Actualizado: 04/12/2020 15:14
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Opinión

La Moscovia infinita

Un testimonio sobre la impronta cultural de la extinta Unión Soviética (la casi exótica metrópoli) en la isla del socialismo a lo cubano.

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Pero ¿qué decir de Oblomov o de Pieza inconclusa para piano mecánico? Lo mismo me sucede con el cine de los polacos Andrei Wajda, Kawalerovich, Hoffman, Polanski, Zanussi… O con aquellos ballet simbólicos del cineasta húngaro Miklos Janesó… ¿Cómo olvidar al gran actor polaco Cybulski o a Daniel Olbrychski? O ciertos escritores checos y polacos. Sin una producción de cine masiva como la de la Unión Soviética, el cine polaco era de una calidad general sostenida casi única en el mundo.

Recuerdo que iba a la Cinemateca a ver estas películas cada vez que se proyectaban, no importa que ya las hubiera visto montones de veces. Allí me encontraba una y otra vez con Raúl Hernández Novás, con Jorge Domingo, con Manolo Rodríguez, con Jorge Iglesias, después con Omar Pérez… A veces éramos sólo unas cuantas personas en esa inmensa sala casi vacía pero con un "frío" tan agradable y tan exótico.

¿Qué buscábamos allí, casi con pasión de culto, dentro de la isla tropical del socialismo a lo cubano? ¿Qué otra isla sin nombre disfrutábamos allí, a la misma vez cerca y lejos de ese comunismo político imperial que aborrecíamos? Bueno, acaso lo mismo que podíamos disfrutar con Twain o Melville, a contrapelo de otra cultura superficial norteamericana. Aunque también recuerdo la alegría cómplice del público de la Cinemateca cuando vimos Sin anestesia, de Andrei Wajda, pero ya eso fue en el umbral de la disolución del Imperio… Y no tengo que insistir en que la lectura de El maestro y Margarita, de Bulgakov, como después de Milan Kundera, me proporcionaron una suerte de complicidad de víctima del Imperio.

También recuerdo ahora cuando en el año 1981 fuimos un grupo de profesores amigos del Instituto Superior de Arte: Raquel Carrió, Raquel Mendieta, Gloria María Martínez y Aimée Hajdú (por cierto, esta última de ascendencia húngara y que en realidad parecía una princesa húngara en el destierro), a la Biblioteca Nacional para recabar libros para formar la incipiente biblioteca de dicho instituto. Nos enviaron al piso 15, llamado de reserva, para que escogiéramos los libros que consideráramos pertinentes para la biblioteca del ISA.

Cuál no sería nuestra sorpresa cuando comprobamos que allí se escondían (se reservaban o sepultaban) toda una serie de libros en grandes lotes que no se quería que el lector cubano leyera. Junto a filas interminables de Fuera de juego, de Heberto Padilla, y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat, estaban los de Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, pero también una novelita espléndida, Las puertas del paraíso, del polaco Andrzejewski, y otros de Gombrowicz, o la novela del español Sender, Las criaturas saturnianas —sobre la profunda y casi satánica relación de una princesa rusa con el conde Cagliostro—. Libros entonces también, estos últimos, considerados subversivos por los oscuros antecesores del otrora director de la Biblioteca Nacional, Eliades Acosta…

El alma rusa

Regresando al tema que más me interesa, ¿quién que es no es un poco Raskolnikov? Raskolnikov, ese joven casi existencialista imantado por el mito napoleónico, como Lucien de Rubrempré o Julián Sorel, o Fabricio del Dongo… El propio Napoleón ¿no tuvo su tragedia rusa?

Recuerdo que fue en mis lecturas de Nietzsche que descubrí a Dostoievski… Incluso en las innumerables películas de guerra soviéticas que padecimos en aquella época, había a veces algo que escapaba a la ideología oficial y que remitía al gran alma rusa. Por ejemplo, en una película basada en una novela de Shólojov, Ellos se batieron por la patria, había una escena en que los tanques alemanes avanzaban inexorablemente hacia unas trincheras donde unos soldados soviéticos esperaban una segura muerte. Entonces, uno de aquellos soldados comunistas, ante la inminencia de la muerte, comenzó a llorar y a invocar a Dios como sólo un ruso, entre patético, trágico y romántico, puede hacerlo. La grandeza de aquella escena, con música de fondo apropiada, era arrasadora, suerte de vuelta de tuerca de la película coreana comentada.

Bueno, para concluir. No tengo nostalgia de los muñequitos rusos, porque, por edad, disfruté primero los norteamericanos. Pero sí tengo una nostalgia enorme, sin consuelo posible ni paliativo visible en el horizonte —por los peligros de la globalización—, por las lecturas y los filmes que alimentaron mi espíritu en mi juventud de la Moscovia infinita…

Hay una ironía chejoviana, una displicencia y un imposible oblomovista, un existencialismo a lo Raskolnikov, un humor y un lirismo melancólico a lo Bulgakov, así como una lentitud en el habla y en la gestualidad, una religiosidad diferente pero tan profunda; una intensidad ora contenida, ora desbordada; una efusividad tan cariñosa, casi campesina o familiar; un estigma de alcoholismo casi fatal; hasta una manera de llorar; una energía salvaje o telúrica; una mirada de estepa blanca interminable; un erotismo demediado por algo infantil y a la misma vez como bárbaro, y también, ¿por qué no?, una amargura, una frustración insondables, alimentadas por setenta años de experiencia soviética (y menos mal que no se ha cumplido la sombría profecía de Cioran, quien en Historia y utopía predice el triunfo futuro del imperio soviético), cuyos orígenes seguro se remontan mucho, mucho más atrás, los que me resultan ya no sólo familiares sino parte indiscernible, para bien y para mal, de mi manera de percibir la realidad.


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