Actualizado: 18/01/2022 16:22
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La paz y la plaza

La reacción airada de cierta minoría del exilio ante el concierto de Juanes en La Habana se debe, en el fondo, a su pérdida de poder.

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Los ataques del exilio cubano de extrema derecha contra el cantante colombiano Juanes por su decisión de dar un concierto "por la paz sin fronteras" en La Habana recuerdan el cuento de la mujer que llama a su esposo, preocupada por los reportes en la radio sobre un loco manejando contra el tránsito. El marido responde que no es uno, sino miles, y que lleva horas en la autopista evitando los carros que le vienen de frente.

Esos exiliados —muchos con quejas justificadas contra el sistema comunista— no se percatan de que la Guerra Fría terminó, ni aprenden de las políticas de desideologización e intercambio que le pusieron fin. A pesar del fracaso de la estrategia de aislamiento, y de los nuevos enfoques en política exterior del presidente Obama —enfoques que incluyen vías alternativas de acercamiento al tema cubano—, esos ciudadanos conducen en la dirección contraria a la que se mueve todo el mundo. Y no se dan cuenta.

La prensa, por su parte, ha hecho de la histeria de estos grupos cada vez más aislados la principal noticia sobre las reacciones del exilio al concierto de Juanes. Pero esta es una realidad distorsionada. Existe un apoyo mayoritario entre los exiliados a la decisión de Juanes de celebrar el concierto, y ese apoyo es la prueba de que las visiones más tolerantes han ganado terreno.

Los sectores intransigentes tienen los relojes; las nuevas generaciones, el tiempo. El respeto por la decisión de Juanes de ofrecer un concierto en Cuba es compartido por exiliados cubanos de la más variada composición política y demográfica, en Miami, Nueva Jersey, Madrid y Puerto Rico. La mayoría reconoce también el derecho de cualquiera a martillar discos en la calle, pero lamenta esos actos por lo dañinos que resultan para la imagen de toda una comunidad.

Sin fronteras

La idea cubana de Juanes aparece cuando el presidente Obama explora iniciativas diferentes a la hostilidad. El cantante colombiano ha aclarado que una iniciativa semejante habría sido "impensable" en época de Bush. Las airadas reacciones de los exiliados intransigentes, más que una protesta por un concierto inofensivo, se deben a su pérdida de poder. Intentan un linchamiento macartista del cantante colombiano porque no tienen fuerza para retar a Obama.

Juanes no irá a Cuba contra la voluntad de las autoridades norteamericanas, sino con su beneplácito. El cantante se entrevistó con la secretaria de Estado Hillary Clinton, quien manifestó que la política norteamericana alentaba esos contactos. A diferencia de cuando se le negaba la visa de EE UU a artistas y académicos de la Isla, los sectores del resentimiento carecen del apoyo del ejecutivo. Se trata, sin duda, de un aliento para quienes creen en la reconciliación nacional.

Lo de Juanes es apenas el inicio. La Orquesta Filarmónica de Nueva York, que viajó a Pyongyang el pasado año en concierto de paz, planea varios conciertos en Cuba. El rumor general en Washington, entre el cuerpo diplomático, académicos y organizaciones de intercambio cultural norteamericanas, es el de que los días "felices" de la era Bill Clinton, cuando el número de licencias humanitarias, religiosas, culturales y académicas para viajar a Cuba se multiplicó, andan de vuelta.

A diferencia de Bill Clinton, quien perdió años antes de comprometerse con una política de intercambios, Obama ha empezado donde aquel terminó. Actores no gubernamentales como Juanes reciben señales positivas para incrementar los contactos pueblo a pueblo, en la cultura, el deporte y el intercambio científico. Lejos de la rigidez y las trabas inherentes a las agendas negociadoras de los gobiernos, es encomiable la postura de gente como Juanes a la hora de ir desmantelando el escenario de confrontación permanente.

La paz y la plaza

Juanes es atacado por celebrar el concierto en la Plaza de la Revolución y por su asociación con Silvio Rodríguez y Amaury Pérez, quienes apoyan al régimen. Sin embargo, la Plaza fue la usada por el Papa Juan Pablo II para su misa en La Habana en 1998. Ni en aquella ocasión ni ahora, los grupos intransigentes han presentado prueba alguna sobre los poderes del lugar para el encantamiento ideológico. Más aún, un gran por ciento de los exiliados de hoy, incluyendo algunos de los que critican a Juanes, pasaron por las manifestaciones revolucionarias celebradas en el lugar.

La caricaturización de los artistas e intelectuales que apoyan al gobierno como un bloque uniforme es, también, inexacta. Silvio Rodríguez, por ejemplo, ha mostrado la misma antipatía que muchos exiliados hacia las prohibiciones de viajar impuestas por el régimen a los ciudadanos. Lo mismo podría decirse de la actitud de muchos partidarios del gobierno en relación con el acceso a internet y la necesidad de importantes reformas económicas. La entrevista al joven Eliécer Ávila en CUBAENCUENTRO.com demostró que hay cubanos con posiciones radicales de izquierda, que a la vez cuestionan el comportamiento de los grupos gobernantes en La Habana. ¿Es justo privarlos de la oportunidad de escuchar un concierto? Ni a ellos ni a nadie. El concierto es por la paz.

Son las metas las que crean las coaliciones, no viceversa. Excluir a los partidarios del gobierno de coaliciones referidas a actividades no ideológicas, como un concierto que desean apoyar, sería una expresión de dogmatismo excluyente. En la búsqueda de la reconciliación y la paz, todo el que promueva mayor apertura cultural, económica y política —a ambos lados del Estrecho de Florida— es aliado, sin importar de qué lado estuvo él o su padre en Bahía de Cochinos, el retorno de Elián o el crucero para la visita del Papa. Bienvenido Juanes, que no carga ninguna de esas divisiones de ayer y promueve un intercambio cultural que exalta la paz, sin fronteras ni ideologías.

Paz y justicia

"Todo el mundo pide paz, nadie pide justicia", cantaba la estrella jamaicana de reggae Peter Tosh en su éxito Equal rights, de 1977. "No habrá paz sin igualdad de derechos". Tienen razón los que recuerdan a Juanes que la paz exige seguridad humana, libertad, desarrollo y derechos humanos, tal y como los concibe la Declaración Universal: interdependientes, indivisibles, políticos y civiles, económicos, sociales y culturales.

Alcanzar la paz con derechos humanos lleva un proceso, no un concierto. Es loable que hablemos de problemas en el ejercicio de las libertades de movimiento y expresión en Cuba, pero la relación entre la paz y los derechos humanos es mucho más compleja. Las responsabilidades por la tensión y violencia entre cubanos de diferentes ideologías son compartidas en una cultura política que ha sido maximalista. Los agravios no empezaron en 1959 ni fueron sólo del gobierno contra la oposición o viceversa.

Contrario a la frase de Maceo, los derechos no siempre se conquistan con el filo del machete. También se negocian. Esa realidad política requiere compromisos, gestos y avances parciales, muchas veces apretándose la nariz. Ejemplo de lucha contra la violencia institucionalizada ha sido el de nuestros compatriotas negros contra la discriminación. Su respuesta no ha sido cortar la comunicación con quienes los discriminan, o negarse a construir espacios de interacción. Por el contrario, han reclamado justicia sin resentimiento, que no es olvido, trascendiendo la hostilidad.

Más allá de posiciones ideológicas, es necesario prepararse para un proceso largo y gradual de encuentros y desmontaje de las culturas autoritarias que atraviesan tanto el gobierno como los sectores más intransigentes que se le oponen. Es con los adversarios, no con los amigos, con quienes se hace la paz. La aquiescencia de la administración Obama y el respeto al concierto de Juanes por un sector considerable del exilio son señas de los nuevos tiempos. "The times —como dijo otro cantor de la paz, Bob Dylan— they are a-changin".


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