Actualizado: 20/09/2019 11:30
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“O jogo bonito”

Una pasión que regresa cada cuatro años

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Mariana y yo, cada cuatro años, durante un mes, nos convertimos en hinchas furibundos, sufrimos en cada jugada o gritamos eufóricos en los goles como dos perfectos energúmenos hasta que las gargantas nos duelen. Después que termina el mundial de fútbol, por cuatro largos años, ignoramos todo lo que huela a deporte.

Pero, en este mes, la casa está regida por los horarios de cada partido. Todo lo demás pasa a un segundo plano: ¿el piso manchado?, después que termine el partido lo limpiamos; ¿la ropa sucia?, después del medio tiempo; ¿la pecera está turbia?, después, después...

—¿Qué hay de comer hoy? —pregunta Rosy, mientras da unos pasos de ballet frente al televisor.

—No sé, en el refrigerador hay muchas cosas. Come.

—¡Ama, Gianna está sacando todos los juguetes!

—¡Déjenme ver el partido, no jodan más!

—¡Apo, Rosy está brincando sobre la cama!

—¡¡¡¡Gooool!!!!!... ¡¡¡coño, goooooooool, gooooooool!!!

No leo ni escribo una sola línea, solo me preocupa el no poder estar frente a la pantalla siguiendo el balón. Solo quiero que el tren no se rompa cuando vengo de regreso, que las señales ferroviarias no se disloquen por la lluvia, que llegue a tiempo para poder ver el partido, que ganen mis preferidos, que pierdan los que no me gustan, que se jodan los que quiero que se jodan.

Están pasando un comercial muy gracioso por el canal del mundial. Cada vez que lo repiten, me río como si fuera la primera vez que lo veo: en un lugar de trabajo hay una fiesta y un grupo de personas disfrutan de un partido; un hombre sale de su oficina tratando de no mirar lo que los otros tanto celebran, va murmurando mientras huye: ¡lo tengo grabado, lo tengo grabado! Durante el camino de regreso a su casa se topa con diferentes situaciones en las que todos miran el partido. Cierra los ojos, se tapa los oídos, canturrea una canción para no saber el desarrollo del juego. Al fin, llega a su casa. Cuando está aparcando el carro, viene corriendo un vecino para anunciarle el resultado final. Él escapa corriendo y haciendo ruidos para no escuchar, y, satisfecho, abre (¡al fin podrá ver el partido desde el comienzo!) la puerta de la casa, pero una niña aparece corriendo desde una habitación y le grita al pasar:

—¡Papi, ganamos!

La cara del tipo se transforma en un poema.

Nos reímos de la expresión de frustración y ternura que muestran sus ojos.

En mi trabajo, no puedo hablar con nadie de soccer. A todos les gusta el básquet, el football americano y la pelota. Por las mañanas, mientras van llegando, observo sus reacciones y no veo nada que no sea lo habitual. Como si el mundo girara igual que antes del 12 de junio, como si fueran sordos, o ciegos, o zombis, o vivieran en Neptuno. Sienten una total indiferencia por “o jogo bonito”. El mundial de fútbol no los toca, son inmunes a toda la emoción.

No mencionan el Maracaná, o las playas de Río de Janeiro, ni a Messi, ni a Neymar, o el descalabro de España y Portugal, el bailecito de los colombianos, ni la angustia en el partido de Estados Unidos contra Bélgica, ni la tristeza de México, ni al portero Tim Howard, o la mordida de Suárez. Todos siguen sus vidas como si nada pasara. O sea, como si vivieran en el planeta Neptuno.

Anoche, antes de irme a acostar, fui a darle un beso a Nataly. Dejó por un instante el celular, apartó el Ipod 5, se quitó los headphones y, suavemente, mirándome a los ojos, preguntó:

—Apo, tenemos hambre, ¿cuándo van a cocinar algo?

—Pero no pueden tener hambre —le respondí— en esta casa hay de todo para comer.

—Apo —volvió a la carga mi linda nieta— I mean comer, carne, arroz, papitas fritas; no hot dogs, no paqueticos de papitas, no cereal con leche, you know.

—¡Ah, es eso! —respondí distraídamente— Será después del 13, cuando se acabe el mundial... good night mi niña.

Después cerré la puerta de su cuarto y me fui al mío, rumiando la frustración por la derrota de mi equipo.


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