Actualizado: 13/07/2020 12:18
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Urnas, Cementerios, Muertos

Los huesos de personajes históricos (II)

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¡Qué tristes y solos se quedan los muertos! Dos casos macabros

El destino —o la historia— tiene caminos insospechados:

Aproximadamente en una misma época vivieron algunos personajes muy diferentes en vida, pero que presentan curiosas y macabras coincidencias después de su muerte.

El filósofo francés René Descartes (1596-1650), quien se puede considerar en cierta forma el padre espiritual de los siguientes personajes, murió en circunstancias levemente sospechosas mientras se encontraba en Suecia, invitado por la reina Cristina como su asesor. Aunque durante mucho tiempo se pensó que había muerto por una neumonía (debido al brutal frío sueco), recientes investigaciones indican que quizá fue envenenado con arsénico. Pero esto no es lo más importante en relación con sus restos: primero lo sepultaron en Suecia y luego en 1676 sus huesos fueron trasladados a Francia, al principio en la Iglesia de Santa Genoveva del Monte, y después en el Panteón para, finalmente, hasta hoy, en la Abadía de Saint Germain-des-Prés. Pero lo realmente curioso y hasta truculento es que su cráneo fue separado del resto de la osamenta, y actualmente se muestra en el Museo de Historia Natural de París. Esto de separar el cuerpo de la cabeza, como puede verse, es una antigua costumbre muy francesa. Parece que era muy desprendido, pues solía dejar volar su mente como en su célebre anécdota “Los tres sueños de Descartes”, que lo impulsaron para concebir una nueva propuesta filosófica, hoy conocida por su apellido: cartesianismo, resumida en su apotegma: Cogito, ergo sum (“Pienso, luego existo”). Hace poco, con las nuevas tecnologías de reproducción tridimensional, se ha intentado reconstruir su cerebro, que resultó muy semejante al del resto de sus congéneres, excepto por una inusual protuberancia en el lóbulo frontal o frontex, relacionada con la asociación de conceptos y palabras.

Thomas Paine (1737-1809), un inglés muy revolucionario, fue autor de tres obras claves de su época: El sentido común (1776), Los derechos del hombre (1791-1792) y La edad de la razón (1794-1795); y es considerado —a pesar de ser británico— uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos, junto con Washington, Jefferson, Adams, Franklin, Jay, Madison y Hamilton: Paine sería el Octavo Padre Fundador. Fue el primero que expuso aquellos principios o verdades evidentes, que aportaron el germen de la Declaración de Independencia de las Trece Colonias, partiendo de la observación natural, desdeñando razones históricas, costumbres y dogmas teológicos.

Vivió intensamente tanto la Revolución Americana como la Francesa, y tuvo una extraña habilidad para ganarse enemigos poderosos, como William Pitt “El Joven”, Maximilien Robespierre “El Incorruptible” y George Washington “El Recto”. Fue un sorprendente autodidacta y uno de los hombres más extraordinarios de su tiempo. Su influyente panfleto Common Sense (1776) fue el primer “best seller” americano, pues cuando lo publicó vendió más de medio millón de ejemplares en un año (algo así como El Libro Rojo de Mao Tse Tung, pero de la Revolución Americana), pero su autor no se enriqueció porque cedió las utilidades al Congreso de la Unión. En realidad, esa obrita fue como el “Preámbulo” de la Declaración de Independencia.

Siendo un hombre tan notable, tuvo al morir el entierro de un perfecto desconocido: sólo seis personas fueron a su sepelio, y de ellos, dos eran negros libertos. Falleció a los 72 años en el número 59 de Grove Street, en pleno Greenwich Village de New York, pero fue llevado hasta New Rochelle donde tenía una finca, mas los melindrosos cuáqueros de allí no permitieron que lo sepultaran en terreno sagrado, y como ya pasaban los días, finalmente lo enterraron debajo de un nogal de su granja con una sencilla lápida encima. Diez años después, en 1819, el periodista inglés William Cobbett, gran admirador suyo, sacó los restos y se los llevó a Inglaterra (en un maletín de mano), para levantarle un monumento digno de su gloria, pero nunca pudo consumarlo y al morir 15 años más tarde, se los dejó a un amigo sastre llamado Benjamin Tilly, quien tampoco pudo construir un mausoleo pero los conservó hasta su muerte en 1860; entonces su ama de llaves los vendió —o regaló— a un ropavejero amigo de la casa, quien empezó a distribuirlos como souvenirs: el cráneo por allí, el maxilar inferior por allá, el brazo derecho por más allá… y así fueron dispersados. Hoy varias personas afirman tener al menos un fragmento de Paine, pero en el monumento que finalmente se le construyó muchos años después de lo previsto, en 1905, al parecer sólo pudo depositarse un pequeño trozo que recuperaron de su cráneo. Sólo eso quedó del hombre eminente que tanto admiraron, entre muchos otros, Lincoln y Edison.

De cuerpo presente

El caso quizá más estrafalario de todos es el de Jeremy Bentham (Londres, 1748 – 1832) sabio economista inglés, padre del utilitarismo, fundador del célebre University College de Londres. Filósofo, economista y escritor, fue un niño prodigio proveniente de una familia de juristas notables, quien leía con fluidez desde los tres años, tocaba violín aceptablemente a los cinco, y a los nueve traducía con soltura del latín y el francés. Estudió en los mejores colegios como Westminster School y Oxford University, y a los 19 años ejercía ya como abogado exitoso. Sin embargo, se cansó pronto de las leyes y prefirió dedicarse a la investigación y la escritura. Fue buen amigo de James Mill y de su hijo, John Stuart Mill, quienes después fueron sus editores, pues, aunque escribía mucho, Bentham era algo excéntrico desde joven y no solía terminar ni revisar sus libros. Pero fue en la economía donde encontró su terreno favorito. Sensato y práctico, este pensador resultaría muy actual, un auténtico liberal y progresista, quien postuló que el objetivo humano era lograr “la mayor felicidad para el mayor número” de personas. Y sentenciaba: “Todo acto humano, norma o institución, deben ser juzgados según la utilidad que tienen, esto es, según el placer o el sufrimiento que producen en las personas”. Así lo expresó en su famosa obra Introducción a los principios de moral y legislación (1780), lo cual supuso una nueva ética, basada en el goce y no en el sufrimiento, como propuso muchos siglos antes el filósofo Epicuro.

Tanta fue su fama que la Revolución Francesa lo distinguió como ciudadano honorario. Él aconsejaba medir las consecuencias de cada acto y su utilidad, para lo cual elaboró una teoría del placer y sus grados. Fue no sólo el creador del Utilitarismo como corriente filosófica, sino del término Deontología, hoy muy extendido, como una nueva “Ciencia de la Moral”. Fue también autor de un opúsculo breve pero muy importante, dedicado al funcionamiento del Parlamento inglés. Y hasta incursionó en la arquitectura, pues fue el inventor del célebre Panópticon, un modelo de cárcel que concibió por pedido del rey Jorge III, el cual, aunque no le gustó al monarca, sí fue muy utilizado no sólo para los presidios, sino para talleres y fábricas, pues desde un punto focal se podía vigilar a todo el personal, sin ser detectado. Su lema era: “Ver sin ser visto”. Siglos después, Michel Foucault le dedicó su ensayo Vigilar y castigar. El ojo del poder.

En realidad, mucho antes de Bentham, en América, un sacerdote español tuvo la misma idea: como ha estudiado tan bien mi sabio amigo michoacano Armando Escobar Olmedo, Vasco de Quiroga, más conocido como “Tata Vasco”, quiso construir el siglo XVI una enorme basílica en Pátzcuaro, Michoacán, con el mismo principio de cinco naves que confluyeran en un foco donde se encontraba el altar mayor, para que todos los feligreses pudiesen seguir visualmente el oficio de la misa. No logró construir más que una nave, que es la actual catedral, pero de haberla terminado, hoy sería la iglesia más grande del mundo, mucho más que el mismo San Pedro de Roma o San Pablo de Londres.

Un hombre tan genial no podía concebir para su muerte algo que no resultara extraordinario. Como fundó —al parecer, pues algunos discrepan— el University College of London (1826), quiso que después de muerto su esqueleto fuera perfectamente vestido y sentado en un gran sillón, con una cabeza de cera reproduciendo la suya original (cuyo cráneo donó al colegio), tocado con sombrero y guantes, en una vitrina especialmente construida, ubicada en el Salón de Sesiones del Consejo del College, donde aún se encuentra, y se abre sólo en ocasiones señaladas, para que él pueda estar “de cuerpo presente” cada vez que se reúnen los académicos, por lo cual, además, se le ha concedido el derecho de estar “presente pero sin voto”. Eso se llama amor a la docencia más allá de la muerte. En esta prestigiosa institución han estudiado personajes tan importantes como Gilbert K. Chesterton, Mahatma Gandhi y Alexander Graham Bell.