Actualizado: 20/01/2022 14:54
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La locura de Walterio

Sin el ostracismo, hoy habría una idea más certera de Carbonell, 'rescatado' cuando estaba intelectualmente muerto.

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Figuras como Walterio Carbonell habitan a retazos en la memoria. Al parecer, él mismo ayudó a su presentación como sujeto fragmentado, pero no en el sentido postmoderno, sino en fragmentos de fragmentos, asidos a una leyenda de sucesos intelectuales, humorísticos, desquiciados. Carbonell fue, en fin, un gran inventor de historia y un creador de brumas sobre su propia biografía.

Esa es la visión que permanece luego que, recientemente, decidiera escapar de la vida para refugiarse, quizá, en un palenque en el cielo.

Cómo surgió la cultura nacional

En la Biblioteca Nacional de Cuba, hace ya unos cuantos años, estaba claro que el destino de Carbonell era la decadencia y la soledad.

Fue la reconocida historiadora norteamericana Rebecca J. Scott quien, leal a su vocación pedagógica, me informó sobre la relevancia del libro de Walterio, Cómo surgió la cultura nacional. Es un texto desgreñado, pero surcado de ideas atrevidas. Visto desde hoy, a casi cincuenta años de su publicación, el ensayo oscila entre la vejez y la lozanía.

Dos de sus afirmaciones sirven para corroborar los atrevimientos a que aludimos: el verdadero antecedente de la guerra de independencia fueron las sublevaciones de esclavos y no las conspiraciones de los propietarios que se alzaron en 1868. Otra osadía fue la relevancia que otorgó a la cultura oral de los esclavos frente al discurso escrito de la élite anticolonialista, avalado por la institución y el poder implícito en la letra impresa, se diría también hoy.

Lucidez errabunda

A partir de la advertencia de Rebecca y leído el texto, comencé a acercarme a Carbonell. Resultaba fácil percatarse de que algo en el cerebro de aquel negro de rostro etíope, manos finas y uñas largas, que atravesaba los salones de la Biblioteca con unos ruidosos zapatos convertidos en chancletas, no funcionaba a derechas. Aquí le llamaremos, para abreviar, locura, y no con el eufemismo de "trastornos nerviosos".

Pero la locura de Carbonell no era de tiempo completo, lo cual debe tener su apelativo en la ciencia de la psiquiatría. Mi interés inicial consistió en sorprender ese momento para lograr que hablara de personajes como Senghor, Fanon, Price Mars, Césaire o de cualquier otro intelectual que asistió al célebre Primer Congreso Internacional de Escritores y Artistas Negros, que se efectuó en París en 1956.

El primer intento de charla fue un mal paso, aunque algo se logró. En vez de tomar por el camino que se le sugería, Carbonell solía ir por donde lo llevaran sus impulsos. Así, contó de sus primeros años en la Universidad de La Habana, su militancia de izquierda y de su relación con Fidel Castro.

Refirió Carbonell en aquel primer encuentro su decisión, a mediados de los cincuenta, de marchar a Francia a completar su "formación académica". Su familia poseía propiedades —tierras, si mal no recuerdo— que se vendieron. De la transacción, 3.000 dólares fueron para Carbonell y sus estudios en París.

Joven y desconocedor, le disparé a boca de jarro que esa cifra no alcanzaba para completar nada, y menos en Europa. Carbonell me miró como si viera a alguien llegado de un lugar muy lejano, y respondió masticando las palabras: "Yo pagaba un dólar al mes por la universidad. Era un pago simbólico".

Después, en un artículo surgido de la información equivocada sobre la muerte de Carbonell, dijo Juan Goytisolo que era una beca. Carbonell, sin embargo, jamás mencionó esta palabra. Tuvo razón el escritor español.

Sin los melindres de la modestia

Otra oportunidad llegó un día de finales de los noventa. En la sala nacional de la Biblioteca, dos profesoras universitarias, que sin duda lo estimaban, le reprochaban a dúo su desordenada vida sentimental. Le indicaban algo así: "si hubieras sido más serio, ahora tendrías quien te cuidara".

El tema pronto se vinculó con una de sus dos hijas francesas, cuya carta reciente enarbolaba feliz el experto en la raza negra en Cuba.

Absolutamente lúcido en aquel instante, Carbonell puso fin a los reproches con una astucia: "Voy a ver a mi amigo". Fue hasta mi mesa y se sentó sin interesarle un adarme si yo estaba ocupado o no. Cargaba un montón de papeles desordenados, de distintos tamaños y calidades, escritos con letra enorme. Sin duda, necesitaba espejuelos. Estaba "escribiendo un largo poema" y un "ensayo sobre Palo Mayombe", dijo.

Ajeno a cualquier crítica sobre los melindres de la modestia, soltó que Miguel Barnet, recordando un artículo publicado por Carbonell con bastante anterioridad, había asegurado que este último "era el que más sabía sobre Palo Mayombe en Cuba".


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