Actualizado: 20/11/2019 9:47
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La inaudita condición postcomunista

En la caverna del comunismo, un monumental ensayo sobre uno de los tres acontecimientos históricos decisivos del siglo XX.

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La publicación de una reciente novela del conocido escritor español Andrés Sorel ( En la caverna del comunismo. Sevilla, RD Editores, 2007), me ha hecho reflexionar sobre la condición post del "comunismo" a la cubana.

Su autor, un antiguo miembro del partido comunista español (cayó "en desgracia" con Santiago Carrillo cuando criticó en su juventud la invasión de la Unión Soviética a Checoslovaquia), de inequívoca filiación izquierdista, constante crítico del imperialismo, del mercado y prensa capitalistas y, en general, de las democracias occidentales, ha realizado un inusual ejercicio de revisión y autocrítica históricas y, a diferencia de la amnésica y utópica izquierda contemporánea, ha decidido novelar el origen, desarrollo y final del comunismo real, es decir, aquel que tuvo su inicio en la Revolución de Octubre y luego se extendió a otros países a partir de aquel modelo arquetípico.

El hecho de que Sorel, un ex comunista militante, que encarna eso que se conoce como un intelectual de izquierda, escriba esta historia, le confiere a su novela un alto valor testimonial. No es un politólogo ni un académico ni un historiador quien a través de una "objetiva" investigación científica realiza la hermenéutica de una época pasada, tampoco es un morboso escritor de derechas, quien se ceba en los trágicos errores del comunismo, ni tampoco es un converso: un ex comunista convertido en socialdemócrata, sino que es un escritor que, a la vez que no renuncia a su vocación comunista (humanista, sería tal vez mejor decir), decide "volver a nacer", es decir, ir al origen del fracaso político más espectacular del siglo XX, para intentar preservar para un futuro hipotético el nuevo y necesariamente diferente "comunismo" del porvenir.

Una catarsis cosmovisiva

Su novela, de difícil lectura, de estructura compleja y de franca naturaleza ensayística, constituye desde ya una de las catarsis narrativas contemporáneas más conmovedoras. Pero no es una catarsis simplemente afectiva, con serlo mucho en el fondo, sino cosmovisiva. Sorel quiere exorcizar el fantasma del comunismo real, y para ello le hace revivir al lector una significativa serie de acontecimientos históricos que le permitan, a la vez que explicarse el pasado, comprender el presente y, tal vez, barruntar una actitud para con el imprevisible futuro.

El escritor se vale de una construcción narrativa eminentemente dialógica, como quería el genial teórico ruso Bajtin. Un personaje simbólico, K. (en homenaje al famoso personaje de Kafka), es condenado a construir el palacio de Nicolás Ceausescu, acaso el símbolo más faraónico y teatral del llamado socialismo real. Todos sus compañeros desaparecen con el paso del tiempo, y este "trabajador" alcanza una dudosa inmortalidad para recordar desde el presente todo un pasado ominoso.

Sumido en las catacumbas del palacio, K. es una suerte de recreación contemporánea del hombre de la caverna de Platón: memoria histórica, testimonio ficcional del destino de la persona, del ser humano, dentro de la trágica historia del comunismo, ejemplo de la deshumanización o despersonalización de la Vida, acaso la mayor traición de aquel ensayo histórico del régimen soñado por Marx, como ilustración también de esa historia sacrificial que suplanta a la persona y la vida, en versión de María Zambrano.

La caverna del comunismo funciona como una suerte de aleph de profunda estirpe más que borgiana, skakesperiana, donde se proyectan disímiles imágenes, donde se escuchan diferentes voces más allá de la sucesión cronológica y de la tiranía de un solo espacio. Caverna, pues, ubicua, proteica, como lo es una mente o una conciencia universal. Aparte de K., dos son los personajes con los que de cierta forma se identifica el escritor: Nicolás Bujarin y su joven esposa, Ana Lárina. Bujarin, visto en sus profundas contradicciones, funciona como ejemplo dramático del posible camino que fue cercenado por la reacción estalinista. Lárina es la memoria del sobreviviente. Ambos ilustran también la derrota del amor, de la vida, ante la historia más atroz.


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