Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Le zumba el mango

La aventura de un joven estudiante cubano entre 20 mangos y el poder

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Corría el año 1994 y andaba yo por Santiago de Cuba estudiando en la universidad. Eran tiempos muy difíciles, tanto que resulta imposible poder recordarlos en toda la magnitud y la crudeza con que los vivimos entonces. Las palabras nunca van a rozar siquiera aquella dura realidad.

Les cuento que entre las muchísimas personas que conocí en esa etapa fecunda de mi vida, me aflora con dolorosa insistencia el recuerdo de un muchacho de unos quince años; a la sazón viviendo en El Caney, pero que en verdad era tan mayaricero como yo. Aquí se había criado con su mamá, y por razones que no recuerdo ahora, vivía para entonces en aquel pueblecito santiaguero con su padre. Fue por su intermedio que me vi envuelto en la curiosa historia que ahora me dispongo a narrar.

Mi hermana lo puso en contacto conmigo para que tuviese una persona con quien mandar un recado en caso de apuro. Su esposo de entonces y él eran medio hermanos. El muchacho extrañaba tanto el pueblo natal que se refugió en mi compañía y me visitaba casi a diario en la beca de la universidad. A lo poco ya no era solo mi amigo, sino el de todos mis compañeros y a veces nos traía mangos para apaciguar el hambre negra que teníamos siempre. Nunca voy a olvidar esa hambre insaciable del periodo especial crítico, que nos hacía siempre conversar sobre el tema de la comida y devorar cualquier cosa que nos pareciera alimento, sin importar calidad, ni sabor.

El caso es que al ver siempre la eufórica acogida que tenían sus mangos entre nosotros y como yo no alcanzaba más que uno de aquellos, que dicho sea de paso tan solo me revolvía las ganas, me invitó un fin de semana a su casa a que matara los deseos y cargara como bibijagua para toda la semana. No lo pensé dos veces y el domingo que le siguió a aquella charla partí para El Caney a buscar mangos.

Para mí era una aventura. Iba a aprovechar la ocasión para conocer aquel pueblo famoso por sus frutas. Precisamente yo que soy tan curioso y ávido de observarlo todo; como me digo a mi mismo, un turista sin dólares. Cogí un pesero en Ferreiro, hasta donde llegué primero a pie. Eran tan solo unos pocos kilómetros sudando a chorros, pero no me importó, el paisaje urbano me encanta y la recompensa a mi sacrificio estaba cerca. En pocos minutos el camión llegó al parquecito central del pueblo. Bonito y limpio para mi sorpresa. Pregunté y caminé según las señas que me dio el muchacho y un camino asfaltado me llevó, poco menos de un kilómetro, hasta su casa.

Alexey es el nombre de mi amigo de entonces. Nació en los últimos años en que se pusieron esos nombres en Cuba, cuando eran los rusos los que nos inspiraban. Me recibió afable, también su padre. Pasé y casi instantáneamente comencé a comer mangos. ¿Para qué el protocolo? —ese era mi objetivo y no iba a dejar de cumplirlo por ningún motivo.

Salimos al patio y tenían varias matas del preciado fruto, de diferentes clases. Toledo, que es chiquito pero muy sabroso; súper jay, tan inmenso que invita; y los justamente afamados bizcochuelos: medianos, carnosos, dulcísimos, ¡perfectos! Contra estos últimos arremetí mi ataque de hombre joven carente de nutrientes elementales en el tracto digestivo. En pocas palabras, hambriento.

No sé cuántos mangos me comí, solo sé que tenía al final un justificadísimo temor de amanecer al otro día sentado en el baño. O para ser más exacto, agachado, porque los baños de la beca eran “malodoros” en vez de inodoros y había que entrar en zancos por el orine y los excrementos acumulados.

Ya con la panza repleta, oteé con más alcance y me admiré de ver los mangales de las fincas aledañas, donde se perdía la vista. Querían luego que almorzara, pero no pude. En aquellos años (cubanos, recuerden bien) no había almuerzo alguno con posibilidades de superar una buena hartada de mangos. Reposé un poco, luego volví a darle otra estocada a mi objetivo y anuncié mi partida.

Me cargaron la mochila, pero me inquietaba ver que cabían algunos más y ya mi joven proveedor la estaba cerrando. Parece que notaron preocupación en mi mirada, porque rápidamente me advirtieron que no podía excederme de veinte unidades, porque “el Estado prohibía cargar más que eso para prevenir el tráfico ilegal de mangos”. Aquello me chocó un poco, pero veinte mangos me parecían suficientes y no le di mucha importancia. Me despedí sinceramente complacido, agradecí “al señor” por todo y me alejé contento de la vida, rumbo al parquecito, para coger el camión de regreso.

¡Qué sorpresa! A unos cien metros de la casa de mis amigos habían puesto una soga que bloqueaba el libre tránsito por la calle y un guardia vestido de verde olivo, con una escopeta de cañón corto en la espalda, velaba el punto de control. Al pasar temprano aún no estaba instalado aquel aparatoso dispositivo de seguridad y mientras me acercaba solo llamaba mi atención lo curioso del hecho, nada más. Intenté cruzar, creyendo todo aquel fenómeno completamente ajeno a mí y hasta saludé con un gesto amable. De súbito el guardia me abordó, con un ímpetu desafiante, para exigirme que le mostrara el contenido de mi mochila. Con confianza lo mostré, pues tenía la certeza de que su contenido era lícito.

Sin comentario alguno el sujeto me vació los mangos en unas cajas que tenía orilladas en la cuneta y me entregó la mochila vacía, sin que sus ojos siquiera intentasen observar los míos. Perdí con su desdén al único testigo de cuán bruscamente mi rostro debió haber cambiado de color. Me quedé atónito, estupefacto, por unos segundos, tratando de comprender lo que me sucedía.

El guardia, medio obeso, moreno, autoritario, con cierto aire de vulgaridad, me dijo con pocas ganas de dar explicaciones y presto más bien a darme la espalda: “No se puede cargar mangos, está prohibido”.

No más salí del asombro que me produjo algo tan inesperado como eso, reaccioné con inconformidad y traté de que la lógica se abriera paso, con la esperanza de que no fuera más que una broma de mal gusto o un mal entendido.

Pero en la misma medida en que yo exponía mis criterios sobre lo absurdo del hecho, el hombre se volvía más retrógrado y hasta molesto con mi insistencia. De nada sirvió que le enseñara la casa de mi amigo rodeada de matas de mangos, que se podía divisar con tan solo alzar la vista, ni que intentara buscarlo para que atestiguara la procedencia legal de los frutos. El sujeto permaneció intransigente.

En aquel momento otro joven en bicicleta fue detenido por el guardia y al revisarle un saco traía algunas cañandongas. En seguida se las intervino y fue en ese momento que pude saber de dónde provenía la supuesta legalidad de su proceder, cuando me miró con agudeza, como tratando de matar dos pájaros de un solo tiro, y dijo: “¡La orden del Partido es cero frutas!”. Fue suficiente para mí. Aquella escena me convenció de que estaba tratando con un troglodita y que continuar con mi estrategia de persuasión era inútil.

Sin embargo mi temperamento era demasiado rebelde para conformarme y de ninguna forma iba a rendirme sin luchar. Fui inmediatamente a la estación de la policía y me entrevisté con el oficial de guardia. Le expliqué lo sucedido y lo evidente de que yo no era un traficante de mangos, sino un estudiante visitando un amigo y transportando un regalo insignificante. El policía me entendió y con evidente pena lamentó no estar facultado para solucionar mi problema, remitiéndome a la presidenta del Consejo Popular. Fui a verla a su casa y no estaba, pero supe que estaba reunida en Fruticuba, la empresa que tiene que ver con los mangos. Rápidamente me dirigí hacia ese sitio y esperé a que saliera.

El sol del verano ya me sofocaba demasiado y en los trámites se me habían ido dos horas. Casi a las cuatro de la tarde terminó la reunión y gracias al cielo la presidenta me atendió. Resulta que tampoco era de su competencia resolver “el problema con mis mangos” y me aclaró que en efecto era cierto que estaba prohibido transportar mangos por El Caney, por orden del Partido. La cosa estaba relacionada con la producción de compotas para los niños y el temor de que se perdiera la materia prima.

Aquella mujer cuarentona, de mirada firme y honesta, pero con el toque de autoridad y prepotencia que inevitablemente imprime el poder público a los que lo ejercen, se esforzaba más en el sentido de convencerme a que bajara la cabeza y siguiera mi camino, que a alentarme con una solución feliz para mis mangos.

El sudor que corría por mi frente y el dramatismo de mi historia deben haber dibujado en mi rostro la imagen misma de la frustración, al punto de lograr un giro momentáneo en su voluntad. Me miró con benevolencia, o tal vez con lástima, a pesar de que mi postura era totalmente digna, no implorativa. Me prometió interceder por mí con el director de Fruticuba. Me dejó esperando afuera, donde yo mismo la interpelé informalmente y se volvió al edificio de donde había salido minutos antes.

Millones de ideas e imágenes cruzaron mi mente en ese intervalo de tiempo. Pequeño medido en minutos, pero inmenso en angustia y frustración. Las convicciones de un hombre se están sometiendo a pruebas constantemente, ya lo sabía entonces, pero aquella sobrepasaba los límites.

Mis ojos se iluminaron cuando vi salir a la presidenta con un acompañante. Tenía cara de dirigente, o mejor dicho, cuerpo, porque era su porte obeso y barriga prominente lo que me hacía adivinar que aquel sujeto era el director de Fruticuba. Abandoné de un salto la piedra que me ayudó a descansar del agobio muscular y psíquico que me causaba mi faena leguleya y derechito como una vela esperé expectante a que se acercaran.

Aquel Mago de Oz sacó muy serio de su bolsillo un papelito con su milagrosa firma y unas cuantas palabras ininteligibles que ordenaban, “aun violando la ley”, entregarme como algo excepcional mis mangos. Pero antes tenía que ir a una oficina muy distante a ponerle un cuño para que fuese válido.

Realmente que estaba lejos, tanto así que debía pasar nuevamente por el mismo sitio donde el guardia extremista me quitó los mangos, por el frente además de la casa de mis amigos y aun luego caminar medio kilómetro más. Me avergonzaba llegar y contarles mi tragedia, así que pasé sigiloso. Llegué, acuñé el documento y volví al punto de control.

Cuando le mostré el autorizo al sujeto, un poco húmedo de tanto sudar en la caminata, lo miró con desconfianza y meditó por unos segundos. Imagino que se sorprendió por mi insistencia. Un rato antes, cuando fui a poner el cuño, me observó dudoso de si era yo el mismo tipo indoblegable de antes, pero ahora estaba seguro.

Aquel hombre, poseedor de un arma de fuego y un uniforme verde olivo, se sentía un militar o un guerrero y yo era como su enemigo, que me disponía a derrotarlo con una estrategia basada en la persistencia.

De pronto se rompió aquel silencio de suspenso y en su léxico santiaguero me respondió con gran prepotencia y mala forma: “Si a mí me da la gana no te doy ná, porque la orden que yo tengo es del primer secretario del Partido y en esto no manda nadie más”. Sin embargo, un hombre de a pie como lo era él, sabía bien que los que me habían autorizado eran los jefes de abajo y que para él defenderse no iba a poder contar con los de arriba. Así que reflexionó y como para perder sin perder me dijo: “Puedes coger los veinte mangos en esa caja, pero te los doy porque yo quiero”.

Ya estaba haciendo yo el amago de agacharme para cogerlos cuando escuche la parte final de lo que dijo y rápidamente me erguí, como gallito de pelea: “¡Así no los quiero!, ahora mismo vuelvo a Fruticuba para informarle al director que usted se niega a cumplir con lo que él dispuso”. El hombre, ya claro de que yo no era un hueso fácil de roer, se retractó de su postura recalcitrante y en un intento por dar fin a este incidente me asintió: “No, no. No hace falta llegar tan lejos por unos mangos. Cógelos ahí y asunto terminado”.

Aquella si me parecía una salida digna y como estaba obstinado y loco por marcharme de aquel maldito lugar que tan mal rato me estaba haciendo pasar, con la mayor seriedad fui hasta la caja y cogí exactamente los veinte mangos que me correspondían.

Sin embargo ya no eran los mismos mangos. Los hermosos ejemplares que seleccioné en casa de mi amigo se los había llevado un carretonero supuestamente para Fruticuba. Digo así porque después supe que era un negociante compinche del guardia extremista. Los mangos que me llevaba estaban horribles, patisecos, bombos, pero con tanta lucha y sintiéndome victorioso, lucían excelentes.

Yo tampoco seguiría siendo el mismo. Nunca más tuve fuerza moral para discrepar y contradecir a mis compañeros de cuarto cuando en las charlas políticas se ponían ultracríticos. El recuerdo de este episodio desastroso venía instantáneamente a mi memoria, como por arte de magia, y me desarmaba.

Solo falta decir que llegué casi de noche al cuarto de la beca, con tal desgano que me dejé caer plomizo en la litera, con la cabeza llena de ideas entrecruzadas. Cerré los ojos, simulando dormir, para que los demás no me hicieran preguntas y así poder rumiar en paz todo lo que me había pasado. Ni bajé al comedor, ni me puse a estudiar como de costumbre; y cuando más tarde descubrieron que traía los mangos en la mochila, les dije: “¡Pueden comérselos todos! Yo estoy asqueado…”.


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