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La gran distorsión: la historia del indígena en Cuba

Lamentablemente, la historiografía cubana más recalcitrante pasa por alto los datos que no encajan con su visión emancipatoria de la historia y homogeniza los intereses e ideales de los participantes

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Muchos consideran el siglo XIX como el momento fundacional del republicanismo hispanoamericano, y no es para menos, ya que en este siglo Hispanoamérica alcanzó su independencia de España y se formaron las distintas comunidades en todo el continente. El problema está en que junto con el nacionalismo y los deseos de separación de la “madre patria” ocurrió un proceso de distorsión de la historia, que comenzó a ser reescrita desde una óptica independentista que al decir de Benedict Anderson, no solo “imaginaba” las nuevas comunidades, sino que también “exhumaba” los restos del pasado para justificar su presente. El caso paradigmático en Cuba es la historia de Hatuey quien a partir de esta fecha pasó a ser “el primer mártir de la independencia” de la Isla.

Hatuey según la narración del fraile Bartolomé de las Casas había llegado de Santo Domingo huyendo de los españoles, y una vez en Cuba alertó a los indígenas de los verdaderos motivos de los conquistadores: el oro. A partir de entonces, cuenta Las Casas, el cacique se dedicó a huir por los montes hasta que fue atrapado y condenado a morir en la hoguera. En la década de 1850 y 1860, poetas como Juan Cristóbal Nápoles Fajardo y más tarde Luis Victoriano Betancourt y José Martí se dedicaron a “exhumar” los restos del cacique de Quisqueya quien en sus obras pasó a ser el primer mártir de los cubanos.

Basaban sus razones en los testimonios del propio fraile Las Casas, del dominico Antonio de Montesinos y de otros críticos de la Corona quienes afirmaban que los españoles habían acosado brutalmente a los indios, esclavizándolos y forzándolos a trabajar contra su voluntad en las encomiendas en pago de su cristianización. La violencia contra ellos fue tal que en muy poco tiempo su población disminuyó enormemente y tuvieron primero que acudir al “rescate” de otros indios en los territorios vecinos, y más tarde, a traer esclavos del África. Los textos del nacionalismo cubano, a diferencia de los del fraile, sin embargo, no pedían un mejor trato para los indígenas, sino que pedían la independencia. De ahí que vieran a Hatuey como el primero de su causa y que hablaran de sus héroes como una reencarnación del cacique de Quisqueya. A tal extremo que Juan Arnao decía en su Historia de Cuba (1900) que Hatuey se había “metamorfoseado” en Máximo Gómez, por haber venido también de Santo Domingo y que los independentistas del siglo XIX no hacían más que retomar los mismos ideales de los indígenas del siglo XVI.[1]

Lo que ocultaba esta narrativa emancipatoria, sin embargo, era que muchos indígenas sirvieron de buena gana a la Corona, y que incluso sus descendientes en la provincia de Oriente lucharon contra los independentistas y a favor de España cuando estos declararon su deseo de separarse de la metrópoli. Lamentablemente, la historiografía cubana más recalcitrante tiende a pasar por alto estas contradicciones, los datos históricos que no encajan con su visión emancipatoria de la historia, y homogeniza los intereses e ideales de unos y otros en la historia. Por eso ha insistido tanto en que los aborígenes cubanos desaparecieron en el primer tiempo de la conquista y que después de esta catástrofe ya no había indios legítimos en la Isla. Una foto de 1898, sin embargo, publicada un año después en el libro Our island and their people as seen with camera and pencil (1899) da una idea de este error ya que fue tomada por uno de los reporteros norteamericanos que fueron a Cuba después de la intervención norteamericana, y da fe de un grupo de indios de El Cobre, cerca de Santiago, que se encontró cuando recorría la Isla. Debajo de la fotografía se lee el siguiente texto:

En el vecindario de El Cobre, cerca de Santiago, hay todavía vestigios de los antiguos habitantes aborígenes de la isla, mezclados más o menos con sangre española o negra. Algunas de estas personas están representadas en el grupo de arriba. Ellos trazan su linaje hasta las personas que ocuparon la isla cuando Colón la descubrió, y son los últimos vestigios de una raza interesante y muy perseguida (208, traducción y énfasis nuestro).

Publico la foto y lo que dice el autor del libro, José de Olivares, porque según creo este es la primera imagen gráfica que tenemos de la supervivencia de indígenas en Cuba en el siglo XIX. Gracias al desarrollo de la fotografía en este siglo y al avance que había adquirido en Estados Unidos, tenemos hoy esta foto en que se ve, en medio de un grupo heterogéneo de mujeres y niños, una indígena cubana vistiendo un traje y sombrero tradicional diferente al del resto. Llama la atención, por tanto, que en la explicación que da el autor de esta imagen, afirme que a pesar de ser mestizos, se veían a sí mismo como un grupo distinto al resto, que remontaban su linaje a los tiempos de Colón. Esto no solamente demuestra que todavía a finales del XIX, los indios de El Cobre vivían en aquella vecindad, sino que mantenían un sentido de identidad propio que los diferenciaba de los blancos y de los negros.

¿Por qué entonces la historiografía nacionalista cubana prefiere hablar de “extinción” en lugar de hablar de supervivencia? ¿Por qué ha prestado tanta atención a “exhumar” los huesos de los indígenas o a escribir de su prehistoria, en lugar de darle una voz al de carne hueso? ¿Por qué hasta muy recientemente no se hablaba de ellos tampoco?

La razón es muy simple. Para el discurso nacionalista, que tiende a homogenizar las diferencias, es mejor un indio “muerto” que vivo porque al estar muerto o al menos silenciado por la historia, no puede hablar con voz propia, ni defender su identidad, ni reclamar un pasado y una tierra que les pertenece. El nacionalismo cubano se basa en la idea de homogenización de la población, en la mestizofilia, en el constructo de que “todos somos iguales” y cualquier grupo que se salga de este guion resulta ser problemático, resulta ser un peligro para el resto de la comunidad. De ahí lo importante que son materiales gráficos como este o el documental de Tony Cortes, quien dicho sea de paso, filmó cuando ya vivía en Estados Unidos y fue a Cuba a entrevistar a Panchito. Si vemos el documental, además, podemos oír que una de las mujeres de lugar afirma que le extrañaba que Tony hubiera llegado hasta allí porque el Gobierno cubano no dejaba que nadie subiera a verlos.[2]

Vale entonces leer la historia de Cuba a partir de los presupuestos que van en contra de esta imagen homogénea de la nación, de los silencios que van dejando los letrados asalariados del Gobierno, y la imagen que se creó a raíz de las guerras independencia, y se solidificó al triunfo de revolución cubana. Vale repensar las identidades que conformaron y conforman la nación desde las historias particulares y los vacíos que se han creado para construir o imaginar la patria con un objetivo político en mente. En otras palabras, hay que desmontar esta gran distorsión que no nos permite ver de una forma objetiva el pasado.


[1] He trabajado el tema en varios ensayos. Para más detalles véase mi artículo “La India y ‘la linda criolla’: Representaciones de Cuba durante la guerra de independencia (1868-1878)” http://www.academia.edu/33790628/_La_India_y_la_linda_criolla_Representaciones_de_Cuba_durante_la_guerra_de_independencia_1868-1878_

[2] El documental de Tony Cortes puede verse en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=AiCBQy1hr74


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Una foto de 1898, publicada un año después en el libro Our island and their people as seen with camera and pencil (1899), tomada por un reportero norteamericano, da fe de un grupo de indios de El Cobre, cerca de SantiagoFoto

Una foto de 1898, publicada un año después en el libro Our island and their people as seen with camera and pencil (1899), tomada por un reportero norteamericano, da fe de un grupo de indios de El Cobre, cerca de Santiago.