Actualizado: 21/11/2019 17:15
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Literatura, Eliseo Diego

Narración de domingo

Es una pena grande que Eliseo no llegara a desarrollar su narración pues resulta obvio que la tenía muy bien pensada y trabajada, con esa atmósfera sugestiva y onírica, que encontramos en todos sus cuentos

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En 1942, hace setenta años, se publicó el primer libro de Eliseo Diego, un pequeño cuaderno de cuentos nombrado En las oscuras manosdel olvido, título tomado de un verso de Quevedo, “Apenas se defiende la memoria / de las oscuras manos del olvido”. El libro apareció, según palabras de Diego a la edición de 1979, “bajo la petulante si candorosa inscripción de Ediciones Clavileño, por darle algún crédito adicional a la revista que con ese nombre publicábamos a costa de trimestrales sobresaltos”. Eliseo tenía 22 años. En la introducción de la edición de 1979 (ampliada por el autor con otros cuentos no incluidos en la primera), Eliseo nos dice: “El libro recién comenzado era tan rico en ambición como parco en aliento. Pretendía nada menos que atreverse con el misterio mismo del acto creador, desde el instante en que los grandes aluviones de la experiencia humana desembocan en el golfo de la memoria, hasta que se forman con ellos las extrañas Islas Afortunadas de la realidad puesta a salvo”. Y más adelante: “El libro habría de ir constatando en sucesivos fragmentos el desesperanzado, confuso y bien y a la vez mal intencionado entresijo de propósitos y despropósitos en que se debaten recuerdo, olvido y sueño”.

El segundo libro de Diego, también de cuentos, fue Divertimentos (1946), historias breves, inquietantes, perturbadoras, donde lo relatado se encuentra también en esa frontera extraña entre la vivido y el recuerdo, lo soñado y lo fantástico. Es una prosa más contenida, siempre evocadora y sugerente. Cuentos como “Del tapiz”, “De las hermanas” o “Del espejo”, nos dejan una sensación de habernos adentrado en un mundo desconocido y ajeno, en otra dimensión de la realidad. No pueden leerse sin que un escalofrío nos recorra todo el cuerpo. De Divertimentos señaló Gastón Baquero en El Diario de la Marina el 13 de octubre de 1946: “No es posible, en un libro como éste, señalarle al lector las mejores páginas, ni el instante feliz por excelencia. Este libro está trabajado de punta a punta, como un diamante. Un estilo sostenido, siempre de música íntima, de prosa que no quiere ser sino vehículo de encantamiento, pone su sello en cada página, desde el título hasta el punto final. Parece el libro de un maestro, o de un escritor que comienza ahora a escribir, pero poseyendo ya la destreza, la habilidad literaria, la recta puntería de alguien que se ha familiarizado con los mejores prosistas que son afines a su tipo de imaginación y de vocación”.

Después de Divertimentos, vio la luz su primer libro de poemas, En la Calzada de Jesús del Monte y, a partir de ese momento, prácticamente, solo publicó poesía, aunque en 1975 volvió a aparecer un nuevo cuaderno de cuentos, Noticias de la Quimera, compuesto por relatos escritos, en su mayoría, durante la época de Orígenes. Escribió numerosos ensayos, en ese estilo suyo tan particular, erudito e ingenioso, siempre traspasado por la poesía pues, como acertadamente señaló Aramís Quintero en su prólogo a sus Prosas Escogidas (Editorial Letras cubanas, 1983): “Pero en rigor, y no obstante su penetración, Eliseo Diego no es un ensayista, ni un crítico, ni un verdadero narrador. Eliseo Diego es todo lo ensayista, crítico y narrador que puede ser un poeta hecho, como él, casi exclusivamente para la experiencia y la expresión poéticas”.

Ahora, en el número 72 de la revista UNIÓN nos sorprende una nueva faceta de Eliseo al presentarnos un proyecto de novela que el escritor realizó en 1945, justamente en el intervalo entre de su dos primeros libros de cuentos. La revista dedica un dossier al poeta donde se incluyen varios textos sobre él, numerosas fotos familiares, el proyecto de novela y dibujos y caricaturas de Eliseo realizadas por su hijo Rapi Diego.

Narración de domingo tituló Diego su proyecto. En el primer párrafo nos explica: “El texto está escrito en primera persona por Cayetano, el protagonista (…). El tema de su vida es una inmovilidad rocosa sobre la que resbala el agua anhelante de sus ilusiones, la espuma, a veces turbia, de sus sueños”. Eliseo expone, con su habitual meticulosidad, el esquema de su novela, que contará con cinco partes y describe lo que tratará cada una. Es una pena grande que Eliseo no llegara a desarrollar su narración pues resulta obvio que la tenía muy bien pensada y trabajada, con esa atmósfera sugestiva y onírica, que encontramos en todos sus cuentos.

Párrafos como este nos pueden dar una idea de lo novedosa que hubiera podido ser esta novela en el contexto literario de la época: “Hace ya diez años que salí de este pueblo y diez que llegué. De modo que teniendo en cuenta que solo hay veinte desde que entré en el mundo, puede decirse que soy un hombre joven. Ni siquiera tendría preocupación de mi edad si no fuese por la tonsura gratuita que me pesa cuando debiera aliviarme. En casi todo este espacio no he tenido más ambición que la de no morirme, y muy natural ambición parece en quien, como yo, resulta el último de una familia que ganara más de un premio por el vivero y la salud de sus retoños. Hubo luego un tiempo en que hicimos necesario que se agrandase en casi una manzana el cementerio. Nos dio por morirnos. Solo mi abuela, cuyas convicciones arraigaban más hondo, y yo, que no tenía ninguna, vimos asentarse el aire de casa en su acostumbrada transparencia, a penas rozada normalmente por el canto de los gallos o el soplido lejano del lajar”.

O este otro: “A las tardes nos reuníamos en torno suyo para la merienda, en el patio del fondo, sentándonos por el suelo con nuestros pedazos de pan, mientras ella sorbía la leche fresca en la taza de porcelana. El chirrido del balance era como la voz de aquel amarillo cremoso en que consistía el río atardecido; los gritos distantes de unos niños pueblo adentro nos daban la vastedad de la tarde tendida a todo lo largo de la provincia; la canción de la campana, como un aletear alegre, nos cedía sus claras profundidades, la suma serenísima de sus blancos y azules; pero el silencio de mi abuela, sus ojos anchos, las manos delgadas con las sortijas de azabache sosteniendo la taza, su cuerpo enorme y los encajes agradables en la brisa, todo aquello era la tarde mejor que las otras cosas, suaves, y nos complacía ofrecerle nuestros tesoros mágicos, los caracoles, los grillos, las monedas enmohecidas, las historias de cómo el perro aporreó al gato o de cómo el conejo asomaba entre el maíz sus grandes orejas rosadas, procurando superarnos los unos a los otros sin afanarnos mucho para no enojarla, hasta que se nos impartía el premio, una caricia prodigiosa a lo largo de la cara, una sonrisa, una palabra extraña y suave”.

Queda a los críticos literarios —no lo soy— analizar los aciertos y desaciertos de este texto. Por lo pronto, en mi caso, me sumo a las bellísimas palabras que escribió Rafael Rojas con motivo de la muerte de Eliseo, aquel martes 1 de marzo de 1994: “En Eliseo Diego el cuerpo, el aire y la lengua parecían suscitar palabras de manera clandestina, a espaldas de la inteligencia. Por eso su poesía es una necesidad del orden natural y su escritura es el acto inevitable que testifica esa misión. Era muy poco lo que podía hacer Eliseo contra su propia virtud porque sus lazos con el verso eran casi providenciales”.


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