Actualizado: 07/12/2022 17:02
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CON OJOS DE LECTOR

Todo lo sabemos entre todos

La publicación de los dos gruesos volúmenes de la 'Historia de la literatura cubana' constituía una asignatura pendiente que, tras una dilatada demora, por fin se ha llenado.

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Se ha materializado en sus dos terceras partes el ambicioso y muy necesario proyecto de poner en manos de especialistas, estudiantes y lectores una Historia de la literatura cubana nueva y concebida desde presupuestos metodológicos y críticos más actuales. Me refiero a la obra colectiva realizada por un equipo de investigadores, pertenecientes en su mayoría al Instituto de Literatura y Lingüística "José Antonio Portuondo Valdor". Han visto ya la luz los dos primeros tomos, que cubren el periodo colonial (desde los orígenes hasta 1898) y la República (1899 hasta 1958). Los ha publicado la Editorial Letras Cubanas y en total, ambos suman 1.432 páginas.

La salida de estos dos gruesos volúmenes constituía una asignatura pendiente que ha demorado mucho en llenarse. Desde hacía varias décadas se echaba en falta un estudio panorámico de nuestro proceso literario, dado que los últimos aparecidos en la Isla — Panorama histórico de la literatura cubana, de Max Henríquez Ureña, y La literatura cubana. Esquema histórico (desde sus orígenes hasta 1966), de Raimundo Lazo— databan de 1967 y, además, desde hace mucho se hallaban agotados. Existían, es cierto, algunas recopilaciones de textos críticos de autores como José Antonio Portuondo, Cintio Vitier, Salvador Bueno, Enrique Saínz, Salvador Arias y Sergio Chaple a los cuales se podía acudir, pero que en todo caso llenaban sólo muy parcialmente la prolongada ausencia de una verdadera historia de nuestra literatura.

El proyecto del que aquí me ocupo contaba, no obstante, con un antecedente al cual es obligado hacer mención. Me refiero al Perfil histórico de las letras cubanas desde los orígenes hasta 1898 (1983), obra también de un equipo de investigadores del Instituto de Literatura y Lingüística, entonces adscrito a la Academia de Ciencias de Cuba. Estuvo bajo la orientación y el cuidado de Mirta Aguirre, entonces directora del Instituto. La redacción de los textos corrió a cargo de Diana Iznaga, Olivia Miranda, Salvador Arias, Enrique Saínz y Ricardo Hernández, quienes igualmente figuran, a excepción del último, como colaboradores en el primer volumen de la posterior Historia de la literatura cubana. De las Palabras preliminares de aquel libro conviene destacar el esfuerzo "por vincular los procesos literario e histórico", mediante "una integración consecuente de los diversos factores que de otra forma inciden en la actividad literario". En la Presentación del primero de los tomos que reseño se expresa que aquel trabajo "significó una provechosa experiencia para la futura historia". Asimismo se insiste en el propósito de estudiar nuestra literatura "en función del propio devenir histórico insular y, por ende, resulta imposible disociar el desenvolvimiento de la vida literaria de la historia política, económica y cultural".

El primer rasgo que distingue a esta obra de todas las de su tipo que le precedieron es su carácter colectivo. Desde que Antonio Bachiller y Morales publicó las tres entregas de sus Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la isla de Cuba (1859-1861), los proyectos posteriores fueron realizados en solitario: Manuel de la Cruz, Aurelio Mitjans, José Antonio Fernández de Castro, Juan J. Remos, Max Henríquez Ureña, Bueno, Lazo, Portuondo. Es como tradicionalmente se han escrito en todos los países. En las últimas décadas, sin embargo, esa concepción está empezando a modificarse, como si algunos pensaran que una tarea de semejante envergadura no puede ser dejada en manos de una sola persona. Así, han aparecido varios estudios panorámicos del proceso literario redactados por un equipo de colaboradores. En España existen los coordinados por José María Díez Borque (Taurus, 1980, tres tomos), Jean Canavaggio (Ariel, 1994, seis tomos) y Jesús Méndez Peláez (Everest, 2005, cuatro tomos). En su país, Noé Jitrik se responsabilizó de los doce tomos de la Historia crítica de la literatura argentina (Emecé, 1999-2004). Y están asimismo los dos volúmenes editados hasta ahora de la Historia de la literatura hispanoamericana (Cátedra, 1982 y 1987), cuyo responsable es Luis Iñigo Madrigal. Al aludir a esos libros, me viene a la memoria algo que dijo ese maestro de la crítica literaria hispánica que es Alfonso Reyes: "Todo lo sabemos entre todos".

Entre esos títulos antes mencionados y el que aquí nos ocupa existen, no obstante, algunas diferencias. La más importante tiene que ver con la diversidad de enfoques que caracteriza a aquéllos, y que hace que, en la mayoría de los casos, estemos ante una colección de monografías. Lo expreso, me apresuro a aclararlo, no como un juicio que conlleve una valoración negativa, sino como una constatación de lo que viene a ser realmente su perfil. En el proyecto realizado por el Instituto de Literatura y Lingüística, en cambio, es obvio que se partió de una premisa basada en un criterio unificador, algo que facilitaba el hecho de que casi todos los colaboradores pertenecen o pertenecían, cuando se llevó a cabo el proceso de investigación y escritura de los tres volúmenes, a la misma institución. Asimismo sus aportaciones, aunque aparecen firmadas individualmente, no figuran como textos independientes, sino como partes de capítulos o bloques referidos a un periodo histórico específico. Asimismo en la Presentación del tomo I se apunta que antes de acometer el proyecto se hicieron algunas investigaciones que sirvieron como ensayo previo. Eso llevó al equipo a poder trazar las Bases metodológicas para una historia de la literatura cubana, "sobre las cuales se trató de sustentar, en la medida posible y dadas las condiciones concretas imperantes, el estudio del proceso de forja y desarrollo de las letras cubanas".

Mas pienso que conviene que me refiera a la materialización del proyecto, esto es, a los volúmenes que ya están al acceso de los lectores. Cada tomo lleva al inicio unas páginas introductorias del director del mismo (Salvador Arias, del primero; Enrique Saínz, del segundo), en las cuales se explican los propósitos y características de su concepción, así como las razones adoptadas para establecer la periodización, que atiende a los acontecimientos histórico-políticos. Para ilustrar, una de las etapas es la que va de 1820 a 1868, en la que se forma la conciencia nacional. Su inicio corresponde al de un periodo en el cual España flexibiliza el régimen colonial, y su cierre, con el comienzo de la primera de nuestras guerras de independencia.

Cada uno de los periodos es analizado exhaustivamente, mediante una atinada combinación de trabajos de carácter general y estudios monográficos sobre obras y autores significativos. Así, por ejemplo, en el tomo correspondiente a la República Cira Romero (por cierto, también es la coordinadora de todo el proyecto) se ocupa de las tendencias y estilos que predominan en la novela entre 1899 y 1923. Después se detiene de modo particular en la producción de Jesús Castellanos, Alfonso Hernández Catá, Carlos Loveira y Miguel de Carrión, para, por último, referirse a otros novelistas de esa etapa. Cada uno de los capítulos o bloques incluye al final una caracterización general del periodo. Y el director del volumen aporta además unas conclusiones generales sobre la literatura producida en los años que abarca el libro.

Un aspecto que me parece necesario destacar es la amplitud que se le ha dado al concepto de literatura. El minucioso registro y el riguroso análisis que se hace a lo largo de esas 1.432 páginas comprende los géneros tradicionales (poesía, cuento, novela), pero igualmente el teatro, el ensayo, la crítica, el testimonio. Y también se dedica espacio a la oratoria y la prosa política e histórica. Otro acierto es el de abrir cada bloque con un panorama de la vida cultural, que recoge información sucinta sobre la música, el ballet, las artes plásticas, la arquitectura, el cine, la televisión, la radio, así como acerca de los concursos, las instituciones, la actividad cultural. Eso permite que el lector pueda ubicar debidamente las expresiones literarias en el contexto en el cual se produjeron, y tener así una mejor comprensión de ellas.


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