Actualizado: 19/11/2019 9:12
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Opinión

La Moscovia infinita

Un testimonio sobre la impronta cultural de la extinta Unión Soviética (la casi exótica metrópoli) en la isla del socialismo a lo cubano.

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Motivado por el reciente e interesante dossier del blog Penúltimos días sobre la Unión Soviética, me he animado a escribir estas impresiones personales. Confieso que el tema de la impronta cultural de la extinta Unión Soviética en Cuba siempre me ha atraído de una manera muy particular. Aunque se puede escribir mucho sobre esa relación con la casi exótica metrópoli, prefiero hacerlo a través de mi experiencia personal.

Los cubanos fuimos la más occidental comarca del Imperio, su arrabal tropical, también exótico para el otro. Pero, como trataré de sugerir aquí, fue un exotismo —el ruso en un cubano— interior. Una de las anécdotas orales que prefiero de José Lezama Lima, cuando trabajaba en el Instituto de Literatura y Lingüística, es la siguiente: Vinieron un día a pedirle su opinión sobre unos convenios de colaboración con los hermanos países socialistas, dentro de lo que llamaban entonces los planes quinquenales… Lezama se limito a reír sin parar, con lágrimas en los ojos, mientras repetía por toda respuesta, con su peculiar entonación asmática, una sola frase con la cual parecía decirlo todo contra ese lenguaje burocrático, casi kitsch: "La Moscoviaaa"…

Por alguna razón que no me interesa explicarme a mí mismo, ahora, que vivo en Madrid, en un reparto de Arganda del Rey llamado La Poveda, lo nombré desde el primer momento como La Moscovia, acaso por su casi exuberante e intensa población rumana (la panadería se llama Transilvania). Pero no se me escapaba una suerte de ironía risueña implícita en el sobrenombre: un cubano que emigra a la Madre Patria y termina viviendo en la Moscovia, en cierto modo, como un pueblo imaginario habitado por exiliados del Imperio.

Mi primera experiencia con la Moscovia sucedió cuando leía con pasión en la década del sesenta los cómics norteamericanos Los halcones negros, que luchaban, con chinito Chop-Chop incluido, contra los "pillos" del comunismo internacional. Memorable fue mucho después, cuando proyectaron en Cuba una película coreana, donde ante el avance del glorioso ejército rojo de Kim Il Sun, los propios soldados coreanos del sur exclamaban: "¡Huyamos como ratas despavoridas!".

De niño, mi bisabuela de Cárdenas, muy "gusana" —como se decía entonces—, sacaba a cada rato de su cuarto (ignorancia mediante, por supuesto) un libro que atesoraba allí como una prueba irrefutable de lo terrible que era el comunismo, titulado La dictadura del proletariado…, escrito por V. I. Lenin. Pero ella decía, enfática: "Lo ven, lo dijo Lenín (acentuando la última vocal), el comunismo es una dictadura", y daba la discusión por cerrada. Después, cuando padecí la plaga de los manuales de marxismo-leninismo, pero también estudié filosofía con pasión, recordaba siempre la ambigua clarividencia de mi bisabuela.

Alguna vez en Cuba cometí una relación amorosa con una avasalladora rubia de los Montes Urales (así también se llama una calle de mi pueblo madrileño). Buscaba en ella una energía salvaje, eso que se ha dado en llamar el alma rusa, un verdadero pathos entre trágico y romántico, y un carácter fuerte muy singular (ya ven, estos son los peligros de lo exótico). Por cierto, siempre me intrigó el hecho de que en Cuba había rusas casadas con cubanos, nunca rusos casados con cubanas… En fin, buscaba acaso eso que se denomina "lo ruso" (conformado previamente por mis lecturas, por la música clásica y el gran y selecto cine ruso y soviético) y que enseguida sabemos qué significa casi a un nivel inconsciente. Un eco (¿una cicatriz?) de un imaginario que tengo grabado muy profundamente dentro de mi percepción de la realidad.

Otra isla sin nombre

Con tanta intensidad como la impronta española o norteamericana, o incluso la francesa o la alemana, no puedo percibir el mundo sin Dostoievski, sin Tolstoi, sin Chejov, sin Chaikovski… Pero tampoco ciertamente sin esa Rusia profunda —también inexorablemente soviética— de las películas de Andrei Tarkovski o de Nikita Mijalkov. Por muy universal que sea el mensaje de Solaris (basada, por cierto, en una novela de Stanislav Lem), no podría haber existido sin la expansión cósmica de la Unión Soviética. Tampoco La infancia de Iván o, incluso más profundamente, Stalker o sus últimas películas — El espejo, Nostalgia y El sacrificio—, sin la impronta del estalinismo.

Sin poder profundizar en estos temas, sólo indico que la mirada de Tarkovski es toda una ontología (y poética) de lo ruso. Su película Andrei Rubliov es acaso su mayor aporte a la cultura mundial. Me recuerda, por su aliento shakesperiano, El Rey Lear ruso, otra película memorable del también director de Hamlet, Grigori Kozintsev, que prefiero a otro clásico, El Rey Lear en versión de Kurosawa.


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