigo era casi siempre emigrar, así que los libros seguían a buen recaudo entre nosotras.

Ejemplo de libros atesorados:

-Lezama Lima. Paradiso. Autografiado por él a cierto amigo de mi madre ya difunto.

-Gastón Baquero. Poemario editado en España, enviado por el autor dedicado a mi madre por haber sido habitantes de Banes, pequeño pueblo de la costa norte de Oriente. Cuba.

-Heberto Padilla: Fuera del Juego.

-Edmundo Desnoes. Memorias del Subdesarrollo.

-Un original de Piñera, que entregó a su dueño en su momento. No era de la casa.

-Los clásicos de Cabrera Infante.

-Los que editaba Reinaldo Arenas.

-Severo Sarduy: De donde son los cantantes.

Alguien los traía del extranjero como gran regalo.

-Poemario original de María Elena Cruz Varela (Mariela), préstamo de su autora.

-La colección íntegra de la revista Orígenes.

En fin, esto es para catar la temperatura de la biblioteca.


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