Actualizado: 20/07/2018 16:13
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Cine israelí, Cine, Arte 7

Pérez Prado en el desierto

Estamos ante una película de gran valor visual, pero donde a veces se estiran demasiado ciertas situaciones en detrimento de la fluidez narrativa y a ratos resulta machacona

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En un filme repleto de secuencias meticulosamente compuestas, de vigorosa fuerza visual, hay una que destaca y es, a la larga, definitoria. En un remoto punto de control, en una zona desértica y desolada, en la cual cuatro jóvenes soldados pasan su tiempo subiendo y bajando una vara para dejar pasar algún que otro vehículo que pasa de vez en cuando, un solitario camello se acerca y la vara se levanta para que continúe su camino en una delgada carretera que parece extenderse al infinito, mientras la banda sonora explota con ¡Qué rico el mambo! Y el camello impávido sigue de largo.

Foxtrot es el segundo largometraje de Samuel Maoz (Israel, 1962), un hombre marcado por su experiencia en la guerra del Líbano de 1982. De esa experiencia surgió su primer largometraje, Lebanon (2009), que le valió el León de Oro en el Festival de Venecia. Era un filme sobre unos soldados en una misión de requisar un pueblo lejano en el Líbano. En él expresa su visión de lo absurdo de la guerra, de la situación del hombre común involucrado en la Historia y enfrentando situaciones para las cuales no solamente no está preparado, sino que no tiene tiempo para prepararse.

En su segundo filme, que habita un universo, más que un teatro, del absurdo, la guerra y sus consecuencias vuelven a ocupar un lugar preponderante. Dividida en tres secciones, Foxtrot comienza de manera contundente y con gran impacto. Una mujer abre la puerta de su apartamento, y no vemos a quienes ella ve, pero las voces suenan graves y disciplinadas, la mujer, sabiendo que es una mala noticia, se desmaya antes que le digan nada. Luego, vemos al marido sorprendido y a dos soldados que le inyectan un calmante. Le comunican la muerte de su hijo, destacado en un punto remoto al norte de Israel. Acto seguido se mezclan las abruptas reacciones emocionales con los protocolos estrictamente estipulados por el código militar para manejar estas situaciones. Los resultados son inevitablemente tragicómicos.

Cinco horas más tarde se enteran de que todo fue un error. Quien murió fue un militar del mismo nombre, pero no el hijo de Mijail y Dafna, que así se llaman los personajes principales. Mijail, el padre, monta en cólera y mueve sus amistades poderosas para sacar a su hijo inmediatamente de donde está. El también estuvo en la guerra y sufrió una experiencia traumatizante de la cual aun no se ha recuperado y de cuya naturaleza no nos enteraremos hasta el final del filme.

En la segunda sección, se nos introduce al mundo de ese apático puesto lejano, donde languidecen los cuatro jóvenes, hasta que la violencia inesperada y azarosa irrumpe. Ahí se encuentra Jonathan, el hijo de Mijail y Dafna, que se ve involucrado en un hecho cruel e imprevisto, que le cuesta la vida a unos jóvenes palestinos. Hasta entonces, los jóvenes soldados se dedicaban a atormentar gratuitamente a quienes tenían que pasar por el puesto. Para ellos era un juego para matar el aburrimiento, hasta que el juego se convierte en tragedia.

Entonces llega un militar de alto grado quien recibe la orden de dejar ir inmediatamente a Jonathan, a solicitud de un general amigo de un amigo de Mijail. De ahí pasamos a la tercera sección, en la cual encontramos a dos deprimidos y deteriorados Mijail y Dafna, y en ella se explican las razones, así como la solución a las dos primeras secciones.

Foxtrot es un filme de gran valor visual. El defecto es que Maoz a veces estira demasiado ciertas situaciones en detrimento de la fluidez narrativa y a ratos resulta machacona, extendiéndose en secuencias innecesariamente explicativas.

El veterano actor israelita Lior Ashkenazi (Footnote, 7 Days in Entebbe), como Mijail, ejecuta su papel con gran fuerza dramática. No necesita hablar y con pequeños gestos expresa cabalmente una variedad amplia de estados de ánimo. La actriz francesa Sarah Adler (Notre Musique) también asume su rol con ímpetu dramático y economía de recursos.

El conjunto de la banda sonora, la fotografía de Giora Bejach (quien también trabajó con Maoz en Lebanon) y las actuaciones de todo el elenco, se conjugan perfectamente para desarrollar los contrastes entre las emociones y los protocolos establecidos con frialdad notarial por las autoridades militares, entre la volatilidad de una paz basada en arreglos parciales y la explosividad repentina de la violencia subyacente.

Maoz construye un guion con cuidado, es una forma de psicoterapia para él mismo y un desesperado aviso sobre la peligrosidad de las tensiones no resueltas y la falta de interés que las instituciones estatales tienen en el bienestar del individuo. El foxtrot, según cuenta Maoz, es un baile de cuatro pasos en el cual no importa cómo se empiece, siempre se termina en el mismo lugar. Es una especie de Sísifo subiendo la loma a rito de mambo. Es quizá, como recurre la Historia.

Foxtrot (Israel/Suiza/Francia/Alemania, 2017). Guion y dirección: Samuel Maoz. Director de fotografía: Giora Bejach. Con: Lior Ashkenazi, Sarah Adler, Yonaton Shiray y Shira Haas. De estreno limitado en todo Estados Unidos.


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