Actualizado: 23/04/2019 9:57
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Nuestra guerra ajena

Los regimientos victoriosos que regresan a Estados Unidos, luego de completar su permanencia en Cuba, vuelven sin ganas de pensar en el honor y la gloria

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La desilusión y el calor sorprenden a los soldados norteamericanos al desembarcar en Cuba. Vienen con la alegría de una guerra breve. Será una excursión en el infierno para muchos. Enfermedad y agotamiento y días interminables. Desde que inician el avance hacia la línea de combate van dejando detrás sus pertenencias. Mantas y ropa, artículos que se vuelven inútiles frente al sol inclemente. Los cubanos recogiéndolo todo, llenando los estómagos con las raciones enlatadas de los invasores. Reclamando ayuda y alimentando el desprecio de los recién llegados. Ni una sola descripción en los reportajes publicados en la prensa estadounidense muestra la belleza del paisaje. Solo el temor y el agotamiento. Reproches ante la ingratitud de los liberados. Ganas de salir cuanto antes de esa isla, muy diferente en pobladores y ciudades a las descripciones enviadas desde La Habana meses antes del inicio de la guerra. Informaciones elaboradas por periodistas que nunca dieron un paso más allá de los bares y hoteles de la capital. Rastro de mercancías de un imperio en expansión.

Se abre un camino que aún continúan recorriendo los cubanos: recoger todo lo que dejan los extranjeros a su paso, apropiarse de jabones a medio gastar, ropa usada, restos de comida que quedan en las latas, zapatos incómodos para los extranjeros que luego se adaptan a la perfección en los pies nativos, impermeables extraños para quienes están acostumbrados a soportar la lluvia, medicinas desconocidas. Abandono de aquello que pronto va a resultar inútil en este país desconocido, pero que sirve de justificación para que más de una industria aumente la producción y consolide su existencia: salsa Tabasco para darle sabor a las raciones de carne magra, galletas duras cuando el hambre aprieta y whisky para soportar los mosquitos.

Inventada por Edmund McIlhenny, un sureño descendiente de escoceses convertido en proveedor a las tropas confederadas, la salsa Tabasco se transforma en un componente básico de la dieta militar cuando su hijo mayor, John Avery McIhenny, se une a los Rough Riders de Theodore Roosevelt y pasa a ser uno de los tres comisionados civiles del ejército norteamericano. La hardtack es una galleta hecha con harina, sal y agua. Conocida desde la época romana, en Estados Unidos alcanza su mayor popularidad durante la guerra civil. Su resistencia la hace ideal para alimentar a las tropas durante las largas campañas alejadas de los cuarteles. En 1898 diversas firmas panaderas poseedoras de contratos para la elaboración de galletas para las fuerzas armadas se unen para formar la National Biscuit Company (la actual Nabisco), primera compañía norteamericana que invierte una suma millonaria en publicidad e inicia la distribución de sus productos en cajas de cartón y no en barriles. El cambio da origen a la distribución de alimentos empaquetados —una forma más adecuada al consumo que al almacenamiento— y al nacimiento de los envases llamativos, con figuras y motivos luego reproducidos en los anuncios. De 1889 es también el primer anuncio comercial cinematográfico que ha llegado a nuestros días, realizado por los estudios Edison para el whisky Dewar’s Scotch. El círculo se cerrará años más tarde, cuando la firma Bacardí adquiera Dewar’s.

Nada más llegar a tierra cubana, José Martí comienza a anotar en su Diario de Campaña el paisaje, la comida en el campamento insurrecto y el café endulzado con miel. Meses después, el soldado norteamericano avanza desconfiado por el mismo suelo. Ha sido advertido de que tenga cuidado con las frutas tropicales, que si come alguna lo haga con moderación. Mal equipados para una guerra en el trópico y sin ropa adecuada al clima, los estadounidenses descubren que sus sombreros de fieltro y uniformes de lana son demasiado pesados y calurosos. Les han dicho que traten de mantenerse lo más secos que puedan, que permanezcan a la sombra cuando resulte posible y duerman en hamacas. Alejarse del suelo, huir del sol, poner distancia entre el cuerpo y el país. Los consejos sirven de poco ese mes de julio en los campos de la Isla. El calor y la humedad hacen que la carne de las raciones se descomponga. Los vegetales se pudren en los barcos antes de ser desembarcados. Frijoles y tomates fermentan sin que nadie pueda ingerirlos. A la dificultad por la carencia de medios adecuados para conservar los alimentos —la escasez de instalaciones y medios de almacenamiento, refrigeración y transporte—, se une la falta de personal especializado para inspeccionar los procedimientos empleados en la conservación de los comestibles. Alrededor del 75 por ciento del personal de algunas unidades militares sufren de diarrea. Aumenta el temor ante la creencia de que ciertas comidas son las responsables de la malaria y la fiebre tifoidea. Las pésimas condiciones sanitarias hacen que muchos enfermen de disentería y que la fiebre amarilla cause cada vez más víctimas. Al concluir la guerra, más soldados habrán muerto por las comidas en mal estado que a consecuencia de los combates.

Las denuncias del mayor general Nelson A. Miles y otros oficiales desencadenan un escándalo de proporciones nacionales. Se multiplican las alegaciones de que las tropas ingirieron con frecuencia carne medio descompuesta, adulterada originalmente por los empaquetadores mediante la adición de preservativos químicos. Las pésimas condiciones de conservación causan que en muchas veces los soldados coman carne mal cocinada, a la cual los cocineros han cortado previamente trozos semipodridos y cubiertos de gusanos. Las deficiencias en la alimentación contribuyen a disminuir la resistencia de la tropa a las enfermedades tropicales.

Los regimientos que regresan a Estados Unidos traen hombres enfermos, a quienes se mantiene en cuarentena. Soldados que son chequeados cuidadosamente por los servicios médicos, para evitar el contagio y la propagación de enfermedades tropicales en el continente. Los vencedores tienen que entregar sus pertenencias a los inspectores sanitarios, quienes arrojan la ropa en enormes calderas, para ser hervida por lo menos tres horas. Los baúles, cajas y equipajes de mano abiertos y desinfectados. Colocados durante varios días en habitaciones herméticamente cerradas. “El país no es pintoresco, ni siquiera los campos”, escribe un corresponsal de guerra al desembarcar por Oriente. “Todo está sucio. Los fabricantes de jabón norteamericanos lograrían una magnífica publicidad si se dieran a la tarea de bañar al ejército cubano, oficiales y soldados y por igual, y a sacar fotografías de ‘antes y después’ para usarlas en sus anuncios”. De vuelta a su país —luego de completar su permanencia en la Isla— los vencedores han agotado las ganas de pensar en el honor y la gloria.


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