Actualizado: 12/11/2019 10:35
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Sin aplausos cortesanos

Nueva generación de escritores cubanos: La mayoría sabe que un poeta compite con Catulo y Lezama, no con la UNEAC.

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Los menores de 30 años tienen a Pablo de Cuba Soria (1980) y a Duanel Díaz (1978) entre sus objetivos. Saben que el poeta de De Zaratustra y otros equívocos (con el que obtuviera el Premio de Poesía Luis Rogelio Nogueras en 2002) y que el ensayista de Mañach o la República (ganador del Premio Alejo Carpentier en 2003) se abren paso ahora —y publican nuevos libros— por los desfiladeros del exilio, frente a abismos que a lo mejor idealizan, pero mucho más motivantes que el saturado desierto que padecen ellos. Saben bien, demasiado bien.

Algunos de los escritores jóvenes de talento que malviven allá dentro —cuyos nombres omito por razones obvias—, me cuentan entre frases irónicas cómo se han hecho cargo de una nueva teoría del "arte por el arte" dentro de la "batalla de ideas", ahora que la poética oficial quiere regresar a la literatura "comprometida". La inmensa paradoja es signo del derrumbe.

Cuando ellos todavía estaban en la primaria o en la secundaria básica comenzó el giro. Los iniciales noventa de la caída del Materialismo histórico y dialéctico y la resurrección del "nacionalismo martiano", entre balseros y astutas semi-aperturas, vieron cómo se clausuraba la estética "revolucionaria", a veces neomarxista.

Ante la imposibilidad de conseguir loas, la orden que bajó del "cielo ideológico" fue que se apartaran, que escribieran de lo que décadas atrás —lo padecí muy de cerca— fue reprimido, tildado de "diversionismo individualista", "intimismo pequeñoburgués", "escapismo elitista"… De pronto los "temas sociales" fueron pecados.

Válvulas de escape

La dialéctica de la década fue hegeliana. Casi todos los libros de cierto valor artístico que se publicaron, en particular de las tres últimas promociones, se corresponden con la "orientación" marrullera, encarnada en el ladino ministro de Cultura, ya miembro del Buró Político del Partido, gracias a genuflexiones propias de uno de esos creyentes en Babalú Ayé, que camina de rodillas hasta la capilla de San Lázaro en El Rincón, el 17 de diciembre.

Las fábulas o motivos temáticos no salían del amor y la familia, de la muerte y la angustia creativa, de las ontologías que hasta hacía poco eran condenadas por su marfil de espaldas al "pueblo", a la heroica "construcción del futuro".

Sin embargo, tal giro retórico fue positivo para las letras cubanas, como la despenalización del dólar, las empresas mixtas o la autorización de trabajos por cuenta propia lo fueron para la economía. Las válvulas de escape cumplieron su función oficial, con la anuencia de muchos, que pensábamos ilusionadamente que se trataba de un escalonado camino hacia la sensatez.

Las gavetas de cuadernos inéditos fueron vaciadas, ahora servirían para guardar —salvo honrosas excepciones— el poema de denuncia al caudillismo, el cuento de ahogados en el Estrecho de la Florida, el ensayo sobre la riqueza intelectual de la revista Pensamiento Crítico, el drama sobre la discriminación a los negros, la comedia sobre el cantinfleo del caudillo…


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