Actualizado: 04/10/2022 22:11
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Artes Plásticas

Mutilación de la estética

La mayor muestra de arte cubano presentada hasta ahora fuera de la Isla omite a los creadores del exilio.

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En la primavera de 1944, el Museo de Arte Moderno de Nueva York presentó la muestra Pintores cubanos modernos, la cual fue organizada por Alfred H. Barr Jr., con la asesoría del crítico José Gómez Sicre. Aunque la exposición sólo contenía la obra de 13 pintores y faltaban Eduardo Abela, Antonio Gattorno y Wifredo Lam, esta fue la muestra que llevó el arte moderno de la Isla al escenario mundial. Desde entonces ha habido más de una docena de exposiciones de arte cubano realizadas fuera del país.

Durante los años noventa, un par de muestras fueron montadas en España. Ahora le ha tocado al Museo de Bellas Artes de Montreal la hazaña de realizar la exposición Cuba: Arte e historia desde 1868 hasta nuestros días, sin duda la más grande que se ha presentado hasta ahora fuera de Cuba, y organizada junto con al Museo de Bellas Artes de La Habana. El Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Museo de San Francisco y varios coleccionistas privados han prestado una serie de obras claves. La exhibición contiene más de trescientas obras —pintura, escultura, gráfica, fotografía y vídeo— y, con honestidad, es visualmente avasallante. Estará abierta al público hasta el próximo 8 de junio y vale la pena un viaje a Canadá para visitarla.

El punto de partida histórico para la muestra es el año 1868, que marca el comienzo de la Guerra de los Diez Años, y concluye en el presente, con "el exitoso" arte posmodernista de la Isla, tan popular en el mercado mundial. Recuerdo una frase de Cundo Bermúdez: "en el exilio los pintores nos comemos un cable, y mira lo bien que venden estos muchachos de la Isla".

La exposición está dividida en cinco secciones: "Representando a Cuba: Buscando Formas de Expresar una Nación (1868-1927)", "Arte Nuevo: La Vanguardia y la Re-creación de Identidad (1927-38)", "Cubanidad: Afirmando un Estilo Cubano (1938-59)", "Con la Revolución, Todo, Contra la Revolución, Nada (1959-79)" y "La Revolución y yo: El Individuo Dentro de la Historia (1980-2007)".

La narrativa de la historia (en ocasiones fatalmente oficial) que provee el contexto para las obras de arte, es presentada por fotos acompañadas por paneles de texto. No cabe duda que la labor curatorial de Natalie Bondil, Moraima Clavijo y Lourdes Socarrás ha sido extraordinaria: el balance entre cantidad y calidad es de primera. Estoy seguro que nunca antes se habían reunido tantas obras importantes y estéticamente bellas en una exposición de arte cubano. El diseño y montaje, a cargo de Daniel Castonguay, es elegante, dinámico, y presenta una cantidad abrumadora de obras con claridad visual.

La exposición confirma cosas que había intuido por mucho tiempo: la calidad formal y complejidad de contenido en la pintura cubana del siglo XIX. Nuestros primeros críticos de arte modernistas (Pérez Cisneros, Gómez Sicre) ignoraron o despreciaron esta pintura. La muestra prueba la importancia de las escenas costumbristas de Landaluce, pero es Armando García Menocal (en el siglo XIX y principios del XX), representado por dos lienzos, quien sobresale de sus contemporáneos.

Menocal fue "un pintor de cuerpo completo", lo que demuestran sus dos paisajes, Carga al machete y Nocturno de la bahía. Lástima que sus magistrales Muerte de Maceo y Retrato de Lily Hidalgo no estén en la exhibición. La niña de las cañas, de Romañach, es un retrato directo y fresco, pero es su marina de Caibarién un paisaje de gran audacia. Faltan en la muestra tres figuras importantes del siglo XIX: el paisajista Esteban Chartrand y los malogrados Guillermo Collazo y Juana Borrero. Las litografías Los ingenios, de Laplante, son un magnífico ejemplo de la visión positivista y tecnológica de la época.

Los ausentes

No cabe duda que las dos secciones más fuertes de la exposición son las que abarcan los periodos 1927-1938 y 1938-1959. Aquí encontramos a los "clásicos" de la plástica cubana. Lo interesante es que muchos artistas y sus obras no han sobrevivido bien al paso del tiempo: Víctor Manuel es mediocre y Abela es desigual (aunque extraordinario en su tela El triunfo de la rumba). Lo inexplicable es la presencia de Marcelo Pogolotti con un total de 8 lienzos y 11 dibujos. Pogolotti fue y siempre será un pintor de pésimo oficio y estilo derivativo, es decir, es un Léger de tercera categoría. Su trasnochado y dogmático marxismo-leninismo es repugnante.

Falta la presencia de un verdadero original como Arístides Fernández, y el hecho de que Fidelio Ponce —uno de los más auténticos expresionistas latinoamericanos— esté representado con sólo una maravillosa tela, es tan inexplicable como la sobre-representación de Pogolotti. Las telas de Jorge Arche son magníficas en su claridad neoclásica y colorido tropical. Pero son Amelia Peláez y Carlos Enríquez los que mejor que nadie —dentro de la primera vanguardia pictórica cubana— cristalizan la cubanidad en un vocabulario universal. Estos dos hijos de Las Villas son pintores de gran fuerza formal, con visiones originales del mundo, es decir, son universales desde la cubanía.

Peláez debió de ser representada por más de dos óleos y la ausencia de El rapto de las mulatas —una de las obras maestras de la plástica cubana—, de Enríquez, es brutalmente notable. Sin trabajo, un óleo sobre cartón de Alberto Peña, es a primera vista un cuadro modesto, mas en cuanto uno se detiene a ver detalladamente esta figura de una joven negra frente a un desolado paisaje urbano, la obra crece no sólo como un retrato profundo, sino como una visión social que va más allá de la propaganda.


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Retrato de Mary, de Jorge Arche.

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