Actualizado: 16/09/2021 9:49
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Graffiti, Represión

Palabras borradas, la mordaza rosa

Para muchos jóvenes quedó claro que el sencillo trazo que leían disperso por toda la ciudad era una alusión al sexto héroe prisionero: el pueblo cubano

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Cuando su firma apareció escrita sobre los muros de la ciudad, muchos pensaron que se trataba de una alusión a un Sexto Congreso del Partido que tardaba demasiado en realizarse. Tanta era la expectación por escuchar las nuevas propuestas de cambios que el gobierno seguramente impondría a los cubanos.

La poca complejidad en la ejecución de las palabras aportaría rapidez y limpieza. Era un número ordinal compuesto por caracteres elementales. Eso sí, amplios, expansivos. Y no era ese el único escrito que se veía asiduamente sobre las paredes. Compartía el espacio con la irreverencia de otras firmas. Allí estaban, también, los sólidos trazos de “Bulldog”, el enigmático “Yotic” o el relamido “Candy Lover”, el del claro rejuego con la tipografía de los helados Nestlé. ¿Una alusión al hambre psíquica que padecemos los cubanos? Lo cierto es que desde la aceptación o el rechazo, no pueden pasar inadvertidas a los ojos de los transeúntes.

Durante mucho tiempo perduraron sobre fachadas, el dorso de vallas metálicas de señalizaciones del tránsito, o en casi cualquier sitio en que los grafiteros sintieran, ya se sabe, esa sed compulsiva de plasmar su marca en el sitio más alto, sobre el más arriesgado. Pero a la vez, buscando por todos los medios guardar el anonimato. Porque si en otras partes el grafiti es razón de vituperio, aquí el “writer” enfrenta un doble riesgo y es que, además de ser acusado de cometer actos vandálicos contra la propiedad estatal o privada , puede cargar con la segunda y peor consecuencia que es escribir sobre los muros carteles y consignas contra el gobierno. Entiéndase, pues, que no resulta un juego atraer sobre sí la peor de las sospechas con la consiguiente represalia.

Con el tiempo, la firma El Sexto fue ganando espacios verticales. Y tras el paso de los días fue develando su misterio. Para muchos jóvenes cubanos quedó claro que el sencillo trazo que leían disperso por toda la ciudad era una alusión al sexto héroe prisionero: el pueblo cubano. Entonces, el grafitero subió la parada. Empleando una plantilla imprimió sobre cualquier espacio acogedor la marca de su propio rostro con un gallo erguido sobre su cabeza. Debajo una palabra: “¡Despierta!” Alguna noche aparecieron volantes sobre el asfalto de la calle 23 en el Vedado. Desde el propio corazón de la ciudad el joven desafió a la policía. Un breve texto retaba a la violencia policial desde un mensaje escrito sobre un papelito. “PARA GANARME A MI TU NECESITAS ARMAS NECESITAS POLICIAS, NECESITAS CARCELES PARA GANARTE A TI YO SOLO NECESITO SPRAY Y ESTE PAPELITO”. Días después fue detenido.

Para muchos, el grafiti es el desagradable reflejo de la personalidad de gente, sobre todo jóvenes, inadaptados, antisociales, desagradecidos e inconformes. O simplemente manifestación de una rebeldía juvenil, que a la larga, resultará pasajera. Sin embargo, para otros, la afirmación anterior es superficial y no reconoce el verdadero espíritu del grafitero, la esencia de su individualidad, la necesidad de la expresión de su libertad y de su opinión. Los ejemplos cubanos contestan a la propaganda oficial que es en definitiva, una de las formas más visibles del poder.

Desde finales del 2011, los grafitis realizados principalmente en el centro del Vedado han desaparecido casi en su totalidad, aunque en algunos municipios un poco más periféricos puede encontrarse todavía la firma del Sexto. Sin embargo, la caligrafía más dispareja, tenue en algunos rasgos de la ejecución de la letra demuestra que la escritura se realiza bajo muchísima presión.

Y es que el grafiti está signado por la ilegalidad. ¿Arte o vandalismo? Es una pregunta común que se realizan las personas ante las fachadas escritas. Algún grafitero foráneo lo ha definido como el lado más vandálico del arte. Porque el arte de este nuevo siglo tan fragmentario como irreverente nos exige el respeto hacia opiniones diferentes aunque sean encontradas.

Pero también es cierto que en La Habana no fueron los grafiteros los que comenzaron a accionar ese espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna ni sagrada ni profana. Lo prueban los obscenos brochazos rosa que “alguien” sostenidamente ha repartido por los muros del Vedado, sobre todo, los de la avenida 23. ¿Pretenden embellecer a la ciudad? ¿Acaso higienizarla? No. Intentan acallar cualquier opinión que no sea coherente con el discurso oficial que representan.

Han borrado y continúan haciéndolo. Pero las los dibujos con plantillas que han aparecido últimamente de un perrito o de un hombre tocando un violín cerca de una estatua, la despoja de casi toda su solemnidad. Otras, las que celebran la rotunda carcajada de Bola de Nieve o el insolente talento de Amy Winehouse demuestran que no hay rehabilitación. No, no, no. Porque los jóvenes sobrescriben la mordaza.

Y ahí están, sobre el fondo rosa, las preguntas y las respuestas: “¿Libres? Naaaa”. O la aseveración de que la calle es una zona limitada al street art. O una más arriesgada: las siglas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, donde la F y la R comprimen a una A en forma de estrella – clara alusión al Sexto y a la represión militar. El fin de la firma son unos grados militares al revés lo que consolida la idea de cuánta regresión y retroceso se está ejerciendo en el medio de la calle.

Entre los grafiteros parece existir una especie de pacto de caballeros: ninguno escribe sobre una firma anteriormente escrita. No enturbian el significado propio ni el ajeno. Probablemente compitan sobre el número de firmas que cada quien logra, pero no se vence con deslealtad ni entorpeciendo el trabajo del otro.

Eso queda para los llevan la patética brochita en la mano. A fin de cuentas, tal vez piensen que el mundo es del color del cristal con que se mira. Y una mordaza rosa podría parecer apenas paternalista. Pero lo cierto es que la vergüenza también puede venir disfrazada de colores tiernos.


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