Actualizado: 21/05/2018 19:59
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Ser bilingüe

Puede que hablemos un sólo idioma, o que seamos bilingües o plurilingüe, pero lo que siempre debemos tener presente es que debemos ejercitarnos en el lenguaje de la buena convivencia

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La palabra bilingüe es empleada frecuentemente, está en el centro del problema relativo a los argumentos en torno al idioma a emplear en nuestras relaciones, el aprendizaje de los niños y la pérdida o reconocimiento de una identidad cultural.

Ser bilingüe significa que usted puede entender y comunicarse en dos idiomas, así como expresar sus pensamientos de manera clara en ambos idiomas. Esto quiere decir que el asunto concierne muy estrechamente a la comunidad hispana en Estados Unidos, pero no sólo a esta.

También plantea no pocos dilemas como son: el intercambio con otras personas, la educación que se debe de impartir a los más jóvenes de la familia, el empleo de más de un idioma en el hogar, etc., etc.

En muchos países no es nada inusual que los niños aprendan a hablar dos o más idiomas, y que los utilicen a diario para comunicarse y entender a los que están a su alrededor. En muchos países del mundo la gente es bilingüe o plurilingüe sin ser consciente de ello. Y algunos niños crecen en lugares donde habitualmente se hablan dos o más idiomas. ¿Por qué entonces alarmamos en este país del cual somos parte?

Quiero contarles dos anécdotas interesantes. La primera se refiere a unas de mis primeras visitas al Servicio de Recursos Humanos de un hospital local en busca de empleo. Esto ocurrió al poco tiempo de llegar a este país, hace años, cuando acompañado de un facilitador de origen vietnamita, fui a llenar las aplicaciones para solicitar trabajo. El facilitador que me habían asignado la agencia de refugiados, se comunicaba con dificultad conmigo en un inglés elemental, aun así nos entendíamos. Cuando él observó que la responsable de recursos humanos era una hispana, me condujo hasta aquella oficina.

Con cierta discreción observamos a través de la puerta entreabierta de la oficina, la joven funcionaria hablaba por teléfono en un fluido y bien articulado español. Viéndola allí con sus rasgos indígenas, su vestido sastre de ejecutiva y su porte de distinción, me sentí orgulloso de que una hispana, probablemente de origen indígena, llegará a esa posición.

El facilitador me dijo: “Ahí tienes tu oportunidad, puedes hablar con ella en español, háblale sin reservas”. Cuando terminó de hablar por teléfono me dirigí a ella, no sin antes pedirle permiso para pasar a su oficina. Comencé hablándole en español, pero su rostro cambio de inmediato para decirme sin ambages y en inglés: “Lo siento no hablo español, por favor diríjase a mí en Ingles”. En medio de mi asombro y sin recuperarme le dije el motivo de mi visita a su oficina y le entregué las aplicaciones para retirarme de inmediato. No hay peor astilla que la del mismo palo…, pensé.

Tiempo después me vi obligado a solicitar algunos servicios asistenciales en una facilidad local. Los servicios que solicitaba, valga la aclaración, debía de pagarlos para lo cual los honorarios serian de unos $900 en total, es decir que de gratis nada. Era un servicio por el cual yo iba a pagar.

Cuando me atendieron el primer día, una de las profesionales era una mujer que andaba en los treintas, escasamente amable, quién me explicó en español los términos del convenio de pago por los servicios que recibiría. Ella es lo que aquí se denomina “tex-mex”, es decir personas originarias del estado de Texas pero de padres mexicanos de generaciones anteriores. En perfecto español me explicó el documento que firme sin reservas.

Sin embargo, una media hora después de una espera injustificada, la principal se me acercó para explicarme en Ingles que, “como yo no sabía Ingles tenía que venir en las sucesivas visitas con un intérprete que podía ser un familiar”. Quedé sorprendido, pero me limité a decirle que unos minutos antes había hablado con su asistente que hablaba español y nos entendimos. A lo que la principal agregó “que la técnica que había hablado conmigo no me entendía el español que yo hablaba”. Por un momento pensé que estaba alucinando. “Ella habla español, pero no puede entenderle porque ella es tex-mex y usted en cubano”, agregó. En verdad que somos muy singulares los cubanos, ¡hablamos un español que nadie nos puede entender en una dependencia de este país!

Aquí me voy a detener. En realidad, estaba en un lugar donde el trato amable y profesional parecía ausente. Una empleada sabe español para explicarme los términos de pago, pero no sabe hablar con un cubano, para ayudarle en el intercambio de información con la principal sobre los procedimientos de que sería objeto. ¡No, no entiendo! Recordemos que muchos de estos empleados (as) cuando aplican para un trabajo con el público lo hacen especificando muy bien en sus aplicaciones que son bilingües y obtienen la posición precisamente porque pueden y deben desempeñarse como empleados bilingües, a fin de ayudar a aquellos que hablan en español.

Hoy asistimos a un verdadero conflicto con el empleo de otro idioma, además del inglés en nuestro estado. Al menos en tres alcaldías locales se ha considerado establecer el Idioma inglés como idioma oficial. Siempre pensé que el idioma oficial era y es el inglés, pero con estas polémicas tengo más de una duda. Por lo pronto admito que el idioma oficial de este país es y seguirá siendo el inglés. Hasta dónde manejemos este idioma y cómo podamos comunicarnos es asunto de cada uno de los que llegamos a estas tierras.

El que admitamos que el inglés es el idioma predominante no excluye que se establezcas sistemas y métodos de educación que promuevan el aprendizaje de un segundo idioma, noten que digo un segundo idioma, que puede ser el español u otros. La decisión de enseñar un segundo idioma depende de las características de cada estado o regiones y la predominancia de un grupo poblacional específico que hable otro idioma.

Pero en cada estado hay leyes que establecen el manejo de alguna documentación y el empleo de intérpretes en oficinas estatales cuando atienden personas que hablan otros idiomas. Es por eso que resulta contraproducente manipular a un usuario cuando este no dispone de un intérprete.

Puede que hablemos un sólo idioma, o que seamos bilingües o plurilingüe, pero lo que siempre debemos tener presente es que debemos ejercitarnos en el lenguaje de la buena convivencia. Las palabras de amabilidad y conmiseración deben estar en nuestros labios cualquiera que sea el idioma a emplear.

Es menester que pongamos especial cuidado en las relaciones con nuestros semejantes. En cualquier lugar de esta extensa nación, encontramos personas de otras nacionalidades y de culturas muy variadas. Si no podemos comunicarnos con ellos en inglés, español, vietnamita etc. etc., vamos a brindarle una sonrisa, vamos a tenderles la mano franca con sinceridad y sin asomo de enojo.

Si no podemos compartir un lenguaje común, fomentemos la virtud, siempre hay una oportunidad para un gesto amable.


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