Actualizado: 17/05/2022 17:16
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Sin aplausos cortesanos

Nueva generación de escritores cubanos: La mayoría sabe que un poeta compite con Catulo y Lezama, no con la UNEAC.

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Ellos, por supuesto, lo contarán distinto, aunque desde la óptica de sus padres biológicos —la mía— podamos matizar aspectos que corresponden al quinquenio azul (La ilusión: 1990-1995) y al quinquenio borroso (La incertidumbre: 1995-2000), cuando ellos comienzan a escribir y publicar, antes de que los bestiales fusilamientos y encarcelaciones de marzo de 2003 —que a mí me trajeron de La Habana al exilio mexicano— inauguraran el quinquenio final, el verde sufí, la esperanza-arco iris en un fin cierto.

Matices… Impresiones ineludibles que van agudizando el juicio: Dios sabe que en lo fundamental será esa generación joven la encargada de asumir el espinoso y complejo trayecto hacia la libertad y la paz, hacia una democracia que ellos mismos suponen cuajada de vaivenes y curvas, de baches tan profundos como los de la calle Monte o 10 de Octubre. Y que el arribo de la Cuarta República o Constitución exige que la memoria afectiva y la histórica, tras el fin de la concepción de la historia como edificio, lejos de borrarse se mantenga presente como punto básico de comparación.

Lástima franciscana

Ellos —y los que regresemos— sabrán establecer paralelos, enseñárselos a sus hijos sin dramatismos, pero sin concesiones que conviertan las pesadillas actuales en caramelitos de miel cuando algún problema —y habrá decenas— no tenga una solución mágica o inmediata.

Vale sólo enunciar algunos de los conflictos que hoy le son más singulares a un joven escritor dentro de Cuba, ya que la mayoría de los demás —faltan algunos, como la discriminación racial, sexual y regional— han sido estudiados, aunque a veces hasta el delirio de un "realismo socialista" al revés, con cretinas inverosimilitudes y rumiantes bostezos.

Junto a la universal confusión entre valores y virtudes, junto a la local simulación y la consecuente impotencia, heredan, experimentan una lástima franciscana ante los escasos escritores que aún creen en el Líder y sus reumáticos planes. Vomitan —con ganas de alcoholifán en resaca— ante el grupito que saben de un oportunismo cínico, pasado por los chavitos que reciben mensualmente de la Oficina de Atención a Personalidades.

No confían en ninguno, aunque puedan aprovechar sus culturas y consejos literarios. Les da un asco de pescado ciguato al ver cómo muchos de la tropita oficial —sobre todo de la generación del cincuenta y del setenta— se creen "llamados a la posteridad", cuando la insularidad vanidosa les hace trampas, cuando esconden la cabeza de avestruz al enterarse de que casi nadie fuera de Cuba sabe que existen.

Se burlan de quienes piden estudios sobre sus obras porque conocen que fuera de algunos textos canónicos, el resto desde que se publicaron cayeron "en las oscuras manos del olvido". Y sanamente ríen ante los escribas-funcionarios que piensan que el tiempo —la acción de escribir durante siglos— les ha dado talento, calzado por generosas publicaciones y premios nacionales.

Los mejor informados también saben que dentro de los escritores exiliados, incluyendo a los que crecieron fuera, también hay de variadas especies que admitimos como endémicas, aunque aquí causan menos daño. Desde los que entienden la oposición a la dictadura como un carné del Partido Comunista al revés, hasta los que emulan —feo verbo— en insignificancia con sus pares de adentro, sobre todo entre los que acuden a las vanity press y entre algunos círculos académicos de bombos mutuos. Desde los pavos reales hasta los zopilotes…

Indefensión e incomunicación

Los jóvenes de honradez e idoneidad que hoy escriben en Cuba están expuestos, claro está, a los mismos virus y contaminaciones que los de cualquier edad, ADN y azar apartes, Asociación Hermanos Saíz (creada en 1966, hace 40 largos años) bien aparte.

Junto a la indefensión padecen, ejemplo clave, la angustia del acceso a la información y a la comunicación. Quizás alguno reciba El mundo, el texto y el crítico, de Edward W. Said. Y otros dos de provincias: ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, de Harold Bloom, y Cosas extrañas, de J. M. Coetzee; pero la impotencia de no poder comprarlos o de no tener acceso a ellos en una biblioteca, nadie puede enviársela con un amigo.

Ni hablo de Intranet o del correo "normal", de lo que siempre temen cuando hablan por teléfono. Ni de cuando deciden reunirse en la casa de alguno y las inefables guaguas se encargan de agriarles el ir y el regresar, lo que siempre me ha hecho pensar en que la crisis del transporte también obedece a una meditada orden para dificultar los intercambios, las interrelaciones sociales.

Ni hablo de lo que sé respecto del progresivo deterioro de la educación secundaria y terciaria, que evidentemente aumenta los obstáculos formativos e impone mayores sacrificios, ahora sí que prioriza como nunca la azarosa formación autodidacta.