Actualizado: 05/06/2020 14:47
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Nos amábamos tanto en la 'Zona congelada'

La primera novela de Roberto Madrigal: una historia sobre un grupo de amigos en el contexto de los sucesos de la Embajada de Perú.

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A muchos cinéfilos una parte del título de esta reseña les hará recordar, con sobrada razón, el de una película italiana del mismo nombre dirigida por Ettore Scola (C'eravamo tanto amati) y estrenada en Cuba hacia fines de los setenta.

Para refrescarnos la memoria, voy a parafrasear lo escrito entonces por Vincent Canby, el crítico que la comentó para The New York Times el 24 de mayo de 1977. Es una obra rica en muestras de cariño, hay buen humor, lamentos y rabia. Scola examina los últimos treinta años de la historia de su país a partir de la amistad entre tres hombres y el amor que estos sintieron por la misma mujer en diferentes etapas.

A Canby le llama la atención el hecho de que en un filme italiano haya tantas citas, tan comunes entre los realizadores franceses. Uno de los personajes centrales es un experto en cine que abandona a su mujer e hijo a causa de una discusión sobre Ladrones de bicicletas de Vittorio de Sica, a quien, naturalmente, está dedicada la cinta.

Zona congelada (CBH Books: Lawrence Massachussets, 2005) es una novela de Roberto Madrigal que tiene varias conexiones con Nos amábamos tanto. En primer lugar, está centrada en un acontecimiento histórico que ha definido la historia de Cuba a partir de 1959: la entrada de miles de cubanos a la Embajada de Perú durante la Semana Santa de 1980.

Madrigal tomó parte en aquel hecho, al igual que los protagonistas de la obra. En Cuba trabajó como psicólogo y fue miembro de una memorable peña quizás nunca mencionada antes en ningún libro, artículo o ensayo hasta que el lector lee las páginas 118 y 119 de la novela. El "grupúsculo" se llamó "Imágenes", y se dedicó a ver y comentar cine, a llevar a cabo encuestas sobre los mejores estrenos; a leer la literatura proscrita y la tolerada; a escuchar y disfrutar la música norteamericana mediante discos y las emisoras de onda corta, larga y mediana que podían sintonizarse en la Isla, e incluso ver las ceremonias de los premios Oscar cuando el estado atmosférico y las antenas lo permitían.

Madrigal y sus amigos, quienes aparecen disfrazados bajo seudónimos, practicaban la única crítica posible en un Estado totalitario, la oral y la "mental" —al decir del personaje Ricardo Posada— en diferentes materias: la política y la economía, el arte y la cultura. De ese puñado de "griots" ha salido, al cabo de un cuarto de siglo, este relato sobre un grupo de hombres y mujeres que hablaban entre sí en tono políticamente incorrecto, censurado, perseguido y silenciado mucho antes de que el "desmerengamiento" del socialismo diera pie al realismo duro y a las categorías neonaturalistas de género, clase, etnia y raza.

'Encontrar la voz para narrar'

La línea narrativa de la obra comienza con las biografías de tres personajes unidos por la amistad, Polo, Idania y el Orate. Algo más. El narrador actual es alguien que hace su trabajo por deber hacia otro amigo, Leoginaldo, quien había pasado "una obscena cantidad de años pensando en escribir una novela" pero "lo que le faltaba era lo que él llamaba 'encontrar la voz para narrar'".

Leoginaldo enferma de cáncer, llama al narrador para reunirse con él, le pide que se convierta en su albacea, termine la obra y la publique. Esa voz inmediata edita y reescribe el plan original, además de asumir otras funciones: lector, partícipe de los eventos y narratario. Como tal, hace comentarios distanciadores a la manera del teatro brechtiano y cada vez que lo estima conveniente, es decir, cuando marca una diferencia con el novelista original y difunto o al aclarar ideas o explicar un contexto psicológico, ambiental o referencial.

Por ejemplo, en "La onda de David" indica: "…unas notas incompletas e incoherentes, son el único intento de describir a El Orate que he podido rescatar entre las anotaciones de Leoginaldo". En "Interrupción necesaria del albacea" señala: "De nuevo me atrevo a detener el proceso narrativo de Leoginaldo…".

Ahora bien, ¿por qué Zona congelada? Literalmente es un lugar de La Habana hacia el cual se dirigen Idania y su marido Otero, montados en un taxi que avanza por la quinta avenida de Miramar en dirección a Cubanacán. El albacea la define así: "antiguo residencial exclusivo, convertido ahora en enclave de la nueva clase dirigente y de los diplomáticos de más alto rango, denominada zona congelada, a la que nadie tenía acceso a habitar sin la autorización de las jerarquías más altas de la burocracia estatal y que soportaba con impaciente condescendencia a los pocos vestigios del pasado que aún permanecían en el área".

Los lectores del texto nos hallamos frente a un espacio literario donde el argumento se basa en un momento del pasado ya detenido y configurado por los esfuerzos de los dos narradores, Leo y su albacea. Es aquí donde los papeles y las notas escritas y acumuladas durante años por el primero son puestas en movimiento por el segundo, pues aquél "detestaba el inmovilismo de la fotografía".


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