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México, Cuba, Cubanos

Tres cubanos ilustres en México (III)

José Julián Martí Pérez (La Habana, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, 19 de mayo de 1895)

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José Martí llega a México por primera vez en 1875 (Veracruz, 8 de febrero), procedente de Europa, a sus 22 años, después de haber sido desterrado —y estudiado— en España, a pocos días de la muerte de su hermana Ana (5 de enero), discípula y al parecer novia del pintor michoacano Manuel Ocaranza y pretendida, sin resultados, por el entonces muy joven estudiante de medicina coahuilense Venustiano Carranza. Al atravesar las Cumbres de Maltrata, Martí exclama: “Se encoge el corazón de tanta hermosura. Los ojos queman. Se juntan las manos en gracia y en plegaria”. El 10 de febrero llega en tren a la Ciudad de México por la antigua Estación de Buenavista, donde le esperan sus familiares.

Los padres de Martí, españoles (el valenciano Mariano, y la canaria tinerfeña Leonor) subsisten en México trabajando como sastres del ejército y apoyados por Manuel Antonio Mercado, importante personaje de la vida política nacional (fue Secretario del Gobierno Federal y Senador de la República, y durante muchos años Subsecretario de Gobernación, en el mandato de Don Porfirio Díaz), quien los acoge por un tiempo en su propia casa, donde hoy se encuentra la representación del Estado de Tlaxcala, en el Centro Histórico, en la Calle de San Ildefonso N° 40, muy cerca del Palacio Nacional.

Los primeros artículos periodísticos de Martí en México los publica en la Revista Universal (ubicada frente a la Plazuela de Guardiola, donde hoy se levanta la Torre Latinoamericana y antes estuvo el Convento Grande de San Francisco), con el seudónimo de “Orestes” (en correspondencia con Antenor Lescano, otro cubano colaborador de la misma publicación, quien firmaba como “Pílades”), y pronto se distingue por su intensa actividad: Guillermo Prieto, quien lo conoció entonces y trató con afecto en la redacción de la Revista Universal, se refería con admiración a su laboriosidad febril, pues escribía de todos los temas, ocupando gran parte de la publicación, que incluía numerosos anuncios, y “si hubieran faltado ésos [los anuncios] Martí los hubiese redactado”. Otra opinión que recibe es de Juan de Dios Peza: “Todos se maravillaron de la claridad de su talento, de su vasta erudición, de su facilidad y elegancia de palabra, de su inspiración vigorosa y, sobre todo, de su constancia para trabajar”. En la misma revista publica un poema dedicado a la muerte de su hermana y una traducción de Víctor Hugo (Mis hijos). Y su primera crónica como “Orestes” relata la inauguración del Panteón de Tlalpan, en honor de la Victoria de Puebla, el 5 de mayo[1], y las fiestas por esta fausta fecha en el antiguo pueblo que antes se llamó San Agustín de las Cuevas; en ella afirma: “El culto es una necesidad para los pueblos. El amor no es más que la necesidad de la creencia: hay una fuerza secreta que anhela siempre algo qué respetar y en qué creer (...) De culto a culto, el de todos los deberes es más hermoso que el de todas las sombras...” Y remata: “Las fiestas nacionales son necesarias y útiles. Los pueblos tienen la necesidad de amar algo grande, de poner en un objeto sensible su fuerza de creencia y de amor. Nada se destruya sin que algo se levante. Extinguido el culto a lo místico, álcese, anímese, protéjase el culto a la dignidad y a los deberes. —Exáltese al pueblo: su exaltación es una prueba de grandeza”.

Inmerso por completo en la vida intelectual y artística mexicana, el 19 de diciembre de ese mismo año estrena con gran éxito en el Teatro Principal su “proverbio en verso” en un acto, titulado Amor con amor se paga (México, Imprenta del Comercio, 1876), protagonizado por la actriz Concepción Padilla y el gran actor español Enrique Guasp, los que le obsequiaron una corona de laurel al finalizar entre ovaciones la función. También conoció a la actriz Rosario de la Peña, a quien cortejó, sin recibir sus favores —según el confidente de ella, Luis G. Urbina— con conceptos como estos: “Despiérteme usted, no como a él [Manuel Acuña], a una debilidad disculpable en alteza de alma, pero débil al fin e indigna de mí. Porque vivir es carga, por eso vivo; porque vivir es sufrimiento, por eso vivo; porque yo he de ser más fuerte que todo obstáculo y todo valor”. En ese momento, ella tenía 27 años y él 22.

El mismo día de su 23 cumpleaños, 28 de enero de 1876, funda con un grupo de amigos la “Sociedad Alarcón”, y poco después pronuncia un discurso sobre el pintor Santiago Rebull en la Escuela Nacional de Bellas Artes (antigua Academia de Bellas Artes de San Carlos, hasta 1868). También frecuentó el “Liceo Hidalgo”, heredero de la Academia de Letrán, donde participó en un debate de oratoria (fue realizado en esa oportunidad por la nutrida concurrencia, el 7 de abril de 1875 en el Salón de Actos de la Academia de Música, en el antiguo Conservatorio de Música, vinculado con la Sociedad Filarmónica), sobre la filosofía moderna, y defendió apasionadamente la idea espiritualista (no espiritista, como se ha afirmado), en oposición al materialismo representado por el polemista Gustavo Baz.

En México conoce ese mismo año a la cubana camagüeyana Carmen Zayas Bazán, de la que se enamora y con quien se compromete en matrimonio, y después de un breve viaje a La Habana bajo seudónimo para eludir la vigilancia de las autoridades españolas que lo habían desterrado, va hacia Guatemala donde desempeña diversos cargos docentes y sostiene una idílica relación amorosa, que sobrevive como la hermosa leyenda americana de “La Niña de Guatemala”, pero finalmente regresa a México para casarse con Carmen en el Sagrario Metropolitano el 20 de diciembre de 1877[2], donde medio siglo antes había casado también el cubano José María Heredia con la mexicana Jacoba Yáñez.

En enero de 1878 parte de nuevo hacia Guatemala para reanudar sus actividades docentes, toma una diligencia con escolta por el camino que llegaba entonces hasta Iguala, y desde ahí continúa en lomos de caballos y mulas con su esposa hasta Acapulco, donde se embarca hacia el puerto de San José en Guatemala (no volverá a México hasta 16 años después), pero al llegar a su destino centroamericano recibe noticias adversas de diverso signo, y desde allí regresa a La Habana el 31 de agosto, donde nace su único hijo varón, José Francisco, el 22 de noviembre, mas como continúa su actividad política por la libertad de la Isla, es nuevamente deportado hacia España el 25 de septiembre de 1879.

En esa época en Cuba escogió como “nom de guerre” conspiratorio el de “Anáhuac”. De Madrid pasa rápidamente a París y desde allí se embarca en el puerto del Havre hacia Nueva York, donde residirá la mayor parte del resto de su vida y realizará la porción más sustantiva de su producción literaria, que después es progresivamente desplazada por su cada vez más intensa actividad política. Desde allí colabora para numerosas publicaciones de América Latina y en especial para El Partido Liberal de México. En esta etapa se convierte en un cercano amigo del embajador mexicano en EEUU, Matías Romero. En una velada de la Sociedad Literaria Hispano-Americana —abril de 1891— pronuncia un encendido discurso en defensa de México.

Vuelve por tercera y última vez a México en 1894, para promover apoyos a la causa de la independencia cubana, y aunque durante años existieron dudas al respecto, se sabe ya que finalmente logró entrevistarse con el presidente Porfirio Díaz, quien aportó una suma de dinero de su peculio personal para ello[3], como ha demostrado documentalmente el estudioso de Martí en México, el médico e historiador contemporáneo Alfonso Herrera Franyutti, quien encontró —y divulgó— dos cartas del patriota cubano dirigidas al mandatario azteca, en el Archivo “Porfirio Díaz Mori” de la Universidad Iberoamericana de México.

El recuerdo de México y su gente lo acompaña hasta sus últimos momentos: cuando muere en una escaramuza en la pradera de Dos Ríos en la entonces provincia cubana de Oriente, deja entre sus papeles la carta inconclusa que le enviaba a su gran amigo Manuel Antonio Mercado y de la Paz, la cual se considera como su testamento político, a quien estimaba como su “hermano mexicano”, y con el que compartía, además de la rectitud de su corazón, hasta la misma fecha de nacimiento, pues el michoacano nació también un 28 de enero, pero de 1838. Hasta su muerte, en 1909, éste atesoraría las cartas de su amigo cubano y al faltar él, su familia las donaría a los cubanos en 1945.

Considerado como un escritor romántico en su juventud, con obras como el drama “Abdala”, después se acepta que es uno de los pioneros de la renovación modernista, con sus Versos sencillos (Nueva York, Louis Weiss and Company Impresores, 1891), su novela Amistad funesta (1885) (con el seudónimo de “Adelaida Ral”) y en especial con su poemario Ismaelillo (Nueva York, Imprenta de Thompson y Moreau, 1882), dedicado a su hijo.

Además de sus tres estancias de distinta duración[4], hay insistentes referencias de Martí a México en su extensa obra: “Los tres héroes” y “Las ruinas indias” son dos relatos incluidos en su revista para niños y jóvenes La Edad de Oro, publicada en Nueva York, así como textos íntegros y alusiones dispersas en “Nuestra América”, confirman su declaración íntima a su gran amigo Manuel Mercado: “Si Cuba no fuera tan desdichada, querría más a México...”.

La memoria y el legado de José Martí se celebra en México con semejante intensidad que en Cuba: son numerosas las bibliotecas que llevan su nombre y un importante centro cultural en la céntrica Alameda en la capital está dedicado a su memoria y custodia una espléndida escultura monumental de cuerpo entero. Los festejos por el centenario de su natalicio en 1953, tuvieron resonancias similares en México. Son varios los escritores mexicanos que confiesan haber aprendido a leer en las páginas de La Edad de Oro, como Don Andrés Henestrosa (quien generosamente donó a Cuba un ejemplar de los Versos sencillos autografiado por José Martí a Manuel Gutiérrez Nájera), y el Embajador Emérito Don Ernesto Madero Vázquez (que gustaba definirse como “un cubano nacido en México”). Y aparece también como una figura central en el panóptico “Paseo en la Alameda” de Diego Rivera. Además, en varias universidades mexicanas se han establecido Cátedras Extraordinarias dedicadas a la memoria del prócer y escritor cubano.

La bibliografía cubana sobre José Martí resulta inabarcable, pero también es muy copiosa la realizada por autores mexicanos. Sólo como una muestra, pueden citarse algunas obras:

En 1942, la Secretaría de Educación Pública realizó una edición masiva de La Edad de Oro, prologada por Mauricio Magdaleno. Son varios los escritores mexicanos que han dedicado su atención a José Martí: Raúl y Camilo Carrancá y Trujillo (La clara voz de México, Imprenta Universitaria, 1953); Miguel D. Martínez Rendón (En torno a la poesía de Martí, Talleres Gráficos de la Nación, 1953, y Martí en México (México, Imprenta de Alfredo del Bosque, 1940); Jaime Torres Bodet (Nuestra América, Sel. y pról. México, SEP, 1945, Biblioteca Enciclopédica Popular N° 61); Francisco Monterde (Cartas a Manuel A. Mercado, UNAM, 1946); Andrés Iduarte (Martí escritor, México, Ediciones de Cuadernos Americanos, 1945 —su tesis doctoral en Columbia University, de 1944— y Sarmiento, Martí y Rodó, La Habana, Imprenta El Siglo XX, 1955); Celso Henríquez (Páginas inolvidables, México, Litográfica Machado, 1958); Ernesto Madero Vázquez (Martí en México, 1942, y José Martí, agonía y deber, 1953); José de Jesús Núñez y Domínguez (Martí en México, 1933), Agustín Cue Cánovas (Martí, escritor), así como Rafael Heliodoro Valle, Justino Fernández y Manuel Toussaint, entre muchos otros. En verdad, pocos son los países, quizá con la sola excepción de Cuba, que han dedicado tanta atención a José Martí como México, que él consideraba su segunda patria.

El más dedicado historiador vivo consagrado a la obra y vida del cubano en México, es sin dudas el médico jubilado Alfonso Herrera Franyutti, con obras de gran importancia como: Martí en México: recuerdos de una época, 1ª.1969, CONACULTA, 1996; José Martí: sin amores (La Habana-México, Centro de Estudios Martianos - Universidad Intercultural de Chiapas - Universidad de Guadalajara, 2009) y Martí y el amor (“un alma de mujer llama a mi puerta”). La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2010, 56 p.

Herrera Franyutti ha probado, documentalmente, con el antes citado hallazgo de dos cartas de José Martí inéditas hasta entonces que encontró en el Archivo “Porfirio Díaz” de la Universidad Iberoamericana, que esta reunión tuvo lugar y el mandatario, quien debido a consideraciones políticas no podía favorecer abiertamente la causa cubana por sostener relaciones diplomáticas normales con España, sí contribuyó generosamente de su peculio particular con la misma.

Bibliografía mínima:

Alfonso Herrera Franyutti. Martí en México, México, CONACULTA, 1996.
Erasmo Dumpierre (compilador), Martí en México. Selección de textos. México, Departamento del Distrito Federal - Secretaría de Obras y Servicios, Colección Metropolitana, 1974, 2 tomos.
Guillermo de Zéndegui, Ámbito de Martí. La Habana, Comisión Nacional Organizadora de los Actos y Ediciones del Centenario y del Monumento de Martí - Departamento de Publicaciones de la Sociedad Colombista Panamericana, 1953.



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