Actualizado: 16/09/2019 12:05
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Roberto Fernández Retamar: el escritor demediado

Texto que aparecerá en varias entregas

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La muerte de todo personaje complejo —y eso fue sobre todo Roberto Fernández Retamar (RFR)— impone siempre una detenida reflexión y un balance ponderado de su huella en la tierra.

Realmente, se le debería considerar sólo como poeta y ensayista, pero ocurre que además fue un funcionario muy señalado dentro del régimen cubano. Como poeta, es obvio que nunca habría firmado una condena de muerte ni ordenado fusilar a nadie, pero como funcionario y miembro del Consejo de Estado sí lo hizo. Se le recordará, pues, por ser el poeta de Con las mismas manos, el ensayista de Calibán y el corresponsable de un asesinato legal.

Tratando de evadir lo mismo la diatriba que el ditirambo, esta suerte de panegírico prefiere adoptar hasta cierto punto la travesura del antiguo vejamen universitario medieval, como le correspondería a un antiguo profesor de la Escuela de Letras.

Aunque en los obituarios se asientan unas fechas extremas como las cotas de una vida —en este caso 1930 y 2019— en realidad lo más importante es el guion (-) o pleca que las separa. En el breve trazo de esa diminuta raya horizontal está condensada la trayectoria de toda una vida. Pero esa corta línea no suele ser tan sencilla y mucho menos tan recta como se figura.

El bueno

Como suele ocurrir, Roberto Fernández Retamar, dejó en su paso por una larga vida, obras buenas y otras no tanto; se ganó amigos y enemigos y cosechó aplausos y denuestos, lágrimas y risas, como cualquier otro mortal. En el equilibrio entre estos elementos dispares está el balance final de una vida.

Pero no hay que olvidar que ante todo y, sobre todo, RFR fue el resultado genuino de su lugar y su tiempo, un producto de eso que por hastío o pereza algunos persisten en seguir llamando “revolución cubana”. Ese fue él en esa circunstancia, para bien y para mal. Y quizá sobre aclarar que no fue el único: hubo muchos Retamares, aunque quizá él fue el más exitoso; glosando a una lectura de la época, como fue el clásico libro de Herbert Marcuse, podríamos decir que fue un Hombre multidimensional.

Pero en realidad, fue un hombre muy simpático y ocurrente cuando quería, con un vivo ingenio, y hasta se podría escribir un anecdotario de y sobre él:

Cuando Francis Fukuyama ya había publicado su célebre artículo ¿El fin de la historia?, se desencadenó una oleada de festinadas celebraciones que dieron por liquidado hasta sus raíces el pensamiento marxista. La Caída (en realidad, lo empujaron) del Muro de Berlín y el “Desmerengamiento” (deliciosa y gráfica definición culinaria debida a Fidel Castro, devenido “Repostero en Jefe”, de quien cabe suponer la profunda amargura con que la dijo), de la URSS, fueron el preámbulo del derribo —literal— de las estatuas de Marx, Engels y Lenin que atiborraban la amplia geografía detrás del Telón de Acero, que se extendía “desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático”, como dijo Churchill en 1946. Lamentablemente, Cuba está flotando apenas -por el momento- sobre el Caribe (y los barquitos de papel que navegaban sin capitán ni timonel por el Mar de las Antillas, ya no están), y muy lejos del Báltico y el Adriático. Se emprendió entonces con singular regocijo una entusiasta revisión de todo lo que tuviera el siniestro tufo de la izquierda. Interpelado sobre esto en una conferencia en México, Retamar, con gracia e ironía, sentenció ante todos estos ídolos derribados: “Quizá dentro de poco veremos manifestaciones con pancartas diciendo ¡Abajo los Presocráticos! ¡Fuera los Neoplatónicos!” La carcajada del auditorio fue general, aún de quienes discrepaban de él.

Otra historia

Muchos recordarán aún a Desiderio Navarro (otro ilustre recipiendario de los epigramas de “El Rojo” Wichy Nogueras), gran semiólogo y culturólogo también hace poco fallecido, quien tenía una asombrosa facilidad para los idiomas. Se dice que hablaba doce lenguas. Era uno de los dos grandes políglotas en la Isla (el otro es el portentoso Gabriel Calaforra, nacido en 1933 y quien vive aún), y en una reunión en la Casa de las Américas tuvo que ausentarte un momento, cuando alguien preguntó dónde estaba Navarro; Retamar respondió ágilmente: “Desiderio salió 15 minutos para aprenderse otro idioma y enseguida regresa”. Risotada unánime.

José Lezama Lima, que en recuerdo de su trato desde cuando era un jovencito solía decirle Bobby en vez de Roberto, contaba con regocijo dos anécdotas con Retamar:

Al principio de la Revolución —llamémosla así— Roberto suspendió sus hasta entonces muy frecuentes visitas a Lezama, y de pronto reapareció luego de meses de ausencia, pero vestido de miliciano y tocado con una airosa boina verde olivo. Después de conversar y actualizarse en noticias mutuas, Retamar le mostró sus últimos poemas, que entonces distaban mucho de aquellos otros que solía compartir antes de 1959 en las tertulias del Grupo Orígenes, donde era considerado “el niño prodigio”, y los cuales estaban permeados de intimismo existencialista y “trascendentalismo” como él mismo los llamó en su juvenil —y todavía significativo— ensayo La poesía contemporánea en Cuba (1954).

Los nuevos poemas que compartió con El Gordo de Trocadero hablaban, muy por el contrario, de milicianos, zafras, bayonetas, balas, granadas, fusiles, batallas… Después de escucharlos, Lezama —supongo que luego de dejar escapar una espesa bocanada de humo de su habano— dijo: “Bobby, esos poemas que traes muestran dos cosas; por una parte, recuerdan algo de la poesía trovadoresca de la corte de Leonor de Aquitania y también cierta poesía amatoria galaico-castellana del siglo XIV, como la de Macías “El Enamorado”… Pero, además, se aprecia que están escritos bajo los efectos del oporto…” Contaba el propio Lezama, apenas aguantando la risa, que Bobby le respondió: “Caramba, Lezama, no conozco bien esa poesía provenzal y no he leído nada de Macías, pero sí le puedo asegurar que nunca he tomado vino de oporto”. “No, Bobby, no —le contestó implacable— no me refiero al oporto que se bebe, sino al oportunismo, muchacho…” Cierta o no, Lezama contaba esa anécdota a quien quisiera escucharla, con algunas variantes y florilegios añadidos según la ocasión.

Otra de Lezama

Contaba que después de mucho tiempo de evitarlo y eludir un encuentro por ser considerado como “políticamente poco confiable”, finalmente un día se tropezaron en una recepción y, para su sorpresa, Retamar se dirigió resueltamente hacia él atravesando la espesa multitud, y lo estrechó con un fuerte y efusivo abrazo. Cuando se separaron y Retamar se alejó para continuar su ronda de saludos, Lezama comentó traviesamente con su acompañante: “Seguramente ya debo haber mejorado mi reputación política, porque Bobby se ha atrevido a abrazarme en público…”.

También en La Habana de los 80 corría un chiste —por supuesto, anónimo y susurrado— sobre Retamar: “Él ha sido el único que ha unido a toda la intelectualidad cubana… Todos quieren arrastrarlo por la calle… Pero, al mismo tiempo, los ha dividido… Porque unos quieren arrastrarlo por la Avenida G y los otros por la Calle Tercera…”.