Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Premio Nacional Cubano (?) de Artes Plásticas

Los inhabilitados de ser propuestos al premio nacional que distingue a los pintores cubanos son muchos, debido al anacrónico y discriminatorio requisito de tener que residir en la Isla

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Se adviene como cada año los meses de otorgar el Premio Nacional de Artes Plásticas de Cuba. Homenaje instaurado en 1994 para jerarquizar a los mejores artistas plásticos cubanos, en reconocimiento a sus trayectorias artísticas. Este significativo premio ha sido conferido a excelentes artistas como Raúl Martínez, Alfredo Sosabravo, Manuel Mendive, Pedro Pablo Oliva, Roberto Fabelo, Eduardo Ponjuan, entre otros. Su otorgamiento debería constituir una oportuna coyuntura para celebrar a los mejores artistas cubanos, por su contribución al patrimonio cultural. Premios nacionales similares usualmente se traducen en momentos de aglutinador regocijo y orgullo nacional. Otros países lo otorgan también con el mismo objetivo, aunque con diferentes requisitos.

Lamentablemente un requerimiento para ser acreedor del premio consiste en que el artista tiene que residir permanentemente en Cuba. ¿No es este requisito más que otro motivo discriminatorio y arbitrario para dividirnos a nosotros, los cubanos? Esta arbitrariedad es solo el castigo impuesto por un rencoroso gobierno a los artistas que decidieron dejar la Isla. El auténtico objetivo de este premio debería ser reconocer el legado artístico de los mejores exponentes del arte cubano, dondequiera que hayan decidido vivir durante parte de sus vidas. El lugar de residencia no debería constituir una variable significativa para medir la trascendencia artística, ni menos la proyección nacional e internacional de sus creadores.

Reconocidos artistas cubanos han fallecido fuera de la Isla. El hecho de vivir fuera de Cuba los inhabilitó potencialmente de ser considerados al premio nacional. Vienen a la memoria artistas como López Dirube, Antonia Eiriz, Cundo Bermúdez, Rafael Soriano, Emilio Sánchez, Agustín Fernández y Mario Carreño. Todos con una extensa carrera artística, dejaron de algún modo un legado importante en la plástica cubana. El hecho de haber decidido emigrar a otras tierras los hizo acreedores de la ignominia y del olvido en su madre patria. Sus nombres fueron borrados de los anales de la historia del arte cubano, y sus obras en lugares públicos en ocasiones destruidas o retiradas. Excepcionalmente este premio fue entregado en 1995 al gran escultor Agustín Cárdenas, luego que este regresara definitivamente a Cuba tras su estancia en París por 40 años.

Carreño sería un buen ejemplo que creo hubiera satisfecho las exigencias del jurado evaluador. Estudió e impartió magistrales clases en San Alejandro. Sus pinturas fueron incluidas en la importante exhibición de “Pintores Cubanos Modernos”, efectuada en 1944 en el MOMA de New York. Perteneció a esa gran generación de la Vanguardia que distinguió por primera vez internacionalmente la impronta de un arte inequívocamente cubano. Sus experimentos con la técnica de ducos engendraron trascendentales piezas como “Danza Afrocubana” y “Los cortadores de caña”. Con una amplia trayectoria artística por la pintura abstracta, figurativa y surrealista, dejó una huella importante en la plástica cubana. Aunque en 1993 se le expuso una excelente retrospectiva de su trabajo en el museo de Bellas Artes de La Habana, nunca fue considerado al premio en cuestión pues residía en Chile. País donde vivió por muchos años, y donde recibió la mayor condecoración artística en el Premio Nacional de Arte de Chile.

Difícil encontrar en la actualidad un artista más respetado por colegas, coleccionistas y admiradores del arte que Tomás Sánchez. Después de sus inicios de distintivo estilo expresionista, revolucionó la historia del paisajismo en Cuba tras recibir en 1980 el primer premio del “Concurso Nacional de Paisaje Leopoldo Romañach” y el “XIX Premio Internacional de Dibujo Joan Miró”. Rescató esa temática ya decadente, y la radicalizó conceptualmente de una manera que el discurso pictórico de un paisaje nunca más fue el mismo.

Más allá de su gran manejo técnico de rigor, el gran oficio intelectual y la espiritualidad de Sánchez le permiten crear paisajes idílicos que fueron precursores de una nueva escuela paisajista. Una espiritualidad influenciada por sus prácticas de meditación y yoga, las cuales de alguna manera lo marginalizaron en Cuba. Sus paisajes, aunque actualmente se inspiran en las selvas costarricenses, se inspiraron inicialmente en las orillas, manglares, presas y montes cubanos.

Prolífero y multifacético artista, Sánchez ha incursionado en géneros tan disímiles como pintura, fotografía, grabado, joyería, diseño escenográfico y cerámica. Comprometido a la preservación del medio ambiente, nadie ha logrado la simbiosis de un mensaje ecologista en un arte tan puramente depurado como lo ha logrado este gran maestro. Merecedor del premio nacional por la trascendencia conceptual-estética de su pintura y por su aporte al patrimonio cultural cubano.

José Bedia es otro gran artista cubano, que reside en Miami desde hace años. Su arte se inspira en las religiones afrocubanas y tradiciones indígenas de África, América y el Caribe. Desde un enfoque antropológico se ha nutrido de los arquetipos y semiótica de esas culturas. Pocos artistas cubanos han volcado una curiosidad intelectual y espiritual a su discurso pictórico de una manera tan prolífera y congruente. Su arte ha recorrido las bienales de La Habana, Sao Paulo, Venecia y Beijing, recibiendo importantes premios y distinciones.

En Miami, el arte de Bedia enriquece visualmente plazas, parques, rotondas peatonales y edificios públicos. En el centro de artes escénicas de esta ciudad adornó magistralmente los pisos de terrazo y balcones con su original iconografía (En unos de estos balcones hasta se puede divisar un Nganga, recipiente sagrado de la cultura afrocubana Palo Monte). Su participación en la exposición Volumen Uno lo hizo partícipe de una generación que rompió dogmatismos estéticos y temáticos, poniéndolo a la cabeza de una neo vanguardia que inspiró y propulsó un nuevo arte cubano.

Los inhabilitados de ser propuestos en un futuro al premio nacional son muchos, debido a este anacrónico y discriminatorio requisito. Algunos en plena madurez creativa, otros quizás en el ocaso de extensas y exitosas carreras. Sus trabajos son reconocidos en importantes exposiciones y adquiridos por prominentes museos.

La lista puede ser extensa e incluye a excelentes artistas como Alexandre Arrechea, Carlos Luna, Carmen Herrera, Flavio Garciandía, Luis Cruz Azaceta, Carlos Estévez, Ricardo Brey, Humberto Castro, Gustavo Acosta, Rubén Torres Llorca, Zilia Sánchez, entre otros.

Reconocidos artistas cubanos como Julio Larraz y Enrique Martínez Celaya estudiaron y desarrollaron sus carreras en el exilio, pero sus primeras experiencias e inquietudes artísticas surgieron en su país natal. Son reconocidos como grandes artistas cubanos en los rigurosos circuitos del arte internacional.

Aunque todos se han convertido en artistas globales, el premio nacional cubano de artes plásticas constituiría un merecido reconocimiento a sus trayectorias creativas. Más que el superfluo premio que no buscan en su diario afán de crear buen arte, es la reivindicación de un espacio que les pertenece. Una genuina oportunidad de optar junto a sus colegas que viven en la isla, solo aportaría validez y legitimidad al premio nacional. Este debería ser un premio otorgado por la sociedad cubana, no el estado. Para reconocer las excelentes trayectorias artísticas de los cubanos, los nacidos en Cuba. Más que un privilegio, es un derecho.


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