Actualizado: 23/07/2019 14:59
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Sociología, Ciencias, Medicina

Limitarse es morir, y autolimitarse es suicidarse

La sociología es una de las denominadas ciencias sociales, pero ello no impide a quienes no tienen un título universitario en tal materia, opinar y aportar; siempre que estén bien documentados

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—¡Qué desastre, un médico escribiendo sobre sociología!

La frase, enfática, típica de todo buen cubano, me llamó la atención al leer los comentarios sobre un artículo del autor publicado recientemente en CUBAENCUENTRO: “Cuba en dos generaciones (II)”, y, de hecho, a primera vista, la afirmación tiene mucho sentido. Es más, un servidor, que soy ese médico, se formó hace mucho tiempo en el estricto respeto a las delimitaciones y fronteras entre carreras universitarias, esferas de acción laborales y especialidades, en mi caso médicas.

Pero inevitablemente el tiempo pasó. Y con él se fueron acumulando lecturas y experiencias, y con ellas criterios y formas menos restringidas, más holgadas —lo que no quiere decir menos rigurosas desde el punto de vista del método científico—, de ver y explicarme el mundo de los saberes relacionados a la ciencia.

Pondré, en aras de la brevedad, solamente un par de ejemplos:

  • Me interesa la microbiología, una especialidad de las ciencias biológicas de desarrollo explosivo que nos permite prevenir enfermedades, tratar eficazmente las que no pudieron ser prevenidas e incluso poner a las bacterias y los virus a trabajar para la agricultura, la producción de energía y nuevos materiales, en fin, para nosotros los seres humanos. Pero, ¿quién fue el primer microscopista y primer microbiólogo? Pues fue, nada más y nada menos, que un comerciante en telas y paños de la ciudad de Delft, Países Bajos, sin ninguna formación universitaria, llamado Anton van Leeuwenhoeck (1632–1723).
  • Y me interesa, por supuesto, la medicina en general, y dentro de ella las neurociencias, sobre todo las que explican el comportamiento social humano. Pues bien, fue precisamente un antropólogo, interesado también por el comportamiento humano, el británico William Halse Rivers (1864–1922), el que describió por primera vez el denominado en la época de la Primera Guerra Mundial “shell shock”, lo que hoy conocemos como “Síndrome de estrés postraumático (PTSS)”, esa plaga que tantas desgracias familiares y suicidios provoca. Pero lo más interesante y aleccionador es que la vida de este antropólogo y su primer paciente (el soldado y poeta Siegfried Sassoon) ha pasado a la literatura a través de la apasionante trilogía Regeneration de la excelente escritora inglesa Pat Barker. Antropología, diagnóstico psiquiátrico de calidad y buena literatura, todo en uno.

Cualquiera se da cuenta que los dos ejemplos que he mencionado —entre todos, creo, podríamos poner centenares de ejemplos parecidos— apuntan a romper, por lo menos en parte, esas delimitaciones y fronteras que mencionaba más arriba. Y no se trata de cruzar fronteras y derribar barreras solamente por el gusto de hacerlo, sino porque la ciencia actual mal puede sostenerse estrictamente dentro de esas barreras, so pena de languidecer y extinguirse.

Es común hoy describir a las ciencias como “duras” y “blandas”. El primer término se emplearía para referirse a las ciencias que han alcanzado un alto grado en la formalización matemática de sus teorías y un elevado poder predictivo. Por el contrario, las ciencias blandas serían aquellas que —aún— no han podido desarrollarse a un nivel semejante. Ejemplos de ciencias duras son, obviamente, las propias matemáticas (para algunos, más que una ciencia, las matemáticas constituyen una herramienta imprescindible), la física, la química y la genética molecular (aunque el grado de “dureza” de esta aún está en discusión). Los ejemplos de ciencias blandas los encontramos en las humanidades, las ciencias sociales, las históricas, etc. La medicina, cada vez más dependiente de las ciencias duras y las tecnologías —y desgraciadamente menos del viejo y sabio humanismo, pero esto no es más que una opinión quizás un poco pasada de moda— se debate entre unas y otras.

Pero es bueno dejar sentado desde ya dos cosas: Primero, que los grados de “dureza” y “blandura” varían ¿Es la oncología más, o menos dura que la paleontología? y varían, además, constantemente ¿Qué era la genética hace solo treinta años y qué es hoy en cuánto a formalización matemática y predictibilidad? Y segundo, que la interrelación —sub y subsubespecialización— entre ramas de la ciencia es cada vez mayor, más intrincada y más necesaria, que digo, absolutamente imprescindible.

Dicho de otra forma:

El extraordinario avance tecnológico hace que las ciencias se “socialicen” cada vez más, en el sentido de que todas, en mayor o menor medida, dependen cada vez más de todas las otras. Por poner otro ejemplo: los análisis especializados de laboratorio, la investigación farmacológica, las técnicas de imaginología (CT-scans, MRI, ultrasonidos, MRI funcionales, etc.), los estudios genéticos, las nanotecnologías y las técnicas quirúrgicas robóticas cada vez menos invasivas no fueron desarrolladas por médicos —y sin ellas los médicos de hoy funcionarían muy mal—, pero al mismo tiempo las necesidades médicas —diagnósticas y competitivas— obligaron a estos físicos, ingenieros, bioquímicos y tecnólogos a desarrollarlas, estableciéndose así un quid pro quo que no hace más que crecer y crecer.

Pensemos, por ejemplo, en las ciencias estadísticas —tan duras que no son nada sin las matemáticas y tan blandas que se ponen siempre de ejemplo entre los tipos clásicos de mentiras— y su cada vez más amplia utilización en prácticamente todas las otras ciencias, incluyendo, por supuesto, las sociales. Porque las denominadas ciencias sociales también, al igual que la física y la cosmología, buscan la existencia de regularidades en el objeto o los objetos de estudio, sean estos los que sean, que nos permitan el descubrimiento de leyes que ayuden a ordenar el caos, esa cosa aterradora llamada entropía. Y el permanente —y para algunos inalcanzable— intento humano de ordenar el caos es el consensus universal que sostiene a las ciencias.

Ah, y no solo a las ciencias, pues que es la política ¿Es, de verdad, la politología una ciencia? sino el intento humano, unas veces fallido y otras, las menos, no tanto, de ordenar el caos y prevenir la entropía, en este caso la social. Y es precisamente la política ese terreno de nadie, y de todos, donde un preparadísimo politólogo o un abogado de fuste, pero también un actor de películas B o un paracaidista pueden acceder a la presidencia de un país mediante el voto popular y hacer, para bien o para mal, historia.

¿Y la sociología?

Emile Durkheim (1858–1917), un filósofo francés, luchó denodadamente por separar la sociología (en realidad casi que inventada por él) de la filosofía y colocarla en el corazón de las ciencias sociales —no lo hizo solo sino acompañado por Auguste Comte, Herbert Spencer, Max Weber y Carlos Marx, entre otros—, o sea, ir más allá de la especulación filosófica pura y convertirla en ciencia. Y lo logró, por lo menos formalmente, pero no de una manera contundente, pues los límites siguen siendo bastante movibles —quizás ahora más que nunca— y se solapan constantemente con la historia, la politología, la antropología, la psicología y todas las demás ciencias sociales, sean estas más duras o más blandas.

Como atinadamente nos dice el sociólogo español Juan Carlos Barajas Martínez, que defiende su ciencia, incluso con humor, pero está consciente de sus problemas metodológicos, en su interesante artículo “¿Qué es la sociología?” (2003):

La perspectiva sociológica es una forma de pensar, una mirada crítica que pone en cuestión fenómenos en los que nadie repara. No nacemos con ella, se obtiene estudiando, leyendo a los sociólogos que nos han precedido, pero no basta con estudiar, hay que saber preguntarse. Pero sobre todo hay que tener en cuenta que nada es por casualidad, que existen razones profundas para que las cosas sean como son por muchos años que lleven instituidas y nos parezcan que forman parte del estado natural de la sociedad. Una vez establecido este principio, solo hay que preguntarse: ¿quién?, ¿por qué? y ¿para qué?

Por eso, y sin pretender quitarle el sustento a nadie o apropiarme de títulos que no me corresponden, me gusta darles la vuelta a estos asuntos de la investigación social y el pensamiento, y preguntarme:

¿No sería un desastre que los ciudadanos en general, y junto a ellos, por qué no, los médicos, y los programadores, y los abogados, y los bomberos, y los votantes (que somos casi todos, aunque a veces ni lo sabemos, o peor, despreciamos ese enaltecedor y valioso título) dejaran de lado el pensar en los asuntos sociales, siempre y cuando, claro, se haga con información y rigor?

Desastre, para mí, es dejar todos estos asuntos que nos atañen tan de cerca y de tantas formas diferentes solo a unos sesudos señores graduados, alguna vez y en alguna parte, de una ciencia “blanda” a la que denominamos, desde mediados del siglo XIX, sociología.

Es una ciencia, sí, pero eso no nos impide, si nos ilustramos adecuadamente y empleamos el sentido común, opinar y aportar.

Limitarse es morir, y autolimitarse es suicidarse.


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