Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Música

Reinvención del género

Boleros perdidos, el disco que acaba de lanzar en Miami el violinista y compositor Alfredo Triff.

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Una porción apreciable de la cosecha artística del sujeto exiliar cubano sugiere que éste, en la dinámica de la creación, asume la identidad con un nuevo enfoque donde lo raigal se recicla a partir de la exposición al cosmopolitismo y la incorporación de la experiencia diaspórica. Una actitud que lo predispone al rescate de una cubanidad menos fundamentalista, despojada de los prejuicios de la insularidad exacerbada.

Boleros perdidos (dadaMIAMI, 2006), el disco que acaba de lanzar en Miami el violinista y compositor Alfredo Triff, acompañado por un grupo de prestigiosos músicos, le imprime fuerza a dicha tesis. El álbum, un concepto madurado por Triff a lo largo de casi cinco años, tuvo su punto de inspiración durante la residencia temporal del autor en Sao Paulo, luego de haber obtenido una beca.

El propio músico nos explicó que Sao Paulo de noche le significaba una ciudad especialmente sugestiva, "era como descubrir una síntesis entre La Habana y New York. Pero además, el intenso sentimiento del choro paulino y su difícil ejecución es impactante para la sensibilidad musical. Cuando regresé a Miami ya tenía la mayor parte de las piezas escritas. Antes de irme, había escuchado al Pove [Roberto Poveda] y su voz me pareció perfecta. La idea era empujar un poco la frontera del bolero y crear una atmósfera casi cinematográfica".

Desde ese concepto se estructuró un proyecto poco ortodoxo, que conjugaba una manera desarticulada de recrear el bolero a partir de cierto enfoque teatral con una interpretación vocal sin los edulcoramientos que caracterizaran históricamente al género. La propuesta asomó por primera vez en el Bass Museum y resultó un éxito. Triff había logrado reunir un grupo de talentos que fueron moldeando el acabado artístico de la idea original. Decidió probarlo como espectáculo en Hoy Como Ayer, de Calle 8, y durante cuatro semanas se abarrotó el lugar para presenciar aquel performance alucinante donde la voz bronca de Poveda convocaba a la intimidad cuando entonaba una colección de boleros enrarecidos por las escabrosas disonancias y portadores de una poesía coloquial, sin artificios. A diferencia de las letras del bolero tradicional —donde los argumentos prescinden de elipsis—, esta va comunicando un sentimiento que gotea directamente desde el inconciente hasta el punto casi de la irracionalidad.

La estructura musical resultaba ser una condensación de elementos asimilados desde la bolerística criolla, el feeling, la música brasileña, el blues, la chanson, la musette y la balada, en tanto el desenvolvimiento instrumental en los solos y las improvisaciones derivaba hacia el montuno, la guaracha, el rock y el jazz. La crítica reaccionó sorprendida y favorable a este bolerismo de nuevo tipo y fue entonces que Triff se percató de que la idea valía llevarla a un estudio de grabación.

Para tal empresa contó con el apoyo de tres colaboradores fundamentales: el tecladista Raúl Murciano, quien sería el encargado de la mezcla, Zlatan Nikolic, un virtuoso de la consola que fungió como ingeniero del proyecto (ambos coproductores junto a Triff), y el fotógrafo Pedro Portal, coautor del diseño de la cubierta junto a Luis Soler y copartícipe en la promoción del compacto. Finalmente, el disco recién acaba de cuajar con su lanzamiento en el mismo club nocturno donde adquiriera trascendencia como intención, en medio de otra enardecida presentación acogida por un público entusiasta.

Los nortes habaneros

Cada una de las dieciocho provocativas piezas del CD, desde la nostálgica Olvido, una melancólica reflexión que abre el disco tensándose entre el absurdo y lo posible, hasta el tierno onirismo de Otra noche, una aventura melódica cuyas evocaciones viajan del trópico a París y que remata hermosamente la selección, todas resultan ser una invitación a noctambular más allá de la ancestral ruta de cantinas y victrolas, para adentrarse en la experimentación instrumental urdida por la sólida formación que, como compositor, arreglista y director, caracteriza la labor de Triff.

Se percibe en toda esta recreación triffiana referencias de cierto segmento generacional. Una heredada del París de los sesenta y los setenta que se escurriera subrepticia y fugaz por La Habana a través de Sartre, el Salón de Mayo o de la música episódica de los filmes que acompasaron el paso de los cinéfilos, aquella generación de Delones y Catherines con sus manos enfundadas en los nortes habaneros.

En Boleros Perdidos hay flujo subconsciente de Eric Demarsan (el favorito de Melville), Francois de Roubaix ( Le Samourai), Francis Lai ( Vivre pour Vivre) y de los arrebatos de Gainsbourg. También se filtran los sonidos del ambiente musical habanero de entonces: Meme Solís, la Strada, Bola de Nieve, José A. Méndez, Bobby Carcasés… Rastros del atrincheramiento existencial que describiera Desnoes bajo la barahúnda socialista. Boleros Perdidos es un desquite intelectual y afectivo. Tiene de Sao Paulo, pero también de Manhattan y de las urbes mediterráneas. Es La Habana que pudo haber sido y que no fue y que se reinventa en la poetización de los nuevos territorios de permanencia.

Las letras, textos de tono confesional, casi instintivos diríase, en su mayoría son del propio Triff, aunque se cuentan también temas de las escritoras Rosie Inguanzo y Marta Padilla. Una versión de Convergencia, de Bienvenido Gutiérrez y Marcelino Guerra, establece un vínculo contextual que apunta al respeto y continuidad de la obra de los clásicos, mientras que la bolerización del poema Reloj, de César Vallejo, refuerza la compatibilidad entre lo popular y el alto vuelo estético que se advierte en el disco.


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