Actualizado: 28/01/2020 21:38
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Urnas, Cementerios, Muertos

Los huesos de personajes históricos (I)

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La paz de los sepulcros

Como sucesos recientes han puesto de moda el macabro tema de las inhumaciones y las correspondientes exhumaciones reversivas, quizá sea oportuno recordar algunos casos de personajes históricos, quienes han tenido un sorprendente destino post mortem.

Todos los seres humanos se enfrentan al terrible final de la vida, y por eso las prácticas funerarias definen cada civilización. Antonio Gala ha dicho que cuando llega a alguna ciudad desconocida, primero visita el mercado y el cementerio para saber cómo sus habitantes se tratan en la vida y en la muerte: los egipcios momificaron a sus faraones y dignatarios, así como los animales de compañía que consideraban divinos, desde gatos hasta cocodrilos. Los parsis, que reverenciaban como sagrados todos los elementos (agua, aire, fuego, tierra), para preservar su pureza edificaron las Torres del Silencio, donde depositaban los cadáveres y que ahí fueran alimento de las aves de rapiña. Los hindúes, por creer divino a su gran río Ganges, al principio arrojaban los cadáveres a su corriente pues los llevaría directamente con Brahma, y más tarde, profilácticamente, los cremaban primero y luego echaban las cenizas al agua… Los griegos cremaban a sus héroes y guardaban los restos en urnas preciosas, después de refrescar sus cenizas con vinos aromáticos y perfumes, según se cuenta en La Ilíada. Los romanos los imitaron y levantaron tumbas suntuosas de mármol y pórfido; en cambio sus antepasados los etruscos, solían encerrar los cuerpos en urnas de terracota, y en sus cubiertas eran representados escultóricamente los ocupantes sonrientes y felices, abrazados en el banquete de la vida.

Los primeros cristianos, severamente perseguidos, decidieron construir las célebres catacumbas para hacer sus enterramientos (muy parecidos a las de los judíos), que pueden visitarse actualmente en Roma. París también tiene las suyas, pero más recientes, desde 1789, cuando poco antes de estallar la Revolución Francesa, una epidemia ocasionó tantos muertos que ya no cabían en los cementerios.

Al tolerarse el cristianismo como parte de la libertad de cultos en el Imperio Romano establecida con el Edicto de Milán (313), promulgado por Constantino I, los cuerpos comenzaron a ser depositados en descampado para dormir el sueño eterno (de ahí la palabra cementerio, que significa dormitorio), hasta el Día del Juicio Final, y surgieron las necrópolis (“ciudades de los muertos”), donde se colocaban los sarcófagos (su terrible traducción del griego es devorador de carne).

También hay pueblos fantasmas (ya se ven muchos en Europa, por el éxodo hacia las ciudades), y hay pueblos de muertos literarios, como la Comala de Rulfo, donde los difuntos alternan y hablan con los vivos en un diálogo sugestivo e inquietante.

La cultura de la muerte, los ritos funerarios y las legislaciones que incluye, es un tema fascinante y con una amplitud y profundidad tales, que demandaría muchos volúmenes para comentarlo.

Los reyes europeos crearon panteones o capillas reales para sus dinastías: la Cripta Imperial de los Capuchinos en Viena es la última morada de los emperadores austríacos; en Westminster Abbey están muchos de los antiguos monarcas ingleses, y la actual dinastía de los Saxe-Coburgo (Windsor desde la Primera Guerra Mundial), tiene como última residencia terrenal la Capilla de San Jorge en Windsor Castle, aunque allí hay también sepulturas de reyes anteriores. España tiene su magnífica Capilla Real de Granada, donde están los Reyes Católicos Isabel y Fernando, su hija Juana de Aragón y Castilla, maliciosamente llamada “La Loca”, su yerno Felipe de Borgoña “El Hermoso”, y un enigmático quinto sarcófago, el del príncipe Miguel de la Paz de Avis y Aragón, quien, de haber sobrevivido, probablemente hubiera cambiado la historia del mundo.

Más tarde, Felipe II “El Prudente” mandó construir un portentoso edificio trifuncional como Panteón, Palacio y Monasterio: San Jerónimo del Escorial. Allí está el fastuoso Panteón de los Reyes y Reinas, además de dos criptas dedicadas a los Infantes e Infantas de España, y otros miembros de la familia real, como el hijo bastardo de Carlos V, Don Juan de Austria, Vencedor de Lepanto.

Como el Panteón Real tiene sólo 26 nichos y ya están ocupados 24, ahora cuando se llenen los dos restantes por los restos de Don Juan (III) y Doña Mercedes, Condes de Barcelona y padres de Don Juan Carlos I, ya éste, su esposa Doña Sofía, su hijo Don Felipe VI y su esposa Doña Letizia y sus descendientes, no dispondrán de sitio, lo cual supone un problema… O quizás no, porque viendo los terribles vaivenes de la política española contemporánea, temo que si los Austria llegaron al trono hispano con un Carlos (I de España y V de Alemania, “El Invicto”), y se fueron con otro Carlos (II, “El Hechizado”), pueda ocurrir algo parecido con los Borbones, que empezaron con un Felipe (V, “El Melancólico”) y puede que terminen con otro (VI, “El Preparao”), el actual…

Además, en la misma zona del Panteón Real están tres áreas llamadas macabramente “pudrideros”, donde los augustos cadáveres deben permanecer alrededor de 30 años para ser suficientemente descarnados y entonces los restos son depositados en las reducidas urnas empotradas en las paredes del recinto.

Curiosamente, existen cementerios en Europa que garantizan a sus ocupantes ser enterrados en “tierra santa”, aunque no estén en Israel. Son los de Venecia y Génova: los comerciantes de estas dos ciudades cuando regresaban de sus viajes a Palestina con los barcos vacíos, utilizaban tierra de Jerusalén como lastre para evitar zozobrar, y la fueron acumulando en sitios de las afueras donde después construyeron sus necrópolis. Pero el cementerio más antiguo y que es el origen del nombre de campo santo es el de Pisa, inaugurado en 1278 con tierra traída desde el mismo Gólgota, y que garantizaba además de sus bendiciones, que sus cadáveres allí enterrados se descomponían en menos de 24 horas, quizá debido a la humedad del suelo arenisco, antes ocupado por una laguna, lo cual afecta la estabilidad de las construcciones. Allí está en la Piazza dei Miracoli la célebre Torre Inclinada, aunque en Pisa uno se entera que no es sólo una sino cuatro las que se encuentran en la ciudad, detalle que es ocultado con algo de vergüenza por sus habitantes.

En Cuba los muertos se inhumaban primero en los templos: los más ricos en su interior y los menos afortunados afuera, en el atrio. Luego de las muchas epidemias que diezmaban las ciudades se decidió enterrarlos en las afueras: el primero en La Habana fue el Cementerio del Obispo Espada (1806), y también los hubo en ciudades progresistas como Cienfuegos: aquí el primero fue el Cementerio de La Reina (1839). En La Habana se construyó después la impresionante Necrópolis de Cristóbal Colón (1876) con una solemne portada bizantina, y en Cienfuegos el Cementerio Tomás Acea (1926), cuya entrada monumental imita el Partenón.

Es relativamente reciente la costumbre de cremar a los cadáveres, que hoy la Iglesia Católica tolera, pero no aprueba plenamente, porque según la doctrina estricta los muertos deben esperar al Día del Juicio Final; entonces se abrirán las tumbas y emergerán los cuerpos, según especularon algunos teólogos, todos con idéntico aspecto de cuando tenían 33 años, la misma edad de Cristo al morir en su encarnadura humana, lo cual plantea varias interrogantes.

El culto cristiano de las reliquias comenzó en la Edad Media, pues la posesión de ellas aseguraba riquezas, salud y protección a sus dueños, fueran personas o ciudades. Por tanto, eran muy codiciadas y hasta objeto de frecuentes hurtos. Los huesos de santos y mártires fue también uno de los principales y más lucrativos negocios de Roma cuando se descubrieron las antiguas catacumbas cristianas; entonces se vendieron y exportaron con gran profusión a toda Europa, mezclando a veces los restos humanos con los de gatos, perros, caballos y pollos.

Un monarca español especialmente afecto por las reliquias fue Felipe II, el constructor de El Escorial: él resultó un generoso cliente de los vendedores de relicarios romanos, y para bendecir y proteger sus dilatados dominios de ultramar, envió a la América un imponente galeón cargado de ellas… que parece no resultaron muy efectivas pues se hundió en una tormenta. Años después se calculó que la colección reunida por este monarca en ese momento (1849), tenía más de 7.400 reliquias, pero seguramente fueron muchas más.

Pero ese culto por las reliquias no fue exclusivo de España: en toda Europa hay muchísimas, y en especial son alucinantes los cráneos de los Tres Reyes Magos exhibidos detrás del altar mayor de la Catedral de Colonia, en Alemania; en Italia se muestra la faringe de San Antonio en un frasco con formol en el altar mayor de la Catedral de Padua, y en Nápoles es famosa la Ámpula de San Genaro; en la Basílica y Catedral Patriarcal de Venecia la preciosa Pala d’Oro, una magnífica pieza bizantina de esmaltes antiguos, resguarda el cuerpo de San Marcos, traído hasta allí por unos piadosos mercaderes vénetos, quienes para ocultarlo de los musulmanes egipcios de Alejandría lo metieron en una caja con tocino. Sólo en la Catedral de Valencia vemos, además del pretendido Santo Grial o Santo Cáliz, la enorme cantidad de ellas que se conservan en la Capilla o Museo de las Reliquias. En esa catedral se puede ver también el brazo de San Vicente Mártir, el cual remite a otro brazo famoso, el de Santa Teresa de Jesús, que fue cercenado del cadáver de la santa, y tuvo varios viajes (por Portugal y España), hasta que finalmente fue rescatado por Francisco Franco del botín reunido por el infame coronel republicano José Eduardo Villaba Rubio (no por veneración sino por codicia, debido a su rico relicario de plata y oro con piedras preciosas), en la Málaga saqueada y destruida por los anarquistas y comunistas, y que conservó hasta el último día como uno de sus objetos más preciados, pero que hoy se encuentra en la asombrosa ciudad andaluza de Ronda. Esto es, también, memoria histórica

Hay también “reliquias” (digamos civiles, no religiosas) inconcebibles, desde el pene de Napoleón, amputado según dicen por un obispo furioso, o el descomunal falo atribuido a Rasputín, mechones de María Antonieta de Austria, los cerebros de Einstein y Mussolini, el esqueleto completo del jefe apache Jerónimo (supuestamente robado y depositado en la sede de la sociedad no tan secreta Skull and Bones, en Yale), el corazón de Ana Bolena y el de Federico Chopin, el desaparecido cráneo de Pancho Villa… Quizá uno de los coleccionistas más extravagantes haya sido Henry Ford, quien admiró tanto al inventor Thomas Alva Edison, que le pidió al hijo de este estuviera junto a su lecho de muerte y esperara pacientemente los estertores, para atrapar “su último suspiro” en un frasco herméticamente sellado, que se conserva hoy en el Museo Henry Ford de Michigan.

En México, con su antiguo culto a los muertos, se comenta que existen dos cráneos de Benito Juárez: uno de adulto y otro de cuando era bebé… Los restos del cura independentista José María Morelos desaparecieron, quizás arrojados al mar por su hijo natural Juan Nepomuceno Almonte cuando iba exiliado hacia Europa. Y el general Anastasio Bustamante dispuso que cuando muriera, su corazón fuera depositado junto a los restos de su amado jefe Agustín de Iturbide, verdadero autor de la independencia mexicana, en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Los famosos “restos” del último tlatoani, Cuauhtémoc, supliciado por Hernán Cortés durante su fallida expedición a Las Hibueras, fueron declarados oficialmente legítimos, después de una dilatada polémica, por un terminante y autoritario decreto presidencial dictado por Luis Echeverría Álvarez, convertido en Forense Máximo de la Nación. Después se ha determinado que varios de ellos son de animales como pavos guajolotes… Hasta no hace demasiado tiempo podía verse en el Monumento de Álvaro Obregón la mano que le arrancó un obús al general en la batalla de Celaya, sumergida en un depósito de formol, y donde se apreciaba hasta la mugre de las uñas… Por suerte, ya fue cremada por pedido de sus familiares. Y no muy lejos de este parque, están las Momias del Carmen, en el Convento de San Ángel, obtenidas por un proceso natural similar al de sus semejantes, “unas tías muy bien paradas” en Guanajuato.

En el Museo Napoleónico de La Habana se conserva una pieza dental del emperador francés, extraída por su médico, François Charles Antommarchi (Córcega, 1780-Cuba, 1838), que murió ejerciendo su oficio en Santiago de Cuba y fue adquirida por el magnate Julio Lobo, El Zar del Azúcar, para su estupenda colección particular, así como un mechón de cabello y una copia de la máscara mortuoria. El galeno, después que salió de la isla de Santa Helena donde estuvo acompañando y asistiendo al Emperador, viajó a Polonia, New Orleans, Veracruz y finalmente llegó a Santiago de Cuba, cuando murió por la fiebre amarilla.

La literatura no podía mantenerse fuera de este tema: el escritor portugués Eça de Queiroz dedicó una de sus novelas más deliciosas a ironizar la beata pasión por semejantes restos, en una obra titulada precisamente La reliquia, que recomiendo con vivo entusiasmo.