Actualizado: 15/12/2017 17:30
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Pechos, Literatura, Arte

Pechos

Esas dos glándulas resultan, en ocasiones, un poco problemáticas para nuestra cultura y nuestros prejuicios, sobre todo con la parte más saliente y punzante de su anatomía

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«Y lo que quiero de él es su cuerpo.
Desnudo y caliente de amor, hirviendo de deseos,
estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos».
Juan Rulfo (Pedro Páramo)

Hablemos hoy de pechos.

El escritor español Enrique Jardiel Poncela, al que muchos califican de humorista y en realidad era un filósofo de la vida sencilla, o sea, de la vida como la vida es, decía que los senos de mujer son la única persistencia real y sin interrupciones del hombre: «los coge con fruición al nacer y ya no los suelta hasta morir de viejo».

Yasunari Kawabata, uno de los grandes novelistas japoneses que ha conquistado literariamente el occidente —cada vez escriben mejor y son más los susodichos asiáticos entre nosotros, pero esa es otra historia—, observó en su libro de 1961 La Casa de las Bellas Durmientes que: «entre todos los animales, en el largo curso del mundo, solo los pechos de la hembra humana han llegado a ser hermosos», y añadía: ¿No era acaso para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza? Quién sabe, digo yo, aunque debo reconocer, como escribió el humorista parisiense (este sí) Léo Campion, que «Dios le dio al hombre dos manos precisamente porque había dado un par de senos a las mujeres».

Para nosotros los médicos, y para mucha gente más, hay una gran diferencia entre pecho y pechos.

El pecho es la parte frontal de la caja torácica, la posterior es la espalda, y por detrás de él, del esternón y de la jaulita de costillas que lo forman se encuentran el corazón, la arteria aorta, las venas cavas, los pulmones con sus bronquios mayores, una cavidad virtual llamada mediastino y el esófago, ah, y hasta que nos volvemos adultos la glándula tímica. El pecho es, entre otras cosas, el reservorio del valor a toda costa: sacar pecho, a pecho descubierto; de la sinceridad y la entrega: te abro mi pecho; de la ansiedad por amar u odiar: no me cabe en el pecho y del rencor: me lo tomo a pecho.

Es también esa parte del cuerpo que se ofrece al enemigo, cualquier enemigo, como víctima propiciatoria y puerta de entrada de la desgracia propia: ¡dispárame, cobarde, al centro del pecho! y más si se ama con locura a ese enemigo, como muy atinada y bellamente lo expresó el poeta y político cubano José Martí: Aquí está el pecho, mujer, que ya sé que lo herirás; ¡Más grande debiera ser, para que lo hirieses más! Pero, aunque el pecho da para muchas otras disquisiciones culturales y alardes de científico de barrio, no es precisamente el pecho, en singular, lo que nos interesa para este breve ensayo.

Lo que nos llama la atención aquí son los pechos, en plural. Esas dos importantísimas glándulas nutricias femeninas (el macho también las tiene, pero no son bonitas, ni nutricias, ni tan morbosas) conocidas también por senos, mamas, busto, ubres, tetas, pechugas, limones, lolas, melones, chichis y decenas y decenas más de sinónimos, muchos de ellos regionales o relacionados con formas populares, a veces incluso muy guarras y groseras, del habla cotidiana. Y de paso, ese par de hermosos pechos constituyen la prueba, como ha dicho alguien cuyo nombre no recuerdo, de que «el hombre sí es capaz de prestar atención a dos cosas al mismo tiempo».

Pues bien, creo que todos estamos de acuerdo en que esas dos glándulas resultan, en ocasiones, un poco problemáticas para nuestra cultura y nuestros prejuicios, sobre todo con la parte más saliente y punzante de su anatomía. O para decirlo con las palabras de la joven cantante Miley Cyrus: «En Estados Unidos en realidad hay una gran aceptación sobre las tetas; con lo que tienen un problema es con los pezones».

Es cierto, sí, ella, muy joven todavía, lo expresó con cierta brusquedad, pero puede describirse con algo más de tacto y belleza, como hizo en su tiempo el poeta dadaísta rumano Tristan Tzara (Samuel Rosenstock): «Tus senos son flores sin tiestos y punzan frambuesas con sabor de leche».

Y ya que mencionamos la cultura y los prejuicios (y los pezones), hagamos un poco de historia, muy sucinta, sobre cómo han sido vistas y representadas las mamas femeninas (o como usted prefiera llamarles) a lo largo de la historia.

Los neandertales, que ya no están viviendo entre nosotros (salvo en algunos cortos segmentos del genoma humano) y los cromañones, que desde hace unos 40.000 años se han convertido en.., en nosotros, desconocían, entre otras muchas cosas, la ganadería, el ordeño y la leche en polvo. Por eso era tan importante para ellos, y para la supervivencia del clan, que las mujeres pudieran dar el pecho a los recién nacidos por el mayor tiempo posible. Sin la leche materna no existiríamos hoy, así de sencillo, y sin unas mamas robustas y sanas no hubiera habido la suficiente leche materna.

¿Habrán tenido las hembras neandertales problemas de salud con sus glándulas nutricias y por eso se extinguieron? No lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que los cromañones idolatraron (y nosotros, cromañones, al fin y al cabo, los seguimos idolatrando) esos senos grandes y jugosos, vea si no.

Vale aclarar que no necesariamente todas las mujeres de aquellas épocas presentaban unos caracteres sexuales tan protuberantes. Estas estatuillas, las llamadas Venus paleolíticas o prehistóricas, eran más bien (creemos nosotros) un homenaje a esos atributos, o sea, una idealización de la maternidad y la lactancia. Si existía además en torno a esas pequeñas obras de arte algún interés más terrenal, más relacionado con el sexo puro y duro, con el morbo, incluso con el onanismo, pues no lo sabemos, aunque una mente un poco calenturienta pueda perfectamente imaginarlo.

Después llegó la civilización y los pechos se hicieron un poco más sofisticados (y yo diría que mucho más bonitos), por lo menos en el arte. A veces incluso demasiado, como en el caso de los egipcios. Para ellos, a diferencia de los cromañones, la mujer delgada y de senos pequeños era lo bello, lo cool. Isis (Ast), además de la Gran Maga, era la diosa egipcia de la fecundidad de la tierra, de la naturaleza, de la maternidad y del nacimiento. No solo daba de mamar a su hijo Horus, y así se le representaba algunas veces en bajorrelieves, vasos y estatuillas, sino que podía nutrir con sus pechos, sumamente pequeños (me parecen a mí) para tanto trabajo, a la propia tierra y todos sus habitantes.

El sincretismo posterior de Isis en muchas otras deidades es complejo y se extiende, para algunos investigadores, hasta a la propia Virgen María, pero no nos proponemos entrar en esos detalles que pertenecen al estudio de las religiones comparadas. Ah, y es posible que el primer travesti que encontremos en la historia sea el dios Hapi, el dios varón de la fertilidad, al que a veces se representaba con sus atributos masculinos y dos protuberantes tetas.

Las mujeres cretenses o minoicas, digamos que protogriegas (prehelénicas) de hace unos cinco mil a cuatro mil doscientos años, no solo se enfrentaban a los toros bravos en un deporte (o quizás ritual religioso o incluso sacrificial) que nos hace parecer simples amateurs a los Manolete y los Palomo Linares, sino que lucían orgullosamente, hendiendo el aire, sus bien torneados y sólidos pechos. Para eso vestían una especie de falda de vuelos con una faja apretada a la cintura y a la parte baja del tórax, además de unas mangas tubulares que nos recuerdan los vendajes sintéticos que utilizan hoy muchos deportistas. Esa vestimenta, por compresión, hacía resaltar llamativamente los pechos, algo que evidentemente disfrutaban todos allí.

Y luego nos asombramos de las activistas, como las de Femen, que hoy protestan en las grandes urbes con sus senos al aire.

Pero no todas las mujeres se vestían así. Cubrirse el pecho era, y es, una vieja costumbre. Hay pruebas de que hace unos 5.000 años ya la mayoría de las mujeres adultas de diferentes pueblos se cubrían el pecho. ¿La causa de esta costumbre? No la sabemos, aunque las teorías abundan.

Los griegos del período arcaico, por ejemplo, les tenían cierto repelús a los pechos (a la mujer desnuda en general) femeninos. Tanto que desarrollaron grandes habilidades para vestir a sus estatuas, creando así las llamadas korai. Los escultores helenos, para evitar la censura, inventaron lo que siglos después se denominaría draperie mouillée o «paños mojados», un truco para tapar el cuerpo de sus obras sin perder los detalles anatómicos, que, como tantas veces ocurre, lograba, con mucha pericia y sensualidad, justamente el efecto contrario.

El gran Praxíteles, ya al final del período clásico, logró imponer los desnudos femeninos a pesar de haberse buscado muy serios problemas con la liberalidad de su famosa, y quizás un poco mítica, modelo Friné. Aquí entre nos: los pechos de las esculturas femeninas griegas, que luego copiarían los romanos, me dejan un poco frío. Son esbeltos, sólidos, relativamente pequeños, perfectos, pero… no sé, como que les falta algo de emoción. O quizás sea a mí al que le falta algo.

Las amazonas, personajes míticos que adoraban al dios Ares —siendo tan independientes se pudieron haber buscado una diosa, digo yo— tomaron ese nombre por tener un solo pecho. Se cortaban el otro para poder disparar el arco sin dificultades. Por cierto, la palabra amazona viene de a = sin, mazo = pecho.

Los babilonios, que parecen haber inventado la pornografía visual (seguro que también la otra), representaban a las mujeres con bastante fidelidad, incluso a veces con tetas macizas y de una gran carga erótica, pero eso lo hacían, y es evidente en sus tablillas, vasijas, estelas y otras manifestaciones artísticas, para exaltar la fuerza y la virilidad de la figura masculina. Una virilidad que exageraban a extremos imposibles, grotescos. En fin, fulanos machistas de poca monta y evidentemente acomplejados. Una lacra que, por desgracia, seguimos padeciendo, aunque ya no se llamen babilonios los que la practican.

Es curioso, pero el arte erótico chino antiguo (y el japonés, un poco posterior) daba muy poca importancia a los senos femeninos. La vagina, la región anal y las caderas de las mujeres constituían su fundamental y casi único polo de atracción.

Las imágenes japonesas denominadas Shunga (fiesta de primavera), que se continuaron ejecutando hasta épocas relativamente recientes, son muy demostrativas al respecto, y sobre todo muy crudas. Algo sorprendente en gentes tan sutiles.

Los etruscos, un pueblo que precedió a los romanos en la parte media de la península itálica, siguen constituyendo hoy, en buena medida, un misterio para los historiadores. Pero lo que sí sabemos, y tenemos muchísimas muestras en sus manifestaciones artísticas, incluso en el muy evolucionado arte funerario, es que adoraban la vida, la buena vida, las fiestas, el vino, el sexo, tanto el hetero como el homo, y amaban, gente culta y aparentemente feliz, los bellos pechos femeninos.

Pero los etruscos no duraron mucho y entonces llegaron los romanos.

«Le arranqué la túnica, aunque por lo fina que era apenas suponía estorbo; ella, sin embargo, luchaba por taparse con la túnica; y luchando como si no quisiera vencer, fue vencida, más sin dolerse de su rendición. Cuando quedó erguida sin vestiduras frente a mis ojos, en ninguna parte de todo su cuerpo encontré defecto alguno: ¡que hombros! ¡qué brazos tan hermosos vi y toqué! ¡cuán a propósito era la forma de sus senos para apretarlos! ¡qué liso su vientre bajo el terso pecho!».

Dejando de lado el hecho de que arrancar la túnica de una mujer que no quiere ser desvestida es, por lo menos para nosotros, un delito de violación, este fragmento de Los Amores del poeta romano Publio Ovidio Nasón nos da una buena idea del aprecio que sentían estos señores por el pecho femenino.

Pero al mismo tiempo debemos recordar que existía un concepto, de hecho, una ley moral (muy hipócrita, por cierto) denominada “publicitia” que impedía a la mujer decente enseñar su cuerpo. Y la publicitia se aplicaba incluso… al marido, que debía hacer el amor a su mujer de noche, con las lámparas de aceite apagadas y sin desvestir completamente el cuerpo de la esposa. Es más, las prostitutas romanas debían, aunque generalmente no lo hacían —¿se imaginan el enfado de los clientes?—, tapar sus senos con la banda de tela llamada strophium o más popularmente mamillare.

Por supuesto, nada de esto impresionaba ni limitaba a mujeres «de pelo en pecho» como Agripina la Menor, Clodia, Julia, la hija de Augusto y Mesalina. Por cierto, a Julio César le sorprendía, y así lo narra, que las mujeres galas pedían clemencia a los soldados romanos invasores enseñando sus pechos. Ni que decir que casi siempre obtenían exactamente lo contrario.

Un chisme de médicos. Galeno, de donde han tomado el nombre estos señores doctores de hoy, decía que la naturaleza le había dado senos a las mujeres para compensarlas por la gran frialdad de su corazón. Galeno al fin y al cabo no hacía más que plagiar a Alcmeón de Crotona, muy anterior a él, que había inventado, vaya usted a saber por qué, la teoría sobre la naturaleza húmeda y fría de las mujeres y seca y caliente de los hombres.

Retrocedamos un poco.

La Biblia, tan dura a veces con ciertos pecados, es benigna con los pechos femeninos: «Como dos cervatillos mellizos son tus dos pechos…» nos dice el Cantar de los Cantares VII,1,3, pero puede ser incluso mucho más explícita: «Venga, pues, mi amado a su huerto y coma del fruto de sus dos manzanos» (Cantar de los Cantares V, 1, 4). En ocasiones también nos amonesta: «¿Por qué has de embriagarte, hijo mío, con una extraña y abrazar el seno de una desconocida?» (Proverbios, 5, 20). O nos habla de una manera poco clara que deja la puerta abierta a la imaginación: «¿Por qué me recibieron las rodillas, y para qué los pechos que me dieron de mamar?» (Job, 3, 12). Y así podríamos continuar por páginas y páginas.

¿Y los musulmanes?

Si no puede creerme lo que ahora le cuento, visítelo. En el palacio estilo sirio de Qusair Amra, en la zona desértica del este de Jordania, construido al principio del siglo VIII por el califa omeya Walid I, pueden apreciarse, bastante bien conservadas, unas pinturas murales que retratan el baño de las mujeres que le pertenecían y acomodaba en su harén, y están, casi todas ellas, con sus pequeños, pero bien torneados senos mirando hacia nosotros para que los disfrutemos. Muy poco ortodoxo y muy amplio de mente este califa, por lo menos observándolo desde las feas experiencias que hemos tenido nosotros últimamente.

Umm. Que no se nos olvide el Kama-Sutra. Este libro, escrito en sánscrito, en algún momento entre los siglos II y VI de NE, por Vatsiaiana, un estudiante religioso célibe… sí, leyó bien, célibe, podemos considerarlo como el primer volumen ilustrado de autoayuda publicado. Después, mucho después, vendrían millones. Lo cierto es que el autor, un adelantado en el tiempo, dedica mucho espacio al placer de las mujeres, algo muy poco corriente en tiempos como aquellos. Y claro, si del placer de las mujeres se trata, los pechos deben ser, y son, tomados sabiamente en cuenta.

Saltemos esa época denominada la alta Edad Media, una época brutal y oscura, época de senos velados, de abusos y vida corta, demasiado corta para las mujeres, por lo menos para la enorme mayoría de ellas.

En 1475 el humanista italiano Angelo Ambrogini (Poliziano) escribió: «Podría jurar que la diosa Venus ha salido de las aguas. Con la mano derecha se cubre los senos, quiere cautivarnos». Sandro Botticelli toma la idea de Poliziano y entre 1484-86 pinta su famosísima tempera sobre lienzo El nacimiento de Venus. Pero Botticelli desplaza esa estilizada mano derecha un poco hacia el centro y nos deja ver el hermoso pecho izquierdo de la diosa. Botticelli, el padre del desnudo moderno, sabía muy bien que ocultar puede ser lo más excitante, pero en este caso decidió que no tanto, y se lo agradecemos.

Pero no solo él pintó a Venus y sus famosos pechos; hay miles de estas representaciones en la historia del arte. Comenzando por la Venus Anadiomena, de autor anónimo encontrada en las ruinas de Pompeya y continuando con la hermosa Venus dormida de Giorgione, la inquietante y un poco perversa —como señaló el crítico Alejandro Oliveros— Venus y Cupido de Lucas Cranach el Viejo, la atlética Venus y Psique de Rafael Sanzio, la Venus del Pardo, la Venus de Urbino y la Venus recreándose en la música de Tiziano —un venusólogo y adorador de los buenos pechos este hombre, que pintó, a la perfección, unas siete u ocho Venus más—, los escurridos pechitos de la Venus durmiendo con Cupido de Bordone, las ocultas tetas —hay que imaginárselas— de la Venus del espejo de Velázquez, la traslúcida y de líneas perfectas Venere Anadiomene de Ingres, y para terminar y no hacer esto infinito, la morbosa Venus á la colombe del pintor académico francés Leon-Jean Bazile Perrault, una agradable (e incalculable) mujer con la que podemos cruzarnos por la calle en cualquier momento (por supuesto, vestida).

La representación de los senos femeninos pequeños fue muy común en la Edad Media (y volvería a serlo muchas veces luego), probablemente porque las mujeres se casaban antes de los quince años y morían muy jóvenes, sin tiempo a desarrollarse plenamente. Y claro, las niñas, porque a los trece o catorce años se sigue siendo niña, marcaban la pauta de los caracteres sexuales femeninos en el mundo masculino de aquella época.

Fernando de Rojas —pudo haber sido otro el autor—, alrededor de 1499, pone en boca de Calisto la descripción física de su amada Melibea: «… el torno del rostro poco más luengo que redondo; el pecho alto; la redondez y forma de las pequeñas tetas, ¿quién te la podría figurar? Que se despereza el hombre cuando las mira». ¡Qué maravilla de sencillez narrativa! Cervantes, que nos hizo púdico al hidalgo Don Quijote, le hace decir de su idolatrada (e inventada) Dulcinea del Toboso: «…alabastro su cuello, mármol su pecho… y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración puede encarecerlas y no compararlas». Todo un caballero… andante.

Y entonces llega Rubens. El flamenco Pedro Pablo Rubens era un gozador tranquilo y muy moderado, salvo en sus pinturas, donde daba rienda suelta a la desmesura que llevaba por dentro. Y obviamente a las tetas que le gustaban, las que podemos disfrutar ahora nosotros en Venus y Cupido, Ceres y dos ninfas con cornucopia, Sansón y Dalila, La muerte de Adonis, Rapto de las hijas de Leucipo, Bóreas rapta a Oritia, El desembarco de María de Médicis en el puerto de Marsella, Adán y Eva, Minerva protege a Pax de Marte, La fiesta de Venus, El nacimiento de la Vía Láctea, El juicio de Paris y, por supuesto, su famosísima Las tres Gracias, ese canto a la felicidad de la mujer —de tres en este caso— de pechos jugosos, bien alimentada, amada, satisfecha y sin complejos de ninguna clase.

Evadiendo el morbo, aunque a veces el resultado pueda ser dudoso, o incluso contradictorio, debemos mencionar la gran cantidad de las llamadas «vírgenes de la leche» en la historia de la pintura.

Ya habíamos mencionado a las Venus prehistóricas y la diosa egipcia Isis, pero le han seguido en el tiempo la talla en madera de autor anónimo La Virgen entronizada amamantando al Niño, La aparición de la Virgen a San Bernardo de Juan Correa de Vivar, el excéntrico y un poco jocoso (quizás sin querer) San Bernardo y la Virgen de Alonso Cano, La Virgen con el Niño de Jan Provost, La Virgen y las ánimas del Purgatorio de Pedro Machuca, San Agustín entre Cristo y la Vírgen de Murillo y… alrededor de unas quinientas más.

Creo que viene al caso, hablando de las vírgenes de la leche, de la madre nutricia, recordar los versos del granadino Federico García Lorca: «…quisiéramos hacer miel como abejas, o tener dulce voz o fuerte grito, o fácil caminar sobre las hierbas o senos donde mamen nuestros hijos».

Estas vírgenes de la leche se inscribirían dentro de una de las cuatro vertientes clásicas del estudio «tetológico», la vertiente nutricia. Las otras tres serían la médica, o fisiopatológica, que incluye hasta cierto punto la estética, la vertiente erótica, que puede ir desde la poesía más excelsa hasta la más denigrante y sucia pornografía y, más recientemente, pero no menos importante, la vertiente económica, que también tiene mucho que ver con la estética.

La Pompadour, que vivió rápido (murió de 42 años) y subió muy alto, mandó a fabricar las copas de la vajilla real de Luis XV utilizando de molde su pecho izquierdo, quizás el que más apreciaba el rey. Fue un regalo a los cortesanos que no tenían acceso directo (por lo menos la mayoría de ellos) a tan exquisita joya.

Paulina Bonaparte, hermana del Emperador de todos los franceses, otra señora que se las traía, hizo que el gran escultor italiano Antonio Canova la esculpiera, tamaño natural y desnuda, como la Venus Victrix. Dos chismes al respecto: se dice que el artista tomó modelos en yeso de los pechos de la susodicha y muy casquivana señora Bonaparte, lo que de ser cierto nos demostraría que eran, en efecto, muy hermosos. El otro es que el marido de Paulina pagó (¿fue él o el erario francés?) a Canova por la escultura, que puede verse hoy en la Galería Borghese, en Roma, seis mil escudos, toda una fortuna en aquella época.

El poeta simbolista francés Mallarmé denominó veladura erótica a las partes del cuerpo, de uno u otro sexo, que concitan el interés sexual. Y estas veladuras no coinciden siempre con los órganos genitales: para los chinos son los pies pequeños, para los japoneses es la nuca, para muchos africanos son las nalgas y para algunos cubanos son las caderas, solo por señalar algunos ejemplos. Pero no hay dudas de que el pecho femenino ha sido, y sigue siendo, sobre todo en occidente, una de las motivaciones sexuales de mayor peso.

¿Qué quiso decir el periodista y costumbrista español Ramón Gómez de la Serna? cuando escribió en una de sus famosas greguerías aquello de: «Senos, el misterio móvil». Que a veces, ¡diantre!, era un poco oscuro este hombre.

Con oscuridad o sin ella, los pechos femeninos también se metieron en asuntos sociales y políticos. Mire si no la tela del francés Eugéne Delacroix «La Libertad guiando al Pueblo» ¿Por qué tiene los senos al aire esa robusta mujer que tocada con un gorro frigio y enarbolando una bandera francesa y un fusil con bayoneta calada camina sobre los cadáveres de los revolucionarios muertos en combate arengando a sus seguidores a la lucha por la liberación de los oprimidos? Pues… pues porque así se hace más impactante el momento, ¿no?

Y por supuesto, casi dos siglos después la fuerza de esa emoción, ahora multiplicada y posmodernizada se ha salido de la pintura para aparecer, de verdad, en la calle.

El pintor realista francés Gustave Courbet fue, entre otras cosas, un provocador. Y provocar, desde el arte pictórico de extraordinaria calidad que dominaba, le abrió las puertas de la inmortalidad. Pintó de todo, hizo política como anarquista, anarquista pacífico y por su cuenta, sin partidos, ganó dinero, que no rechazaba, y honores (como la Legión de Honor) que sí rechazó, quizás para epatar. Y luego se lo bebió todo, al extremo de morirse a los 59 años de una cirrosis hepática. Ah, y amaba y recreaba los pechos femeninos jóvenes como pocos. Si no me cree vea sus famosísimos El Estudio —conocido también como El taller del Pintor—, Mujer con loro, y El Sueño. Y si quiere escandalizarse, y no diga que no se lo advertí, pues admire entonces, aunque los senos no son lo primordial aquí, El origen del mundo (1866), que se encuentra expuesta —desde 1995, porque siempre estuvo escondida— en el Museo de Orsay, en París.

Que ya lo dijo el impresionista francés Pierre-Auguste Renoir, autor de esa maravilla de pechitos lozanos y turgentes que es Las grandes bañistas: «Nunca sería un artista si las mujeres no tuvieran senos».

Edouard Manet fue mucho menos agresivo con la sociedad que Courbet y fue, además, aunque nunca se sintió de verdad uno de ellos, un grande del impresionismo. Dos de sus más admiradas pinturas, Almuerzo sobre la hierba y la chocante y al mismo tiempo hipnotizante Olympia resultan, quizás sin buscarlo, sendos homenajes a las bellas tetas. Y luego, el acabose: Monet, Gauguin, Cezanne, Seurat, Braque, Toulouse-Lautrec, Munch, Degas, Klimt, Modigliani, Chagall y sus multiples seguidores e imitadores pintarán los pechos femeninos a su buen saber y entender cambiando todos los parámetros convencionales.

Pero detengámonos por un instante en dos telas pintadas en 1907: Les demoiselles d’Avignon del español Pablo Picasso, que lanza el cubismo a la palestra con sus senos descentrados y cortados a machetazos, y el Desnudo azul del francés Henri Matisse, donde las tetas se convierten en golosas pechugas y se vuelven, ellas mismas, los ojos bizcos que te miran y ponen nervioso.

Y claro, con el advenimiento de la modernidad, y eso que no hemos llegado todavía (aquí, que en el planeta hace tiempo estamos de lleno en ella) al desmadre de la posmodernidad, pintar, escribir, representar, fotografiar, filmar y hablar de pechos se va haciendo más frecuente y más o menos bien recibido. O menos controlado, que las peleas son ahora a grito pelado y con millones de espectadores. Como nos dice el poeta argentino Juan Gelman: «Como será acostarme / en tu país de pechos tan lejano. / Ando de pobrecristo a tu recuerdo / clavado, reclavado». Sí, muy del sentimiento, pero ahora ya no podemos pasar por alto esa cosa tan poco sentimental que es la economía, que como tan bien explicó el historiador de las ideas francés Michel Foucault, el mismo un provocador —y para muchos un depravado—, tendremos de aquí en adelante, y para siempre —presumo yo—: «Senos esbeltos vendidos como corpiños».

Y no solo se venderán corpiños, sino trajes de baño, wonderbras, películas, canciones, novelas, colecciones fotográficas, juegos de video, pornografía de todo tipo, camisetas (para usar sin corpiños y enseñar, como los antiguos griegos con sus korai, los problemáticos pezones), vestidos descotados, consultas psicoterapéuticas —que el morboso vienés de Freud tuvo mucho que ver en todo esto—, cremas reductoras y cirugías e implantes, ese multibillonario negocio que no hace más que crecer y crecer, nunca mejor empleada la palabra, en todo el mundo. Tal y como nos dejó escrito el poeta del Siglo de Oro español Bartolomé Leonardo de Argensola (se le ha atribuido a Lupercio, su hermano, pero parece una confusión): «Porque ese cielo azul que todos vemos, / ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!».

Pero hubo un tiempo, y hubo bellezas, que no necesitaron cirugías. En la cinta de 1953 Gentleman prefer Blondes, dirigida por Howard Hawks y basada en la novela de la escritora norteamericana Anita Loos, se juntaron dos íconos hollywoodenses ajenas a este tipo de trasteos: Marilyn Monroe y Jane Russell.

Y no fueron ni serían las únicas: Mae Busch, Pola Negri, Dolores del Río, Mabel Normand, Louise Brooks, Gloria Swanson, Jean Harlow, Lupe Vélez, Theda Bara, Marlene Dietrich, Mae West, Katherine Hepburn (que casi nos dura 100 años), Raquel Welch, Lucía Bosé, Anita Ekberg (se acuerdan del chapuzón en la Fuente de Trevi y aquella cinta confusa y bella: La Dolce Vita), Sophia Loren (¡Dios!), Rita Hayworth (su nombre verdadero era Margarita Carmen Cansino), Sylvia Koscina, Gina Lollobrigida, María Félix, Katy Jurado, Ava Gardner «El animal más bello del Mundo», mote que puede haber tenido varios autores, menos, estoy seguro de eso, Frank Sinatra, que casi se mata por ella), Joan Crawford, Miroslava Sternova (una belleza trágica que se suicidó por un hombre que no lo merecía ¿lo merece alguno?), Sarita Montiel, Claudia Cardinale (¿tienen memoria, estimados lectores, de lo espectacularmente bella que era?), Irene Pappas, Silvana Mangano, Catherine Deneuve, Kim Novak, Jayne Mansfield (tanto luchar, aprender y trabajar para morir en la carretera), Ursula Andress, Liz Taylor, Helen Mirren, Maribel Verdú, Rosita Fornés, Miriam Gómez (con perdón de Cabrera Infante), Isabel Santos y muchas otras de senos perfectos que en sus primeros tiempos tuvieron que pelear a pecho descubierto y golpes de talento para alcanzar el éxito. Ya hoy, o desde los años 80-90 del siglo XX, no me atrevería a hacer una lista como ésta, aunque los pechos hermosos siguen apareciendo, incluso mucho más liberalmente que antes.

¿Que por qué no sigo con la lista? Porque si me meto a continuarla pudiera ocurrirme como en el sentencioso verso de la uruguaya Juana de Ibarbourou: «No acaricies mis senos. Son de greda los senos que te empeñas en ver como lirios morenos».

La cirugía estética de los senos, y de todas las otras partes anatómicas del cuerpo, es una moda y un negocio —y psicológicamente, y a veces económicamente, e incluso laboralmente, una necesidad— que llegaron para quedarse, tal y como escribe el colombiano Gustavo Bolívar Moreno en el título de su novela, que Sin Tetas no hay Paraíso. Las técnicas de mejoramiento, que son diversas y se hacen cada vez menos invasivas, tienen también sus riesgos, pero ya nos estamos saliendo del tema.

Pero no todo es arte, fiesta, mejoramiento y bisnes, que el pecho femenino también, por desgracia, se enferma. Cuánto sufrimiento y cuántas pérdidas irreparables le ha traído a la humanidad, desde siempre, el cáncer de seno, un flagelo que estamos lejos aún de derrotar, independientemente de todo lo que se ha avanzado en el conocimiento profundo de sus detonantes celulares y genéticos —como el gen BRCA 1 = breast cáncer 1, entre otros— y su tratamiento quirúrgico, quimioterápico, hormonal y radiante.

Pero lo importante, lo verdaderamente importante, y lo digo como médico y como ser humano, es que no ocurra como en el poema «Miss Gee», del bardo anglonorteamericano Wystan Hugh Auden: «El doctor Thomas la auscultó / y otra vez la auscultó. / Se fue a lavar las manos diciendo / ¿Por qué no vino usted a verme antes?»- Ese demasiado tarde que, por desconocimiento, o por miedo, o por falso pudor nos arrebata vidas de mujeres, a veces muy jóvenes, valiosísimas.

Si puede, creo incluso que es de acceso libre en internet, no deje de leer el libro La Enfermedad y sus metáforas, de la escritora norteamericana Susan Sontag, derrotada ella misma por el cáncer de seno. En su primer capítulo nos dice con rara agudeza: «Aunque la mitificación de una enfermedad siempre tiene lugar en un marco de esperanzas renovadas, la enfermedad en sí (ayer la tuberculosis, hoy el cáncer) infunde un terror totalmente pasado de moda. Basta ver una enfermedad cualquiera como un misterio, y temerla intensamente, para que se vuelva moralmente, si no literalmente, contagiosa».

Hoy, sumergidos hasta la coronilla en la posmodernidad, asistimos, no en todas partes pero sí en el explosivo mundo de la prensa y las redes sociales, al venteo público de la enfermedad o incluso de la posibilidad de padecer la enfermedad. Y dejo claro que toda esa información es muy buena para la prevención, siempre y cuando no se convierta en histeria. Divulgación seria, objetiva, científica, cerrando la puerta en lo posible a la charlatanería y el mercantilismo sanitario. Mírese, entre otros buenos ejemplos, el de la actriz norteamericana Angelina Jolie y su doble mastectomía preventiva.

Ella lo explicó así: «I choose not to keep my story prívate because there are many women who do not know that they might be living under the shadow of cancer. It is my hope that they, too, will be able to get gene testing, and that if they have a high risk they, too, will know that they have strong options».

Y el empleo extendido de los estudios genéticos personalizados es una buena, y nada lejana ni demasiado costosa (cada vez lo será menos) opción.

Otra doliente, de otros traumas, enfermedades y cirugías sin cuento, la activista política y artista mexicana Frida Kahlo, nos dejó, entre otras muchas obras, esa escalofriante pintura que es La columna rota. Autorretrato con un corsé de acero, donde sufrimos con ella el enclaustramiento y prisión de ese par de hermosos pechos nacidos y crecidos para criar (no pudieron) y para dar placer. Y lo dieron, sí, y probablemente lo recibieron, pero a qué precio.

Si pongo a un lado la enfermedad, a la que he dedicado muchos años de estudio y con la que he tenido que lidiar profesionalmente, pero que no me gusta, seguiría estudiando y revisando este tema mucho tiempo más. Pero no se puede, que (casi) todo debe terminar un día y este ensayo no está exento de eso.

Terminemos entonces, pero no sin antes echarle un amable y orgulloso vistazo a los pechos femeninos cubanos, esas tetas gloriosas que al igual que el son y el agua salada y tibia del mar Caribe llevamos metidas en algún fragmento del ADN cubiche.

Hojee, revise, relea y mire viejas revistas y catálogos de pintura; se va a sorprender de cuánta belleza y cuánto arte tuvimos en Cuba hasta que nos volvimos, a golpes de UMAP, trabajos voluntarios y púdicas tijeras, puritanos. ¿Puritanos? Bueno, sí, puritanos, que es sinónimo de hipócritas. Pero vamos a lo nuestro.

El villareño Carlos Enríquez, uno de los grandes de la denominada primera vanguardia pictórica cubana, fue un purista de las bellas tetas, pero de ninguna manera fue el único. Pintores y escultores como Leopoldo Romañach, Ramos Blanco, Mario Carreño, Antonio Gattorno, Mariano Rodríguez, Roberto Fabelo, Suandy Enrique Guerra y Denis Núñez Rodríguez también lo fueron, entre muchos otros, o lo siguen siendo hoy. Y lo serán, porque esos dos bellos atributos no pasarán nunca de moda, a menos que los robots vengan sin tetas.

Y no olvidemos la fotografía, ese arte que nos asalta cada día, y que cada día practicamos más nosotros mismos ya ni sabemos con cuántos artefactos a nuestro alcance.

Mencionaremos solo dos ejemplos y pudiéramos hablar de veinte, o treinta, o más: Uno es el cubano, residente ahora en Colombia, Félix Antequera, un artista de la composición fotográfica y un provocador, y lo es porque asociar pechos espectaculares con una arquitectura, decrépita y triste, que nos trae tantos recuerdos es provocar ¿o no?

El otro, que es un clásico desde hace mucho tiempo, es Korda (Alberto Díaz Gutiérrez). Sobre todo, en este caso que nos ocupa, el Korda de antes, el de las bellísimas —estoy tentado de decir buenísimas— modelos como Norka y tantas otras que le hacían la vida liviana a nuestros predecesores.

Vienen a cuento, como despedida, los versos de una mujer, la matancera Carilda Oliver Labra, que como es usual en ella, habla de sí misma y sus amores «desordenados»: «Me desordeno, amor, me desordeno / cuando voy en tu boca, demorada, / y casi sin por qué, casi por nada, / te toco con la punta de mi seno. / Te toco con la punta de mi seno / y con mi soledad desamparada; / y acaso sin estar enamorada / me desordeno, amor, me desordeno».

O estos otros: «Te mando ahora a que lo olvides todo: / aquel seno de nata y de ternura, / aquel seno empinándose de un modo / que te pudo servir de tierra dura».

Ahora sí, hay que terminar, pero… espere un momento… ¿se acuerda usted, querido lector cubano que peina algunas canas, de aquellas mujeronas extraordinarias que, como las explosiones termonucleares, ocasionaban terremotos? Sí, por supuesto, hablo de las criollitas de Wilson (Luis Felipe Wilson Varela).

¿Se acuerda? Pues qué bien. Se acabó lo que se daba, y «a lo hecho pecho».


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Gabrielle d'Estrées (1571-1599), amante del rey Enrique IV (1553-1610), y, probablemente, una de sus hermanasFoto

Gabrielle d'Estrées (1571-1599), amante del rey Enrique IV (1553-1610), y, probablemente, una de sus hermanas. Pintor desconocido.