Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Lecturas, Cuba

La generación maldita

Una conversación en un restaurante habanero, quizá a finales de la década de 1960, quizá a principios de 1970

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—¿Saber por qué no me voy de Cuba?

—Porque no han cerrado El Monseigneur.

El otro fingió sonreír, pero cuando habló de nuevo él se dio cuenta que no le había gustado su respuesta.

—Eso es lo que dice Ferreto. No tengo por qué copiarlo.

Era difícil definirle la edad a Armando Vera. Su cara no tenía arrugas, pero su pelo y barba canosos lo hacían parecer más viejo. Además era obeso, cercano a las trescientas libras. Por momentos se le escuchaba una respiración difícil aunque no llegaba al jadeo. También estaba medio sordo, pero en muchas ocasiones lograba ocultarlo tras una sonrisa cínica.

—No sé. Todo el mundo tiene una razón para irse o quedarse. A muchos el Gobierno les ahorró ese trabajo.

—Este es el único país del mundo que declaró duelo nacional por la muerte de un barman. Cuando ello ocurre es imposible cambiar la historia. Estamos condenados a ser siempre una barra. Estoy a la espera de que ese momento regrese.

—Me parece cada vez más lejos.

—De acuerdo. Pero eso no quiere decir nada. Es una cuestión de aritmética. En la historia la aritmética no cuenta.

Siempre que hablaban en algún punto aparecía la historia o la filosofía, pero Armando Vera no era filósofo ni historiador sino ingeniero. El único ingeniero con el que conversaba y que consideraba casi su amigo y al que no conocía de la CUJAE —pese que en el año que estudió allí había estado rodeado de ingenieros o aspirantes de ingenieros por todas partes; eso sin contar a las aspirantes a ingenieras con las que nunca se rodeó por parte alguna.

Tuvo que trasladarse a la Escuela de Física para conocer a Armando Vera, pese a que desde hacía tiempo lo veía en El Monseigneur. Pero nunca hablaban en la universidad ni en El Monseigneur sino en La Torre. En El Monseigneur le sobraba gente con que hablar. En La Torre —en el último piso del FOCSA, un edificio que conocía bien desde niño porque su madrina tenía un apartamento en el sexto piso— pocos. Iba a La Torre entre seis y siete de la noche, para ver al sol salir de La Habana y entrar al mar y para contemplar las azoteas de los edificios con sus tanques de agua y sus antenas de televisión y la paz artificial de mirarlas y saber que estaban desiertas y porque a esa hora lo dejaban pasar, ya que el restaurante estaba cerrado y el bar vacío.

Iba allí un par de veces a la semana, en que terminaba las clases en la Escuela de Física a las seis menos diez de la tarde y bajaba por la escalinata de la universidad y subía por la calle L hasta veintiuno y doblaba a la derecha y luego en M doblaba a la izquierda y bajaba hasta diecinueve, al igual que cada miércoles o jueves almorzaba en La Roca, para escuchar a Frank Emilio y conversar brevemente con él. Frank Emilio, uno de los mejores pianistas cubanos de un repertorio en que el jazz y el danzón y otros ritmos populares se mezclaban, convertido en un piano man reducido a un repertorio convencional —“Maestro, hoy ha tocado como nunca. Algo de Gershwin, por favor”, y Frank Emilio reconocía la voz y sonreía con esa mirada sin sentido ante el elogio tonto o porque era ciego y decía “gracias” y tocaba The Man I Love o Summertime igual que siempre, sin esforzarse mucho, y él se quedaba junto al piano, con el trago en la mano, sin apenas atender a la melodía y al pianista, imitando una pose, tan idiota como se puede ser a los diecinueve años— al que volvía una y otra vez en varias tandas, por la tarde y la noche, que el pianista cumplía con disciplina y modestia.

Veía a Armando Vera en la barra de El Monseigneur y nunca habló con él hasta llegar a la Escuela de Física y encontrarlo en su primera práctica de laboratorio de electricidad y conocer que era el asistente de Antonio Zapata, el jefe de mantenimiento de los equipos de medición y de las fuentes de energía que solía aparecerse en medio de los experimentos y pararse detrás de los alumnos para advertir que mucho cuidado compañerito, y es que con la electricidad hay que ser muy precavido, para evitar el corrientazo, que eso si que no, porque entonces, el experimento no se puede realizar sin la debida protección, porque de lo contrario, pues qué pasa, se produce el accidente, y eso sí que no puede ocurrir y ante todo hay que ser precavido, eso es lo primero y desaparecer de inmediato si alguien le hacía alguna pregunta, y es que para eso estaba el compañero instructor porque eso sí, la protección y el cuidado de los equipos era fundamental para lograr científicos revolucionarios que, como se sabe, van a servir para contribuir al desarrollo de la sociedad socialista y la construcción del socialismo mundial. Zapata era mexicano y decía ser ingeniero y miembro del partido comunista en su país y lo único que no ponía en duda Vera era la nacionalidad, por el acento y el físico: bajito, de piel oscura, con una barba parecida a la de Gregory Peck en Moby Dick y una repetición constante del “pues, mano” —más parecido al estereotipo del mexicano que al mexicano mismo (años más tarde, al ver Under the Volcano, pensó que John Houston lo habría escogido para interpretar uno de los bandidos que machetean al excónsul inglés)—, pero se llevaba bien con su jefe porque lo único que deseaba era tener una justificación laboral para que no lo molestaran. No le importaba el salario. Sus parientes habían abandonado la Isla dejándole cartuchos llenos de pesos cubanos que no habían podido cambiar por dólares antes de irse y vajillas y adornos y muebles que se acumulaban en las habitaciones desiertas de una casona de El Vedado donde vivía acompañado de un tío anciano, el único familiar que le quedaba en Cuba, quien de vez en cuando se encargaba de vender algo y compartir las utilidades (aunque Vera sabía que siempre lo engañaba y se quedaba con la mayor parte del dinero). Contaba además con una pensión de unos seiscientos pesos —lo máximo permitido en el país— por la nacionalización de las dos farmacias de su padre y de varias propiedades heredadas de su madre.

Vera era viudo. Tenía todo preparado para abandonar el país junto a su familia a principios de los años sesenta. Mandó por delante a sus dos hijos. La repentina enfermedad de su esposa postergó la partida. La muerte de esta, después de un matrimonio de treinta años, lo llevó a pensar que no tenía sentido. No le bastaron el estar graduado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y dominar el inglés. Lo dejaron fuera de la compañía de electricidad, donde llegó a ocupar un elevado cargo técnico tras renunciar a la salida, en un proceso de depuración a finales de 1966. No le pareció una injusticia —pese a que desempeñaba su labor con eficiencia y sus ideas políticas no interferían en su labor— sino parte de la lógica del proceso. Tres años estuvo sin trabajar. Si desde hacía apenas unos meses estaba en la universidad, en tareas muy por debajo de su calificación (reparando cables, soldando elementos, cambiando fusibles) era por el temor a terminar alcoholizado y por las presiones del comité de defensa de su cuadra —vivía en El Vedado, frente a otra mansión convertida en la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), casi al llegar a la esquina de Línea y la calle I—, que siempre lo incluía en la lista de los desafectos a la revolución de la cuadra, y la amenaza de ser enviado a trabajar en el campo por vago. Por lo demás, había perdido el interés en las mujeres y solo se preocupaba por comer y beber lo mejor posible en los restaurantes de lujo.

Aunque apenas hablaban en la universidad y solo se saludaban en El Monseigneur, aquella tarde en La Torre —al llegar vio que el bar estaba vacío y se sentó en la barra, pero Vera, que ocupaba una mesa de dos junto a los grandes ventanales que daban al vacío, lo llamó y le pidió que lo acompañara y lo invitó a comer, pues le había dado veinte pesos al capitán para conseguir un turno— varios tragos bastaron para que conversaran con franqueza, aunque él se guardó de ir más allá de cierto punto en algunos temas y dejó al otro desarrollar la conversación.

—¿Sabías que cuando murió Constante, el barman del Floridita, se declaró duelo nacional y todos los bares de La Habana cerraron? —Vera no esperó una respuesta.

—A ver, ¿cuál es el mejor libro de historia de Cuba?

—El de Ramiro Guerra. Aunque creo que ahora hay otros, como el de Ibarra y Le Riverend.

—No hablo de manuales. Te pregunté por libros.

—¿Cuál es?

All the Best in Cuba de Sydney Clark. ¿No lees inglés? Deberías aprenderlo.

—¿Es un libro de historia?

—¿Y quién dice que la historia se aprende en los libros de historia? Es una guía turística.

Nunca había visto una guía turística sobre Cuba. Ni en inglés ni en español. Solo conocía su viejo mapa.

—Nadie como ese americano para captar la realidad de este país. Y después gritan que nos despreciaban. Clark dice que al lado de la travesía de Gómez y Martí para llegar a Cuba y unirse a la guerra, y luego el desembarco por Playitas, el famoso cruce del Delaware por Washington no pasa de ser un simple evento deportivo. ¿Te imaginas a un americano diciendo eso? ¿Quién era el dueño del Sloppy Joe’s? ¿Un americano? No señor. Un gallego llamado José Abeal Otero. El de Cayo Hueso surgió luego del de La Habana. Después Hemingway lo hizo famoso y todos hablan de la penetración imperialista. Siempre hemos sido buenos en tres cosas: en crear música, en hacer tragos y en fabricar héroes. Sangre y Sandunga. Esa es la batalla que siempre se ha librado en Cuba. Quiero ver quién va a resultar vencedor al final. Por eso no me voy.

Para él no cabían dudas sobre el vencedor. Meses atrás, en la barra de El Monseigneur, había escuchado un discurso de Fidel Castro donde anunciaba el cierre de los bares; la extinción de cualquier pequeño negocio privado, hasta de los puestos de frita callejeros; el fin de la vida nocturna y los clubes y cabarets. Si los restaurantes de lujo seguían abierto —el propio Fidel lo había expresado claramente— era para sacarle el dinero a los pocos viejos siquitrillados que quedaban en el país. Al irse muriendo estos, irían cerrando para dar paso a comedores obreros y cafeterías populares. No se lo dijo todo a Vera, pero lo suficiente para que éste repondiera:

—Hay un cuadro que me gusta mucho. Es de un pintor flamenco. Se llama El combate entre el carnaval y la cuaresma. Lo vi en Viena cuando era un adolescente. Pues bien, en Cuba nunca ha existido un combate entre el carnaval y la cuaresma. Eso es propio de los países donde impera la tradición protestante. Nuestra cuaresma es también un carnaval. Lo que siempre hemos tenido es un vaivén entre el carnaval y la matanza, un movimiento pendular entre la rigidez y el desenfreno.

—La época de las mulatas con maracas ya pasó. Para bien y para mal —agregó él.

—No lo creo ¿Conoces la filosofía de Nietzsche? Ahora no se menciona. Nietzsche habla de lo apolíneo y lo dionisíaco, porque era alemán y no cubano. Los cubanos solo conocemos lo dionisíaco. Claro que Dionisio no era aimpemente el dios del vino y la orgía, sino también un asesino y un vengador terrible.

—Estamos sumidos en la austeridad. Este restaurante, todos los restaurantes de lujo, sobre todo El Monseigneur, no son más que una aberración que irá desapareciendo de este país, que cada día se parece más a un inmenso cañaveral. Mi problema es que tengo un desfasaje en el tiempo. Me siento más viejo de lo que soy. Participo de la decadencia y me gusta. Pero reconozco que paso las noches dentro de un mundo que se acaba. Añoro la generación anterior a la mía. Quisiera haber sido adolescente en los cincuenta, disfrutado de la vida nocturna habanera, haber tenido la oportunidad de incorporarme a la lucha contra Batista. Ahora todo es soso y formal. El heroísmo es organizado: ser miliciano, hacer guardia, ir al campo. Ni siquiera tuve edad para combatir durante los primeros meses de la revolución. Me hubiera gustado ir a Girón. Mis padres no me dejaron ser boy scout cuando niño. Dijeron que era muy chiquito. Y cuando ya no fui muy chiquito tampoco me dejaron ser explorador ni joven rebelde, porque ya habían botado a los curas y los boy scouts estaban en Estados Unidos mandados por los padres para que no les quitaran la patria potestad. Y luego fue demasiado tarde, porque al que no le interesaba ser joven rebelde, que ya no era joven rebelde sino joven comunista, era a mí.

—No tengas envidia por mi generación. Es una generación maldita.

—¿Por hacer la revolución?

—La revolución no es más que la consecuencia. Somos la generación que más daño le ha hecho a este país. Un grupo de resentidos y envidiosos. Eso es lo que somos. Siempre criticando a los americanos. En este país a nadie se le ha ocurrido hacerle un monumento a Horatio Rubens, que fue el que exigió que en la Joint Resolution del Congreso de Estados Unidos quedara establecida la libertad de Cuba. A lo mejor ni siquiera sabes quién fue. No te lo critico, porque nunca te lo deben haber enseñado. Años y años protestando contra la Enmienda Platt, sin preocuparnos por aprender a gobernarnos bien. Mi generación es la culminación de tanto resentimiento inútil. Ojalá y nunca nos hubiéramos independizado de España. Los patriotas lo único que han hecho es joder a esta isla. Verdad que los españoles no eran unos santos. Pero lo que vino después fue peor. No nos cansamos de protestar, y ahora tenemos un hijo de gallego que no nos deja levantar la cabeza y hace bien. Nos lo merecemos.

De tener más años habría respondido que jamás había escuchado una reafirmación más revolucionaria en un lenguaje más gusano, y compartido el pesimismo de Vera —mucho después, ya en Miami sentiría con frecuencia la necesidad de escribirle o llamarlo por teléfono, de decirle que aquella tarde en La Torre tenía razón. Pero nunca lo hizo porque sabía que Vera estaba muerto, que a finales de los setenta, luego de vegetar por seis meses en un hospital y de recuperarse parcialmente tras una trombosis, un infarto evitó a tiempo un deterioro mayor en aquel hombre nacido para triunfar y cuya vida transcurrió mayormente en la frustración.

Entonces solo le dijo:

—De cualquier forma, hubiera preferido nacer quince años antes.

—No lo creas —se limitó a responder Vera. Quizá sintió lastima por él, porque luego de acabar el trago agregó:

—Representas a la avanzada del futuro. Tú problema es que nunca te lo reconocerán.


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