Actualizado: 10/12/2018 18:40
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Muertes oscuras

Fragmento del libro Muertes oscuras

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La muerte aparece en conversaciones, libros, obras de arte y películas, pero el momento de morir raramente es presenciado, ni siquiera por los médicos que nos atienden y deben verificar nuestra muerte.
Doctor David Aaron Kessler

Comencemos, para entrar en materia, por un caso del que tuve referencias fidedignas, incluso escritas, y que sirvió para que los compañeros que estaban de salida me alertaran acerca de la sana duda que todo profesional de la medicina debe tener ante la muerte, sobre todo cuando somos nosotros los que debemos certificar sus causas.

Mientras realizaba el servicio médico social en la provincia de Oriente, Cuba, en los años 70, conocí del caso de un anciano que había muerto varios años antes, alrededor de 1964 o 1965, aparentemente de una hemorragia cerebral; y un médico joven e inexperto, como casi todos nosotros en ese entonces, había expedido, previo somero examen físico del cadáver, sin llevar a cabo una necropsia (por no considerarla necesaria) el correspondiente certificado de defunción corroborando este diagnóstico.

Pues bien, al desatarse una disputa familiar por unas parcelas de tierra, algún dinero y unos animales, propiedad heredable del anciano de marras, el asunto escaló al extremo de tomar cartas en el asunto la policía, y decretar la fiscalía una exhumación del cadáver. Y sí, una vez llevado a cabo el auto jurídico, se confirmó la hemorragia cerebral, que debe haber sido muy abundante, pero no producida por un accidente vascular aterosclerótico como se creía sino por un clavo de línea, un polín, de unos diez centímetros de largo que penetraba por la región occipital (cubierta la cabeza plana del objeto metálico por el pelo) y permanecía, como testigo acusador, dentro del cráneo del occiso.

Eso, sin lugar a duda, había sido en su momento una muerte oscura, en realidad un asesinato, aunque al inocente galeno que llenó el certificado inicial de defunción ni se le pasó por la mente semejante acontecimiento. ¿Por qué? Porque en su inexperta candidez, creyó lo que vio y lo que le contaron: «Hombre anciano con años de padecer enfermedades reconocidas, y bien documentadas, entre ellas la hipertensión arterial, una buena familia campesina compuesta por gente sana y dedicada al trabajo duro, un entorno rústico pero amistoso y socialmente respetable, una armonía familiar aparentemente sin fisuras, en fin, lo ideal… para equivocarse y meter la pata».

Y de muertes así, oscuras, extrañas, sospechosas, sin explicaciones claras y definidas, o con muchas posibles explicaciones contradictorias, no concordantes, está llena la azarosa historia de la humanidad.

¿La historia, y solo la historia?

Escojamos, entre muchos posibles ejemplos históricos, un caso de muerte oscura bastante bien conocido por la tradición, pero muy mal documentado. El de Alejandro el Grande, quizás el general más brillante de la historia.

El príncipe macedonio Alejandro III, nacido en Pela un día impreciso del 356 ANE, hijo del rey Filipo II y de Olimpia de Epiro, se educó militarmente con su padre, un tipo duro y obstinado decidido a hacer de Alejandro un buen guerrero a como diera lugar, y con los mejores generales que servían a este. Intelectualmente su formación corrió nada más y nada menos que de la mano de Aristóteles. ¿Cuántos podrían presumir de un maestro así? Todo esto, unido a su valor personal y su don natural para el mando y el pensamiento táctico y estratégico, lo convirtieron en el hombre que conquistó casi todo el mundo conocido de la época antes de cumplir 32 años.

Las batallas de Gránico (334 ANE), Issos (333 ANE), Gaugamela (331 ANE), la Puerta Persa (330 ANE) e Hidaspes (326 ANE), que dirigió y ganó con ejércitos de muy reducidas dimensiones (comparado con el de sus oponentes, a veces 1 a 10) se siguen estudiando hoy en día en las escuelas militares de todo el mundo.

Pero además de un gran general, Alejandro fue un político y legislador de altura. Y también un diplomático que supo (y pudo) en ocasiones poner sus gustos sexuales a un lado para establecer alianzas necesarias.

Vivió a la carrera, contra reloj, como diríamos hoy. Tenía el presentimiento (y las predicciones de los oráculos) de que moriría joven, y estando en el palacio de Nabucodonosor II, en Babilonia, y faltando aproximadamente un mes para cumplir los 33 años, Alejandro se enfermó de muerte. Sus soldados desfilaron para verlo por última vez. Un premio y un adiós a la gloria, un asomarse al insondable abismo del futuro.

Según un cronista de la época Alejandro murió con el sol (alrededor de las cinco de la tarde, como los grandes toreros). ¿Lo envenenaron con estricnina, arsénico o raíz de heléboro (que en dosis pequeñas era también una medicina), lo mató la Fiebre del Nilo (una encefalomielitis viral endémica transmitida por mosquitos que sigue haciendo estragos hoy en esa zona), la fiebre tifoidea o la malaria, murió de una leucemia aguda o de extenuación por una vida de excesos sin freno, tuvo el alcoholismo algo que ver en su fallecimiento o lo mató una vieja herida de saeta en un pulmón, o quizás fue una pancreatitis aguda producida por comer y beber en demasía o las toxinas y bacterias patógenas de las aguas del río Styx, enviadas desde Macedonia, con alevosía, para que no volviera?

Que por inventar teorías se ha llegado a plantear que Alejandro, aburrido de una vida de glorias sin par, tomó la decisión de suicidarse, o esta otra, un poco más razonable que nos habla de que sus generales, preocupados al verlo demasiado enfermo, lo mataron para que muriera todavía en su plena belleza de héroe griego.

Todas esas y unas cuantas hipótesis más pueden haber sido las causas de su fallecimiento, pero lo cierto es que tenía enemigos y rivales a montones y muchos beneficiarios de su herencia política y de poder territorial. Hecho que complicó él mismo al declarar, cuando le preguntaron, que su inestable imperio lo heredara el general más decidido y más fuerte (los historiadores modernos discuten esto, pero lo cierto es que los antiguos lo repetían como un mantra). Estamos, y todo indica que seguiremos estando, como al principio. No sabemos qué car… mató a Alejandro de Macedonia en la flor de su juventud y su poder. Y parece ser que continuaremos sin saberlo.

Echemos ahora un vistazo a la historia como cuento.

La mitología del Rey Arturo fue una parte muy importante (Ivanhoe y Robin Hood fueron las otras) de mi descubrimiento adolescente de la literatura medieval. La maravillosa ciudad de Camelot, ese castillo en la colina que deslumbró a los Kennedy; la invencible, y cantadora, espada Excalibur atrapada en su piedra y que solo un elegido, Arturo, podría sacarla; el caballero Lanzarote del Lago; el poderoso y espiritual Santo Grial, la copa de la Ultima Cena, y su permanente búsqueda; el gentil Sir Percival; la peligrosa y bella Hada Morgana y el también poderoso y siempre distante mago Merlin; la Tabla Redonda, esa especie de ONU de los caballeros andantes; el diestro Sir Gawain; Uther Pendragón, padre de Arturo; la bellísima y enamoradiza reina Ginebra; Sir Galahad; la misteriosa e inencontrable Isla de Avalon; Igraine, la Reina Madre; la Dama del Lago, siempre lista a recibir de vuelta, en su mano blanca que emergía de las aguas, la espada Excalibur; Tristán e Isolda y tantos otros íconos relacionados con el amable, justo, e improbable Arturo de Bretaña.

Iconos que tocaron también la imaginación de artistas como William Shakespeare, J.R.R. Tolkien, Isaac Albéniz, Robert Bresson, Thomas Malory, Richard Wagner, Harold Foster, Rosalind Miles, Walt Disney, Geoffrey Chaucer, Mark Twain, Lord Tennyson, Jorge Luis Borges, Gustave Doré, John Steinbeck, T.S. Eliot, José Zorrilla, Dante Gabriel Rosetti, Thomas Mann, Chrétien de Troyes y W.B. Yeats por mencionar a solo unos pocos de los hombres de letras, músicos, compositores, pintores, grabadores, cineastas y poetas que le han cantado con sus obras.

Pero… ¿vivió realmente en la Bretaña un rey llamado Arturo? Y si vivió. ¿Cómo murió?

La discusión acerca de la primera pregunta no corresponde a este breve ensayo. En cuanto a la segunda la mayoría de las leyendas artúricas plantean que fue su propio hijo, Mordred, procreado con el Hada Morgana, el que lo mató, al tiempo que Arturo lo mataba a él, durante la mítica batalla de Camlann.

Pero no olvidemos que otras sagas cuentan que Arturo, ya viejo, se retiró con sus penas a la Isla de Avalon, y allí murió muchos años después. Pero… hablamos de penas. Pues sí, porque Ginebra, la adorada esposa de Arturo, se fugó con Lanzarote, dejando al rey desolado y algo peor, humillado. Y Morgana, media hermana de Arturo y a su vez madre de Mordred, tampoco se llevaba muy bien con él que digamos, razones todas para que la muerte de Arturo no fuera todo lo clara que nos gustaría que fuera.

Maldita y siempre atravesada historia, como dice un amigo mío. Dejemos estar en paz al buen Rey Arturo, que prefiero recordarlo así, caballeroso, heroico e invencible, como en mis lecturas adolescentes.

Después de esta incursión al mito volvamos a la realidad pura y dura.

Es verdad que la palma de las muertes históricas oscuras se la llevan los gobernantes, los políticos, los legisladores y los guerreros, pero las artes y la cultura no se mantienen siempre a un lado, ¡qué va! Los ejemplos sobran, pero tomemos, con uno basta, el de un genio de la composición musical.

Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, complicado nombre que se resume en el mundialmente conocido Amadeus Mozart, nació en la musical ciudad de Salzburgo, Austria, en el año 1756. Niño prodigio y genio indiscutido de la composición, dejó, en una vida bastante desordenada y cortísima, alrededor de 600 obras musicales, casi todas obras maestras. El compositor clásico Joseph Haydn dijo de él: «La posteridad no verá tal talento otra vez en cien años». Y probablemente se equivocó porque 250 años después se sigue citando a Mozart entre los más grandes. Y no son muchos.

Un talento enorme, de acuerdo, pero también el un poco alocado y en ocasiones arrogante Mozart era capaz de generar, no tenía forma de evitarlo, una envidia enorme. Murió a los 35 años y en la cima de sus facultades creadoras. Podemos imaginar lo que hubiera hecho este hombre de haber contado con veinte años más, por decir una cifra cualquiera, pero… ¿de qué murió en realidad Mozart? Pues la verdad es que no lo sabemos.

Veamos lo que cuenta en su libro Niemetscheck, el primer biógrafo de Mozart, un contemporáneo que obtuvo muchos datos y documentos de Constanze, la mujer y madre de los hijos del compositor: «En su vuelta a Viena se incrementó visiblemente su indisposición y lo hizo estar terriblemente deprimido. Su esposa estaba realmente apenada por ello. Un día iba paseando por el Prater con él, para darle una pequeña distracción y entretenimiento y, estando sentados, Mozart comenzó a hablar de la muerte y afirmó que estaba escribiendo un Réquiem para sí mismo. Las lágrimas comenzaron a caer por los ojos del sensible hombre.

—Siento definitivamente —continuó—, que no estaré mucho más tiempo; estoy seguro de que he sido envenenado. No puedo librarme de esta idea.

Lo cierto es que Mozart empeoró. La inflamación de manos y pies que ya tenía se extendió a todo el cuerpo al extremo de que ya no podía virarse por sí mismo en la cama, acto seguido aparecieron náuseas y vómitos que se hicieron incoercibles, diarreas, dolores musculares y articulares agudos acompañados de crisis febriles que necesitaban compresas de vinagre frío para evitar que el paciente delirara. Mozart se moría, pero estuvo consciente, y tratando de terminar la composición de su Réquiem (cuando trabajaba en algo, era así de obsesivo) hasta unos pocos días antes del fallecimiento.

El certificado de defunción, expedido por el doctor Nicolaus Closset, médico del Teatro de la Ópera, y, por cierto, con bastante mala fama profesional, señala «una fiebre miliar» (una especie de erupción en la piel, algo frecuentísimo entonces) como causa de muerte. Pero lo cierto es que no se le hizo autopsia «por el gran mal olor y las abundantes secreciones internas del cadáver».

Dejando de lado el envenenamiento criminal, o sea, el mito (o no tanto) de Salieri y otros envidiosos, capaces de matar a Mozart, se han barajado muchas causas posibles para explicar una muerte tan temprana: la fiebre reumática (que parece haberla padecido desde niño) con daño valvular cardiaco. Una triquinosis producida por la carne de cerdo casi cruda que consumía el compositor abundantemente y con frecuencia. La infección estreptocócica de la garganta complicada con una insuficiencia renal aguda. Una hipertensión arterial juvenil maligna, también complicada con una insuficiencia renal aguda, una insuficiencia cardiaca aguda (edemas) y una hemorragia intracerebral como cuadro final y, por último, el envenenamiento involuntario con antimonio, perfectamente posible debido a que muchas medicinas de la época, expectorantes, purgantes, eméticos, contenían este tóxico, y Mozart, que era un hipocondríaco compulsivo se tomaba casi todo lo que le recomendaban. Un dato curioso: el antimonio no fue oficialmente declarado en Europa como veneno humano hasta 1866.

Otra muerte, la de Mozart, muy poco clara, pero dejemos en paz, no nos queda de otra forma, al pobre Mozart y saltemos al siglo XX, un siglo oscuro donde los hay. Hablemos un poco del final de tres hombres, figuras cimeras los tres, de sistemas políticos totalitarios que han costado millones de vidas y sufrimientos inenarrables no solo a sus conciudadanos sino a una buena parte de la humanidad.

Vladimir Ilich Uliánov (1870-1924), conocido mundialmente por su alias o nombre de guerra de Lenin, fue un político y revolucionario comunista ruso que logró, aprovechando el caos de la Primera Guerra Mundial, apropiarse para su partido y para él mismo, del derrocamiento del zarismo en Rusia e implantar allí una dictadura bolchevique.

Pasó Lenin, de la vida errante y a menudo llena de dificultades, prisiones, deportaciones, exilios, disputas partidarias y estrecheces económicas del revolucionario profesional a convertirse, con la demostrada ayuda del Gobierno alemán, en el dueño de un país enorme y muy atrasado en el que comenzó a endiosársele en muy poco tiempo. Razón por la que sus padecimientos físicos y enfermedades dejaron de ser temas médicos y personales para convertirse en asuntos de Estado, cubiertos por el más riguroso secreto. ¿No le suena eso como algo bastante común, querido lector?

Desbrozar las causas de la temprana y bastante peculiar muerte de Vladimir Lenin, una muerte difícil de explicar por el estrés y el exceso de trabajo dedicado al «pueblo» y al «partido», como dijeron sus apologistas y los que le sucedieron en el poder, no es tarea sencilla para los historiadores y los paleopatógrafos.

Cuatro son los temas por dirimir (son los más invocados) como causas etiológicas en el fallecimiento de este hombre de 53 años:

  • Murió a causa de una sífilis terciaria, algo muy común en aquella época, pero un diagnóstico muy difícil de digerir para sus hagiógrafos (hay pruebas que tenía tratamiento médico para esa enfermedad desde 1896).
  • Murió envenenado por arsénico y yoduro de potasio utilizado en exceso por sus médicos para tratar la sífilis que supuestamente padecía.
  • Fue asesinado por Stalin, utilizando como sicario para el envenenamiento a Genrij Yagoda (que poco después sería ejecutado por el propio Stalin) o a algún otro, para eliminar al hombre que comenzaba a cuestionar su manejo, muy poco ortodoxo, del buró político y el comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética, o. como señalaron solo ocho de los 27 médicos (los 19 restantes pagarían con su vida el atrevimiento) que firmaron su certificado de defunción,
  • Murió a causa de una precoz aterosclerosis producida por su exceso de trabajo y su dedicación a pensar y escribir sobre la causa comunista y el futuro de la revolución.

Nunca lo sabremos con certeza, o en este caso particular quizás sí, algún día, pero la historia de su «muerte heroica» debida al exceso de «trabajo mental» dedicado a la clase obrera y al partido comunista, esa oscura muerte, se irá desvaneciendo con el tiempo y la fría y atemporal realidad.

Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, internacionalmente conocido por su nombre de guerra de Iósif Stalin (1878-1953), un individuo gris y manipulador, fue el sustituto de Lenin al frente de la Unión Soviética.

Stalin liquidó moral y físicamente a todos los hombres que llevaron adelante la Revolución de Octubre (Trotski, Kámenev, Zinoviev. Bujarin, Radek, Smirnov, Tomsky, Rakovski, Piatakov, Sokólnikov, Krestinski, el húngaro Béla Kun y muchos otros). Y también destruyó a dos tercios de la oficialidad, los más capacitados, del Ejército Rojo, incluyendo a la plana mayor de las fuerzas armadas rusas: entre ellos el mariscal Tujachevski, los generales Yakir, Uborevich, Kork, Eldeman, Prymakov, Putna, Feldman, Gamarnik, el mariscal Blykher, que había sido un par de meses antes el fiscal de Tujachevski (justicia poética) y centenares de otros altos oficiales, una de las causas probables de la debacle del Ejército Rojo al principio de la Segunda Guerra Mundial.

Vencedor al fin, junto con la Inglaterra de Churchill y los Estados Unidos de Roosevelt y Truman, en la Segunda Guerra Mundial, la salud de Stalin, hasta ese momento incólume, comienza a deteriorarse a partir del año 1950. El proceso final de la decadencia de Stalin coincide con el denominado «Complot de los Médicos», en el que nueve doctores, de los que ocho eran judíos, fueron torturados (dos murieron en los interrogatorios llevados a cabo en la Lubianka) y juzgados bajo la acusación de tratar inadecuadamente, con el propósito de incapacitarlos o matarlos, a los miembros del buró político del partido comunista de la Unión Soviética.

Visto así pudiera dar la impresión de que ese supuesto complot tuvo algo que ver con el deterioro del dictador, pero la realidad, y hay documentos y declaraciones posteriores de testigos para confirmarlo, es que Stalin, con evidentes trastornos en su reconocida agudeza mental y en su capacidad cognitiva, entra en un período de paranoia aguda que pone en peligro, una vez más, a todo su entorno y a sectores enteros de la población soviética.

De hecho, el arresto de los galenos es decretado por Stalin cuando el profesor V.N. Vinogradov, su médico personal, le anuncia que la hipertensión arterial que padece desde hace años está fuera de control y que debe hacer dieta, eliminar el vodka, el coñac y el vino georgiano y tomar un descanso de las tareas de gobierno. Otra versión achaca el acontecimiento a la denuncia de una doctora que le escribe en persona a Stalin y otra más que es el propio Stalin el que dice que una doctora fue la que le contó de la supuesta traición y no sus servicios de inteligencia.

O una suma de todas, que es lo más probable.

Alrededor de las cuatro de la mañana del primero de marzo de 1953, Stalin, que le ha estado exigiendo esa noche a Beria, el jefe de la NKVD, una confesión detallada de la traición de los médicos tiene una disputa con este y con otros miembros del Politburó, o, según algunos historiadores, no pasó nada de esto y se limitaron a ver una película y a comer y a beber abundantemente hasta altas horas de la madrugada.

Aquí comienza un período de cinco días, terminará el 5 de marzo a las diez y diez de la noche, en que no se sabe exactamente que pasó en aquella dacha con este hombre. Lo cierto es que, al día siguiente, el 6 de marzo, se anuncia al público su muerte, accidente cerebrovascular dice el certificado de defunción, y entre enormes manifestaciones populares de luto y la rendición de honores políticos y militares comienza el fin de una era.

Ocho años antes había muerto en su bunker Adolfo Hitler (1889-1945). Contar una vez más su historia nos parece redundante. Lo cierto es (o parece ser) que el 30 de abril de 1945 Hitler, y la que es su esposa desde hace unas horas, Eva Braun, se suicidan en los sótanos de la Cancillería del Reich.

Todo parece muy claro, pero… el problema estriba en que los rusos se adueñan del cadáver de ambos y nunca los cuerpos vuelven a aparecer. Una fotografía del cuerpo achicharrado de Hitler, entregada por los rusos, puede ser verídica, o no. Nada prueba su veracidad. Otra fotografía del cadáver, con su típico bigote y el rostro chupado, antes de ser incinerado, se ha demostrada falsa.

Entonces…, pues entonces debemos aceptar que Adolfo Hitler se suicidó de un disparo en la sien, utilizando una pistola Walther PPK de 7,65 mm. y su mujer, Eva, lo hizo con cianuro. Y el cadáver, secuestrado por los servicios especiales rusos (SMERSH), desapareció. Hoy sabemos que Stalin sembró, a propósito, dudas sobre el destino del cuerpo de Hitler para manipular la información al principio de la Guerra Fría, alegando que los occidentales le habían permitido escapar en un submarino.

Pero seguimos sin tener evidencias de la existencia, o no, de ese cuerpo. Algunos documentos desclasificados en los años 90 afirman que los cuerpos de Hitler y Eva Braun fueron, por órdenes de Yuri Andropov, nuevamente quemados y luego triturados por la KGB, y entonces arrojados, en 1970, al río Biederitz, un afluente del Elba.

Así de simple o así de oscuro. Usted dirá.

Mencionábamos más arriba el crecimiento y desarrollo de la información mediática, pero como entender entonces, mirando a través de ese prisma, la (ausencia de) explicación del asesinato del presidente norteamericano John F. Kennedy (1917-1963) al mediodía del 22 de noviembre de 1963. Ningún magnicidio ha producido más investigaciones, artículos, libros, películas y comentarios de opinión que este.

Si hay una muerte oscura es la de este hombre. Y estamos hablando, por supuesto, de la segunda parte del siglo XX.

Las extrañas muertes del actor y especialista en artes marciales hongkonés Lee Jun-fan (Bruce Lee) (1940-1973), de la actriz norteamericana Norma Jeane Mortenson, mundialmente conocida por su nombre artístico de Marilyn Monroe (1926-1962), del primer ministro sueco Olof Palme (1927-1986), de la Princesa de Gales Diana Spencer (Lady Di, 1961-1997) y mucho más recientemente la del fiscal argentino Natalio Alberto Nisman (1963-2015), aunque mucho menos mediáticas a nivel global que la de Kennedy, la más escandalosa de todas, por mucho, entran de lleno en la categoría de muertes oscuras.

Cerremos este breve recorrido con el fallecimiento del militar, político y gobernante venezolano Hugo Rafael Chávez Frías (1954-2013).

Después de suspender una gira diplomática por Brasil, Ecuador y Cuba debido a una inflamación en la articulación de la rodilla (9 de mayo del 2011), pasando por la incisión de un absceso pélvico (10 de junio del 2011), la resección de un tumor con «células cancerosas» (30 de junio del 2011), una nueva y no explicada intervención el 26 de febrero del 2012, el anuncio, por él mismo, de un posible sucesor el 8 de diciembre del 2012, la realización de una cuarta intervención quirúrgica el 13 de enero del 2013; el regreso a Venezuela, uno más, el 18 de febrero del 2013 y el informe oficial de su muerte el 5 de marzo del propio año, los 21 meses de evolución médica del líder venezolano dejan muchas más dudas y suspicacias que aclaraciones.

Chávez parece haber padecido de un leiomiosarcoma del suelo pélvico, un tumor maligno muscular raro y de pronóstico muy reservado. Pero eso no es más que una conjetura que se desprende de las pocas informaciones dadas en Caracas y en La Habana, lugar del tratamiento básico, escogido por él mismo, del presidente.

Incluso la fecha real de su muerte y el lugar de esta, su cadáver no fue mostrado al público, se encuentran cubiertas, aún hoy, por una nebulosa.

Otra de esas muertes oscuras que parecen incrementarse con el paso de los años.

Una más. Pero no la última.

Fragmento del libro Muertes oscuras. Disponible en:

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