Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado (IV)

Última entrega de un texto que ha aparecido en varias partes

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Lo negro de la leyenda

Se ha hablado mucho de sus poemas y de sus ensayos, sobre todo de Calibán y sus muchas transformaciones y travestismos. Digamos que fue un texto que fue “creciendo con el tiempo”, adaptándose a las cambiantes circunstancias. Algo parecido a lo que ocurrió con Elpidio Valdés, el personaje de aquellas primeras gozosas historietas de Juan Padrón, que de mambí enemigo de los “gallegos”, se ha convertido —empresarios inversionistas hispanos mediante, encabezados por los hoteleros de Meliá— en un simpático colaborador de los rayadillos españoles, solidarios amantes de la libertad contra el Tío Sam…

Pero ahora no hablaré de Calibán, que es la otra Biblia de la izquierda latinoamericana junto con Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. En ese contexto, la obra de Retamar sería como El Viejo Testamento, y la del uruguayo los Evangelios, la Verdad revelada, o El Nuevo Testamento.

Como este año 2019 se cumple el medio milenio de la llegada de Hernán Cortés a México, iniciando así la conquista del imperio azteca, he vuelto sobre un ensayo de RFR publicado en 1976, muy interesante y revelador, titulado “Contra la leyenda negra”; según Graziella Pogolotti, es “un repaso” que lo conduce a “la redención de Calibán”, aunque éste fue calificado después por el mismo autor como “un montón de palabras airadas”. Más que “texto provocador y riguroso” este ensayo es feble e insultante, como se verá.

Siendo un hombre cultivado que amaba profundamente a España (un gran amigo extremeño me ha contado recientemente de sus divertidas andanzas hace unos años por la cuna de los conquistadores, en compañía de su esposa y el inefable Miguel Barnet), sin embargo, en este asunto de nuevo le ganó la puñetera ideología.

En medio de reflexiones interesantes y hasta inteligentes, no dudó en dividir tajantemente en dos a España, la buena y la mala, sin matices ni atenuaciones. Y tampoco sin apelaciones: muy revolucionariamente. En la primera, puso a Bartolomé de Las Casas y Francisco Victoria, y en la segunda, a todos los demás; absurdo reduccionismo maniqueo que sería justificado en cualquier otro que no tuviera la sólida cultura de RFR. Invito a leerlo de nuevo, porque sigue siendo en algunos momentos un ensayo propositivo y estimulante, aunque muy cuestionable.

En este estudio, con encendida ira anticolonialista, llama a Marcelino Menéndez Pelayo “un energúmeno”, a Ramón Menéndez Pidal (a quien el mismo García Lorca consideró “uno de los sabios más verdaderos de Europa”), “un paranoico reaccionario”; a Guillermo de Torre “un superficial”, y a Miguel de Unamuno un “irracional”.

Pero además en ese ensayo decretó sin apelación posible (ya fallecido Francisco Franco e iniciando la ejemplar Transición españolaa la Democracia), que “no hay porvenir occidental (=capitalista desarrollado) para España… España hoy es un país paleoccidental”… Es decir, en su visión, más que nunca, España era un país condenado inevitablemente a la ignominia, la miseria y el atraso, ubicado en las antípodas del desarrollo y el progreso. Ignoro cómo habrá asimilado Retamar que cuando falleció Francisco Franco Bahamonde el 20 de noviembre de 1975, el Supremo Dictador de la Isla, a quien debía obediencia, decretó cinco días de luto oficial, gesto amistoso de respeto que no tuvo ni con Mao Tse Tung casi un año después…

Contra la leyenda negra está firmado el 9 de junio de 1976, el mismo día de su 46 cumpleaños, así que no se puede alegar siquiera una absolutoria adolescencia febril e ignorante: ya estaba bien crecidito.

El maestro y la margarita

Roberto Fernández Retamar fue un maestro… y para hacerle justicia, debemos tomar a la larga su vida como una lección: no resultará muy original, pero sí ejemplar; es la vieja y triste historia del intelectual plegado al poder.

Sabemos desde Montaigne que “el intelectual es valiente hasta la muerte… exclusive”. Y conocemos también, porque hasta en el cine se nos muestra a través de películas como Mephisto (István Szabó, 1981), que cuando el artista se acerca demasiado al poder, le vende su alma; y en aquella memorable cinta clásica de Molière (Ariane Mnouchkine, 1978), algunos recordamos la escena cuando le preguntan a Descartes por qué abandona a sus discípulos parisinos y se marcha para Suecia: “Es que he notado —dice con perfecta sorna gala— que en Francia hay muchos policías y estos estos son incompatibles con la cultura y la ciencia”. Doy un salto atrás de 40 años: los que estábamos aquella noche en la única función de esa película en la Cinemateca cubana, allá por 1979, nunca olvidaremos el murmullo sordo, regocijado y creciente que, protegido por el anonimato de la oscuridad, retumbó en la sala cuando se escucharon esas palabras.

Octavio Paz advirtió varias veces (y en especial en el memorable Coloquio de Invierno de 1989) sobre el riesgo del intelectual demasiado próximo al poder, y recordó la sana distancia del artista con el príncipe, que recomendó Maquiavelo, y de cómo podía perder así su misión como conciencia activa de la sociedad y su inevitable prostitución. Si con la barroca novohispana Sor Juana Inés de la Cruz habló de las trampas de la fe, a los escritores contemporáneos los alertó de esas otras aún más peligrosas, las trampas del poder, que son una variante tan agresiva y peligrosa como la fe sin contención.

Mario Vargas Llosa (que estuvo casi a punto de convertirse en otro Borges e irse sin el Nobel), ha dedicado la mitad de su obra —la otra ha sido para escribir sus novelas— en advertir cómo el poder envilece, no sólo a quienes lo detentan, sino a quienes lo aplauden sin reserva ni criterio. En Cuba, lo más parecido que hemos tenido a un Paz y un Vargas Llosa fue Reinaldo Arenas, un poseído por la furia de la protesta, un ángel rebelde y terrible que, por castigar, se castigó hasta él mismo. La defensa del grito ante la patada es el derecho esencial de toda persona pensante, y más aún si es escribiente. Sobre Retamar dijo en carta a un amigo: “Ella es una policía cubano que traicionó a sus amigos más íntimos y los que la ayudaron al principio, desde Lezama hasta el pipisigallo… Una bruja. Pero ya está liquidada, por fea y por mediocre”.

El español Alfonso González Jerez, en La Opinión de la Coruña, publicó hace poco a propósito de Retamar, que fue un caso trágico, pues “renunció a su propia lucidez … primero por la esperanza, luego por un temeroso acomodo y finalmente por una desidia servil”. Y es que Retamar fue quizá el prototipo del pensador supeditado al poder, orgullosa y plenamente asumido como “intelectual orgánico”, después “inorgánico” y finalmente casi “hidropónico”: fue un hombre integral del “apparatchik” (¿“apparat-chick” —NDDV— o “appartat-shit” —AGA—?), en los estadios intermedios de la nomenklatura. Es un hecho que desde hace muchos años ya no se defiende la neutralidad de la cultura —ni siquiera la de la prensa— a partir de Erich María Remarque, Romain Rolland y la Baronesa Berta Von Suttner, y precisamente es ahora cuando brotan en medio de aquellas huestes más politizadas (que escupieron a Borges por su despectiva indiferencia al ruido público), los reclamos para la “neutralidad del intelectual” ante el poder, de los mismos que lo sirvieron más incondicional y abyectamente. Quienes antes impusieron implacablemente ese dogma, ahora —¿arrepentidos?— consideran hasta de mal gusto y poco elegante recordarlo y aún mencionarlo…

Más terminante y directo, el poeta y crítico Harold Alvarado Tenorio (Periódico Debate, 20 de agosto 2019), calificó a Retamar como un “testaferro cultural”, todo un “intelectual cicatero del castrismo”, y consigna minuciosamente la lista de los prebendados colombianos —y también venezolanos— auspiciados por la Casa de las Américas, regida por Haydée y Retamar (en realidad, si ella era el corazón, él era el cerebro), “esa agencia de sometimiento estalinista”. En cuanto a la relación de la Casa y el Boom, HAT recuerda: “Todavía hay quienes creen que el advenimiento del Boom de la Literatura de América Latina fue una secuela de la Revolución Cubana, la Casa de las Américas y las reediciones de Calibán, el tratado doctrinario de Fernández Retamar. Pero no es cierto…” Argumenta que mucha mayor importancia tuvieron Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma como promotores, así como el Premio Formentor y el Biblioteca Breve de Seix Barral, y también la agente literaria Carmen Balcells. En realidad, la “Casa de todos” fue concebida como un instrumento para captar adeptos intelectuales extranjeros, y como una activa estación para la inteligencia y contrainteligencia cubanas.

HAT también comenta la poesía de RFR:

“Su poesía está colmada de arquetipos que han usado bardos sin voz para presumir de líricos con coloratura, pero nada van dejando, porque esos tonos y esas voces y esos motivos son identificables en los originales (…) con el agravante de que, en él, con la absoluta conciencia del hechizo y la plena lucidez del tramposo, su poesía se fue componiendo como respuesta a cada momento de caída y culpa…”.

Recuerdo ahora la extensa carta[1] que ingenuamente le envió mi amigo Alexis Márquez Rodríguez a Retamar, cuando sintió en carne propia las “bondades” del socialismo chavista, que antes había admirado jubilosamente entre los cubanos (a distancia). Su misiva terminaba con una despedida casi pueril: “tu afectísimo amigo y compañero…”. Me preguntó en un mensaje qué le parecería su carta a Retamar, y le dije: “Simplemente, no sólo no te responderá, sino que a partir de ahora estás muerto para él, ya no existes. Nunca te contestará”. No me creyó.

Y así fue: nunca le devolvió una respuesta, a pesar de sus insistentes reclamos y protestas de buena fe revolucionaria. Alexis murió en 2015, amargado y apartado de Cuba y ya con 84 años en sus costillas, de los cuales dedicó más de 40 para apoyar la revolución de Castro, pero reducido a una condición casi mendicante en Venezuela: tristemente, no fue posible traerlo a México, donde me pidió que le buscara una posición mínima para pasar sus últimos días.

Habrá ahora que esperar por “los herederos de Retamar”, aquellos que reclamen los despojos de sus laureles. ¿Quién solicitará las cuerdas de su lira? ¿quién recibirá la corona del aeda? ¿Luisa Campuzano, la falsaria feminista? ¿Los incondicionales Iroel Sánchez, Eliades Acosta o Enrique Ubieta, que tantos méritos han acumulado en estos años, como reserva disponible de las nuevas huestes, esos pinos no tan nuevos y bastante retorcidos? Porque Ambrosio Fornet ya no está para estos trajines, mas su hijo Jorge es aún vigoroso, pero quizá resulta demasiado liberal… ¿El doppelgänger Luis Toledo Sande?

Creo que por las muchas virtudes y servicios que concurren en ella, la sustituta ideal sería Nancy Morejón: nadie mejor que ella para tomar la antorcha y seguir adelante en una inacabable y tenaz marcha, hacia ese futuro que como el horizonte cada día está más lejano e inalcanzable… Realmente, ella sería idónea… Aunque con la manía castrista de la perpetuación por interpósita vía, no resulta descartable ni aún la octogenaria Graziella Pogolotti. Pero eso sería como “ir del azafrán al lirio” … O al revés. Otros posibles: ¿Abel Prieto? ¡¿Fernando Rojas?! Ni pensar en Antón Arrufat, que anda muy contento y satisfecho, disfrutando al final de tantos años de paciente resignación, su fundación con atelier, boudoir coquetón, carro, chofer y hasta motocicleta para ver a The Rollings Stones, y ¡por fin un teléfono! (seguramente, hasta celular). ¿Quizás Pablo Armando Fernández, con sus tacitas de café y las casas de muñecas? ¿Quién se encargará ahora de la sobrevivida sobrevividera y ocupará la cómoda ergástula acondicionada y sanforizada?

A final de cuentas, ¿cuál podrá ser el epitafio de este cubano de “vida incandescente”? ¿Retamar “con sus mismas manos”? ¿“En su lugar Retamar”? “¿El que veremos arder?”… Porque ordenó no sólo que lo cremaran, según ya es costumbre general entre los jerarcas cubanos, sino que todavía no satisfecho, pidió arrojaran sus cenizas al mar, justo frente a la Casa que fue su Casa, y ahora es su vacío y desconcertado monumento en vida.


[1] De Alexis Márquez Rodríguez a Roberto Fernández Retamar, 5 de enero de 2003. En: Cartas en la batalla. Desde la razón a la desilusión. Editor: Harry Almela. Caracas, Alfadil Ediciones, 2004. Puede consultarse aquí.