Actualizado: 22/02/2018 13:46
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Literatura, Biografía, Historia

Recordando a Stefan Zweig

Zweig escribió obras icónicas de la cultura europea y mundial

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“El recuerdo de todo hombre es su literatura privada”

A todos los que nos apasiona leer también nos gusta recordar con placer y algo de nostalgia, aquellos libros que alguna vez, hace muchos años, llegaron a nosotros con el misterio y el deslumbramiento de los primeros amores adolescentes.

Autores como Julio Verne, Emilio Salgari, Alejandro Dumas, Arthur Conan Doyle, Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Daniel Defoe, Charles Dickens, Herman Melville, Jack London, Sir Walter Scott, Agata Christie, Herminio Almendros y Antoine de Saint-Exupéry nos abrieron las puertas de una aventura que suele ser, casi siempre, más entretenida y misteriosa que la vida misma y nos ayudaron también a dar los primeros pasos por un ancho camino que está siempre abierto para nosotros y que nunca termina, el amable y generalmente adictivo (para mí, por lo menos, lo es) camino de la lectura.

Después vinieron otros autores, otros libros, otros géneros quizá más complicados o especializados, más información, vivencias y preferencias cambiantes, nuevos gustos, opiniones, modas, en fin, ese paisaje alucinante y sin orillas de la buena —e incluso la regular y hasta la mala, que todos tenemos vicios ocultos— literatura.

Pero en mi caso, y estoy seguro que en el de muchos otros, tan precozmente como en la adolescencia, se hizo presente un autor que nos tendió una mano cálida y nos mostró con una prosa impecable, soberbia, aparentemente sencilla, pero de una perfección poco común, el fascinante mundo de la historia. No la historia fría y árida de los archivos, las estadísticas y los legajos llenos de polillas sino la historia del corazón humano, con sus heroísmos y sus maldades, con sus grandes pasiones y sus odios profundos, con sus ansias de poder y sus finales abruptos y muchas veces trágicos.

Ese autor nos narró la historia como aventura, no como recuento cronológico y áspero de acontecimientos acumulados uno sobre los otros que nos dejan las acciones y motivaciones humanas sin explicaciones ni certezas. Un escritor, de los buenos, que nos contó la entrañable historia que no vivimos pero que perfectamente pudimos, o deseamos, haber vivido.

Ese autor, ese amigo, que en mi caso hizo brillar para siempre en mi cabeza el amor por la historia y la biografía bien escrita, como ya ustedes deben haber adivinado, es el poeta, dramaturgo e historiador austríaco Stefan Zweig (1881-1942). Fue Zweig un hombre de otra época, un humanista al viejo estilo renacentista que cometió el pecado involuntario de nacer en un medio social elegante, refinado, culto y para colmo, judío. Y crecer y hacerse hombre, y escritor, exactamente en el momento en que ese mundo se desmoronaba justo delante de sus ojos ante los golpes del fascismo, del nazismo y del comunismo, esas tres grandes lacras ideológicas del siglo XX gestadas y paridas, las tres, en Europa.

Fue Stefan, un hombre que prefirió el exilio de su mundo europeo, algo que tiene que haber sido desgarrador para él, y luego el suicidio, el exilio definitivo de entre los humanos, antes que rendir su pluma y su mente a los poderes totalitarios que desgarraban a mordidas el mundo que él amaba.

Leer su autobiografía: El mundo de ayer, publicada en Estocolmo poco tiempo después de su muerte, es, además de una experiencia estremecedora, un recorrido por una Europa brillante y culta, como él mismo, pulverizada por la guerra y la traición a los grandes principios e ideales —aceptemos de entrada que bastante utópicos y algunos ya definitivamente caducos— de políticos pusilánimes y sin conciencia. Una Europa que podrá recuperarse algún día y ser distinta, tal y como él no llegó a ver, pero que nunca volvería ya a ser la misma que Stefan Zweig vivió y amó como pocos.

Zweig no escribió libros de corto vuelo para ocupar espacios, no, escribió obras icónicas de la cultura europea y mundial. Traducido a decenas de idiomas, reeditado miles de veces, pocos autores fueron reconocidos internacionalmente, y leídos por millones de personas comunes y corrientes, el premio mayor de un escritor, como lo fue Stefan Zweig en su época y mucho después de su época.

Como novelista, dramaturgo y poeta de éxito, que lo fue, y muy bueno, Zweig no trascendió al futuro: Jeremías; La casa al borde del mar; Cuerdas de plata; Las primeras coronas; Ardiente secreto; La estrella bajo el bosque; En la nieve; El amor de Erica Ewald; La marcha; La cruz; Leporella; Carta de una desconocida; Amok o el loco de Malasia; Los ojos del hermano eterno; La confusión de los sentimientos; La piedad peligrosa; Buchmendel, Novela de ajedrez y Veinticuatro horas en la vida de una mujer, son buenos libros de ficción hoy olvidados, exceptuando quizás los dos últimos, que de vez en cuando se reeditan en cortas tiradas. Son obras que retratan, con acierto y muy cuidada y fina poesía o prosa, una época y unas peripecias humanas que ya, tanto tiempo después, no nos dicen casi nada.

Pero por razones que no son fáciles de explicar —otros autores contemporáneos de él han escrito con la misma calidad y sobre temas tan o más interesantes y no han perdurado con el mismo éxito— Zweig se convirtió en un verdadero monstruo de ventas de un género bastante denostado hasta entonces y en general poco confiable, la biografía.

Los personajes que escogió Zweig para adentrarse y husmear en sus vidas y obras con olfato de psicólogo avezado son interesantes por sí mismos, pero no puede dudarse que el austríaco los hizo aún más interesantes, y conocidos, en sus libros. Emile Verhaeren, la biografía, la primera que escribió, del poeta modernista belga publicada en 1910, es un buen ejemplo de un libro que supera en conocimiento público y fama al biografiado.

Pero de aquí en adelante los personajes crecen en importancia histórica y el reconocimiento internacional, y la fortuna de Zweig, crecen con ellos: La curación por el espíritu (biografías cortas del hipnotista Franz Mesmer, la fundadora de la Ciencia Cristiana, la norteamericana Mary Baker Eddy y el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, su contemporáneo); Americo Vespucio,la historia de un error histórico; María Estuardo; Erasmo deRotterdam; Conquistador de los mares: la historia de Magallanes; Romain Rolland, el hombre y su obra; Paul Verlaine; Tres Maestros: Balzac, Dickens, Dostoievski; Castellio contra Calvino; Momentos estelares de la Humanidad (pequeñas historias acerca de eventos que cambiaron la historia: La conquista deBizancio, la Marsellesa, Waterloo, el tren sellado de Lenin y otros); La lucha contra el Demonio: Holderlin, Kleisty Nietzsche; Tres poetas de su vida: Casanova, Stendhal, Tolstoi (publicados a veces por separado) y Montaigne, una biografía del creador del ensayo que Zweig no llegó a terminar.

Pero en estas incompletas listas faltan dos volúmenes, a propósito, los hemos dejado para el final, magistralmente escritos y emocionantes como dos buenas novelas de aventuras al tiempo que productos de una bastante concienzuda investigación histórica y de un conocimiento profundo de la época en que se desarrollan.

Dos obras que se siguen leyendo y vendiendo hoy como se leyeron y vendieron hace alrededor de noventa años (1929 y 1932), justo cuando salieron de la imprenta por primera vez. Dos obras que marcaron, creo que, para bien, mi juventud tal y como marcaron la juventud de mis padres y creo marcarán de alguna manera, quizás pequeña pero recordable, la juventud de mis hijas y mis nietos.

Me refiero, por supuesto, a Fouché, el genio tenebroso (1929) y María Antonieta (1932), las dos biografías más leídas, vueltas a leer, traducidas, editadas y reeditadas de las escritas por Stefan Zweig.

José Fouché, el peligroso y ladino personaje francés, fue escogido por Zweig buscando un paradigma de la inmoralidad política, pero dejando claro, pudiéramos decir que es en cierto modo el corolario del libro, que esa inmoralidad y falta de principios —excepto el inalterable principio de mantenerse en el poder y sobrevivir a toda costa— y la capacidad camaleónica de Fouché para servir tanto al terror revolucionario, al consulado, al Imperio napoleónico y luego a la corona que él mismo ayudó a liquidar y luego a restaurar, eran sinónimos de pura y simple “política”, ese arte de lo posible que dicen dijo Leibniz. Zweig quiso advertir a sus conciudadanos, mediante la biografía de un gran hipócrita, de los peligros de los ismos en ascenso en su querida Europa y de la falta de una respuesta coordinada y seria a ellos, pero lamentablemente se quedó muy corto. Los Franco, Mussolini, Hitler y Stalin que se veían venir —el segundo, Mussolini, ya estaba al frente del gobierno italiano y el último, José Stalin, también lo estaba al frente del soviético y a punto de comenzar las grandes purgas— terminarían por destruir, sin los rasgos sutiles y la elegancia verbal de Fouché, esa Europa ya tan frágil y obligarían al propio Zweig a abandonarla para siempre.

El Fouché de Zweig no es un gran libro desde el punto de vista estrictamente académico pues el austríaco no tenía el tiempo ni el deseo de llevar adelante una investigación documental profunda ni un recorrido extensivo por las fuentes históricas de más difícil acceso. Se le ha achacado ese defecto por los puristas de la historia documental. Pero la obra sí es un magnífico estudio psicológico de un canalla y un extraordinario fresco de la época. Y es, sobre todo, un libro soberbiamente bien escrito.

María Antonieta, que es en propiedad una biografía, pero perfectamente pudo haber sido una magnífica novela de corte histórico, nos narra la trágica historia de la princesa nacida en Austria (vienesa como Zweig) a la que casaron a los catorce años, sin haberlo visto nunca antes, con Luis Capeto de Francia, más conocido por Luis XVI, el rey cerrajero (ese era su hobby) derrocado primero y ejecutado poco después por la Revolución Francesa.

Una joven pizpireta y despreocupada, así la criaron en la corte de sus padres, que detestaba la política y cometía torpezas todo el tiempo, pero que al verse envuelta en el huracán revolucionario ganó en madurez y orgullo, sobre todo al ser separada a la fuerza de su único hijo y convertirse en viuda y luego en la “prisionera # 280”, una de las tantas condenadas a muerte durante el terror. La única reina, por cierto, que ha puesto su frágil y esbelto cuello en esa rápida y eficaz máquina creada por dos médicos con ideas humanitarias llamada, precisamente por el apellido de uno de ellos, guillotina.

Que el dolor profundo, nos enseña Zweig, hace a veces cambiar a la gente para bien independientemente de que los resultados sean, o no, funestos.

Que quede claro que Stefan Zweig no fue un historiador en el sentido rigurosamente académico de la palabra, fue, eso sí, un hombre de extraordinaria cultura y un escritor de cualidades literarias excepcionales. Zweig es, en esencia, mirándolo con los ojos de hoy, un escritor de magníficos bestsellers, pero a diferencia de la mayoría de estos autores, sus libros no pasan de moda y se pierden, como tantos, en el olvido. Al contrario, como estudian el alma humana, más que hechos pasajeros y circunstanciales, permanecen y siguen brindando enseñanza especialmente sobre el comportamiento humano. Quizás ese sea el secreto de la perdurabilidad de un escritor que no parece envejecer con los años.

Zweig, a diferencia del cínico Fouché, pero sí como María Antonieta, terminó su vida trágicamente. Falto de fe en las democracias occidentales y en los valores de la Europa que daba por perdida, no tuvo el valor de soportar la larga guerra que pensó terminaría con el triunfo del nazismo. El 22 de febrero de 1942, en la ciudad brasileña de Petrópolis, él y su esposa Elisabeth Altmann, después de poner en orden todas sus cosas, incluyendo entregar su perro a una familia escogida, se suicidaron con cianuro.

Se despidió con las siguientes palabras: “Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”

Nos abandonó en plenitud de facultades, es verdad, pero nos quedaron, y nos quedan, y nos seguirán quedando, creo, sus formidables biografías.


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