Actualizado: 18/10/2021 10:15
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¿La invención de Cuba?

'El poscastrismo y otros ensayos contrarrevolucionarios', de Julián B. Sorel.

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La Editorial Verbum ha tenido la fortuna de publicar una recopilación de artículos de Julián B. Sorel con un título muy sugerente: El poscastrismo y otros ensayos contrarrevolucionarios. A la luz de la tradición histórica cubana, este último adjetivo convoca tanto prejuicio, tanta carga peyorativa, que ya va siendo hora de restituirle un legítimo significado.

Acaso uno de los superobjetivos del libro es persuadir a las conciencias políticas insulares de que todo intento por diseñar el futuro de la nación cubana debe eludir las soluciones "revolucionarias" si no se quiere repetir los errores del pasado. Otro, como bien advierte en su prólogo Rafael Rojas, demostrar la continuidad que establece el castrismo con la tradición nacionalista y revolucionaria anterior, desmontando de paso el mito de la absoluta singularidad de la revolución cubana.

Dentro de la vasta bibliografía política del ya casi cincuentenario exilio insular puede encontrarse un sin fin de documentos políticos: toda una gama de opiniones, de ideas, de proyectos…, pero no ha sido hasta los años más recientes cuando se ha comenzado a articular un pensamiento. A través de muchos ensayos publicados en la revista Encuentro de la Cultura Cubana —que ya anda por los cincuenta números— y en otras publicaciones periódicas, en la Editorial Colibrí y en Verbum, incluso en la reciente blogosfera, ha ido cuajando una profunda y variada reflexión sobre la historia y la cultura cubanas. Un ejemplo sobresaliente es la obra ensayística de Rojas. Otro, diferente en su naturaleza genérica, pero afín en su vocación cognoscitiva y "redentora" (como querría Adorno), el libro aquí comentado.

Si a partir de 1989, cuando el desplome del campo socialista, la cultura oficial de la Isla se empeñó en articular un "nuevo" pensamiento que respaldase el énfasis nacionalista de la revolución cubana, no ha sido allí donde ha aflorado un pensamiento "nuevo" sino en el exilio. Al menos, "nuevo", con el sentido de estar abierto a un futuro diferente al presente casi apócrifo y traumático, amén que anacrónico, que padece la sociedad cubana contemporánea. Una característica de este libro, como de otros de Rojas, es sustentar una visión política del presente y futuro de Cuba a la luz del análisis de la tradición histórica, política y cultural de la nación.

Ha sido tanta la visión unilateral, oportunista, de la historiografía y de la política oficiales sobre la historia de Cuba, señaladamente sobre el periodo republicano hasta 1959, que se hace ineludible una relectura histórica de nuestra tradición si se quiere avanzar hacia un futuro diferente. Uno de los objetivos expresos del libro de Sorel es tratar de ayudar a formar una conciencia reflexiva lo suficientemente objetiva sobre el pasado, que ayude a discernir en la compleja madeja política del presente los caminos posibles para conformar algún día una conciencia democrática.

Reto ambicioso

En un país que ha hecho de la tradición revolucionaria el centro mesiánico de su destino como nación resulta muy difícil aceptar que su porvenir debe pasar por una diferente invención (no reiteración) de esa tradición. No más caudillismo, no más destino glorioso, no más teleología revolucionaria, no más insularismo o trasnochado nacionalismo. Estado de derecho, cultura democrática y apertura regional y universalista.

Es muy ambicioso el reto que se va configurando en este libro: recrear la nación cubana, casi un volver a nacer, o nacer de nuevo a la luz de una tradición marginal de su historia, la democrática, para lo cual debe acaecer una profunda transformación en las conciencias.

Frente a dos posiciones extremas, el optimismo liberal de Carlos Alberto Montaner y, el llamado por el autor, escepticismo posmoderno de Rojas, Sorel trata de ser más pragmático: no profetiza un futuro determinado sino que analiza la historia para señalar lo que no debe repetirse; valora la encrucijada mundial presente para barruntar en este escenario de la cuarta etapa de la globalización cuál podría ser el camino plausible para una nación cubana que se proponga un futuro democrático.

Su mirada atiende más a la experiencia, incluso al sentido común, que a la necesidad, que suele ser tiránica o idealista o utópica o meramente política, de diseños teóricos que tan a menudo la práctica histórica desacredita con posterioridad. Porque —no lo olvidemos nunca más— la imagen puede encarnar en la historia… La imagen caníbal… Y devorarla, o convertirla en un ídolo sombrío.

A Sorel le interesa más ayudar a configurar una conciencia de la ineluctabilidad de una transición hacia la democracia que vaticinar, con pesimismo u optimismo, el imprevisible porvenir. Escepticismo lúcido, aunque no exento de pasión y de conocimiento.

Es cierto que, como señala Rojas en su prólogo, este libro no participa de un espíritu académico o erudito. Sin embargo, a contrapelo de la brillantez de algunos empeños recientes dentro de ese necesario ámbito cognitivo, el pensamiento de Sorel discurre más por un ensayismo que se nutre del dato histórico, pero no es historia ni historiografía. Literatura política, dice Sorel, ni más pero tampoco menos. Le importa más sugerir un posible proceso; persuadir que demostrar. Mira a la historia como un proceso abierto, dinámico, complejo y a menudo imprevisible. Se afana por no ceder ante fanatismos de cualquier índole. Su prosa tiene mucho de conversación socrática, de vocación dialógica; participativa e inclusiva.

Mitos puestos a prueba

Más que para deleite intelectual de un especialita, este libro tiene la virtud de haber sido pensado y escrito para poder ser leído por cualquier persona. Yo diría que es un tipo de ensayo cuya lectura agradecerían las generaciones más jóvenes. Utiliza la información certera e indispensable; tiende a hacer muy clara la complejidad de los procesos históricos que describe. Sólo se vale de la imagen literaria para apuntalar con el prestigio de la fuente citada lo que ya ha demostrado antes. En resumen: es un ejemplo de lo que debería ser el deber del periodismo. Más que ensayos, Sorel escribe artículos de opinión, con una prosa limpia, precisa, convincente.

Tiene la virtud de expresar de una manera inolvidable lo que ya sabemos, o revelarnos un ángulo nuevo de lo que creíamos saber. Al final, sobre todo, hace pensar al lector. Este cree haber llegado él mismo a conclusiones parecidas. Va directo a su conciencia. Porque es abierto en sus valoraciones y porque siempre deja un margen para que el lector arribe él sólo al juicio que el autor ha sabido convocar con persuasión y objetividad cognitiva.

En lo que sí es afín con otros textos es en esa nueva mirada sobre la realidad cubana, donde ya se da por sentado el anacronismo de un proceso revolucionario sin futuro posible. Es como si ya no existiera la Revolución pero tampoco la República democrática. Desde ese limbo o lúcido interregno, sus juicios valen por sí mismos —objetividad histórica aparte— por la singularidad y pasión de su mirada. Esa suerte de anticipación de la conciencia es una de las energías creadoras de este pequeño pero inteligente librito.

Todos los mitos de la tradición nacionalista y revolucionaria insulares son puestos a prueba o releídos a la luz de sus antecedentes históricos o valorados desde una perspectiva relativista. El libro, todo, es un antídoto contra las lecturas unilaterales, contra las descalificaciones gratuitas, contra las oportunistas reconstrucciones ideológicas de los hechos históricos. Al cabo, le devuelve a la historia el dinamismo que le es inherente, con su porción de imprevisible desenvolvimiento, con su matriz siempre ambigua o abierta, que a veces tanto la acerca a la ficción o a la complejidad de una persona.

Sus temas, no por conocidos, dejan de ser atractivos: todos los hitos de la historia de la nación cubana son recontados, a veces desde aristas poco conocidas. Sus valoraciones se remontan a la Colonia y llegan hasta este mismo presente (el "tardocastrismo", le llama), más: avizoran el poscastrismo; y se sitúan también en un mirador desde el cual este último ya es un dato de un pasado remoto. Le complace destacar el reverso escamoteado. Ojalá que algún día esta visión abierta de la historia prevalezca.

Leyendo estos textos uno comprueba espantado cuanto daño hizo la historiografía marxista-leninista y el fidelismo mesiánico a la cultura cubana, a la conciencia de la Nación, a las mentes de sus ciudadanos. Uno no deja de sorprenderse ante la perversión de ese Gran Relato que se llamó la Revolución Cubana. Pero "perversión" que venía incubándose en las mismas entrañas de nuestra historia. Uno se pregunta, incluso, cómo alguna vez pudo considerarlo veraz o, más importante, necesario. Sólo por propiciar este doloroso (aunque también venturoso o "redentor") proceso de auto conocimiento este libro es útil y puede provocar más de una anagnórisis personal.

Curioso lector, adquiera rápido este libro en la Editorial Verbum, someta a prueba los juicios aquí expuestos. Sólo deseo que no se sienta defraudado.


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