Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Narrativa, Literatura

Me lo contó Juan Primito

Fragmento de la novela Me lo contó Juan Primito

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Era muy oscuro. Lo vi acercarse y al llegar me dijo: “Buenas noches.” “Buenas noches”, le dije yo, y nos quedamos callados más de media hora. Me corría el sudor por todo el cuerpo. Entonces Evaristo se acercó, se acercó que se quería meter por los hierros, y dijo con voz muy baja : “¡Ven que te tiente!”

La actriz que hacía La Poncia había cambiado el movimiento y la intención al llegar a aquella parte de la obra. Dejó a las hijas de Bernarda en el centro del escenario y caminó lentamente hacia proscenio diciendo el texto. Al alejarse de la zona de luz, la voz dominó el oscuro y se hizo evidente la carga de rencor cuando después del “Entonces” una pausa larga dio paso al nombre de Evaristo. Terminado el parlamento las hijas rieron nerviosamente y los textos de Magdalena y Amelia fueron dichos entre sollozos. Fue todo. De ahí en adelante la obra siguió como siempre. Desde un lateral del escenario, entre bastidores, Valerio reflexionaba sobre lo efímera y parca que había sido aquella protesta de la actriz, comparada con la tragedia de todos los actores que como ella habían recibido ya el infame telegrama, donde se les anunciaba que no reunían los “parámetros ideológicos” para seguir siendo artistas. Trágica también era la situación de Evaristo, aquel inocente mensajero del Consejo Nacional de Cultura que, sin saber que había un personaje teatral que tenía su mismo nombre, recibía el desprecio de los destinatarios a la hora de hacer entrega del vil documento.

El telegrama de La Poncia fue el primero en aquel teatro, decenas ya habían sido recibidos por los miembros de otros grupos, instituciones culturales, la radio y la televisión. La casa de Bernarda Alba bajó de escena, pero pronto se vio que ésta no sería la única obra afectada, porque los telegramas siguieron llegando y cada vez era más difícil encontrar una obra del repertorio donde no hubiera un “parametrado”. La confusión era muy grande, pues no se sabía, y el telegrama no lo aclaraba, qué cualidades ideológicas no poseían los desplazados. Aunque era obvio que la orientación sexual había sido el blanco principal de aquella medida, tal parecía que se había aprovechado la ocasión también para deshacerse de trabajadores políticamente incómodos y de algún que otro artista mediocre. Además de la inseguridad laboral que aquellos acontecimientos provocaban, Valerio vio con pesar cómo bajaba prematuramente de cartelera una obra a la cual había dedicado tanto esfuerzo, pero esto no era nada comparado con la noticia que recibiría varios días después: a Marta le había llegado también el telegrama.

— Lo más terrible de todo es que no te dicen cuáles son los hechos que te hacen carecer de los “parámetros ideológicos” para ser un trabajador de la cultura. En mi caso, no sé si es porque anteriormente me botaron de la biblioteca, si es porque me he acostado con cientos de hombres, si porque una vez lo hice con una mujer o por todas estas razones juntas. Ya fui a la cita para mi reubicación laboral, ¿y tú sabes lo que me propusieron? Que fuera a limpiar los baños de las mujeres en un Círculo Social de la playa. Yo los mandé muy finamente para el carajo y les dije que si tenían una plaza para limpiar baños de hombres y con los hombres adentro, entonces que me avisaran. Di media vuelta y me fui. Y fíjate lo que te voy a decir, Valerio Valdés, hasta ahora se han tropezado con el lado decente, refinado y culto de esta negra, pero estoy a punto de acordarme que viví durante veinte años en un solar de la calle Virtudes y entonces van a saber lo que es la lengua de una negra solariega. Hay que ser muy descarado para botar a infelices trabajadores por problemas de cama, chico. ¿Y los dirigentes qué? ¿No tiemplan? ¡Qué se cuiden, porque yo puedo abrir mi diario y entonces va a temblar la tierra! ¡Y si hablara de los amantes del Primo, ardería Troya! ¡Tendríamos que importar dirigentes de la Unión Soviética y ni hablar de las estrellas que se caerían de los trajes militares!

— ¡Marta, por Dios, baja la voz que te van a oír!

— Ya estoy cansada de tanta hipocresía y de tanta doble moral, ya no sólo tienes que salir con una máscara a la calle, sino que ni siquiera en tu propia intimidad te sientes segura de expresarte. Te digo una cosa, Valerio, yo no voy a soportar un atropello más, si esto no se resuelve me arriesgo a que me coman los tiburones en el estrecho de la Florida.

— ¡Por favor, Marta, no digas barbaridades! Mira, lo que tienes que hacer es presentar tu caso ante el Consejo de Trabajo, eso es lo que está haciendo todo el mundo.

— Sí, ya lo sé. Yo también lo voy a hacer, pero te confieso que me encantaría ver la cara que pondrían algunos personajillos si pudiera publicar algunas páginas de mi diario. Ahora ven acá, abrázame. Necesito más que nunca sentir que alguien me quiere.

Pasaron los meses y las demandas de los “parametrados” siguieron diferentes cursos, algunas murieron en los propios Consejos de Trabajo de los respectivos centros laborales, otras corrieron mejor suerte al ser respaldadas por representantes de los trabajadores con más sentido de la justicia y menos miedo, como sucedió en el teatro donde trabajaba Marta; pero ni aún así los jerarcas de la cultura desistieron en su empeño de sacar del medio a los que según ellos no eran dignos representantes del quehacer cultural proletario. Nuevas contrademandas fueron establecidas y el proceso se fue dilatando hasta que al final, después de varios años de fallos y apelaciones, el Tribunal Supremo de Justicia se pronunció a favor de los trabajadores, declarando inconstitucional la medida. En el camino habían quedado carreras destruidas, intentos de suicidio, depresiones nerviosas, abandonos del país y sobre todo, una atmósfera de represión, desconfianza y autocensura entre los artistas. Esto provocó a su vez el fracaso de algunos proyectos válidos de creación y que mucha hojarasca, mucho producto seudoartístico llegara al consumo del pueblo.


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