Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Música

Un blues para Paquito

D'Rivera, cosmopolita y reyoyo a la vez, sigue en la Isla después de haberse ido.

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Es difícil no admirar a Paquito D'Rivera, a quien recientemente se rindió homenaje en la XXII edición del Festival Internacional de Jazz de Madrid. Por su música, su carisma, su gracia y espontaneidad. Es difícil aguantarse para no tener que salir a dar pelea por ahí, en emisoras que se niegan a radiar sus grabaciones, aunque sean las viejas, aquellas de los años setenta, al margen de los Irakere y también con ellos, aderezando los mambos más perdurables de un ensemble de metalería todavía imitado.

Lo difícil es tener que tragarse uno esa admiración y rumiar en las sombras o en lo íntimo —esas dos variaciones de la soledad— una hermosa palabra que en cualquier idioma tiene su sello: gratitud.

Allá en su exilio del norte, llámese Nueva York o Miami, D'Rivera sigue siendo el mejor puente conocido entre lo cosmopolita y lo reyoyo de un cubano que ha visto mundo desde que emprendió el viaje sin boleto de retorno.

A veces pasan por la televisión de la Isla un documental sobre Leo Brouwer en el que aparece Paquito. Es un gastado material de archivo, sobreviviente a toda censura. Acaso porque algún joven cancerbero de la imagen ya no reconoce su figura.

Algunos vimos Calle 54, de Fernando Trueba, en cines habaneros. Algunos leímos Mi vida saxual, hurtado a alguien, sacado de alguna biblioteca independiente, entrado a esta prisión llamada país sabe Dios cómo.

Conseguimos de mil modos diferentes sus discos. Los viejos y los nuevos. Para los primeros están los antiguos coleccionistas a los que se les rompió el arcaico tocadiscos. Para los segundos está el mp3, y ahí no puede nada la policía del pensamiento.

Cuando D'Rivera toca, nadie deja de recordar a Julio Cortázar: cada sapo a su cueva y ahí te quiero ver. Porque está saliendo el sol por la boca de su saxo y si la noche cae es porque sus solos no tienen remedio: también el aro de plata lunar quiere oír al más grande de todos, al más pícaro, al más coherente.

Paquito toca para el mundo cuando se va al Carnegie Hall con Bebo Valdés, Yo-Yo Ma y Michel Camilo a celebrar sus veinticinco años de vivir en libertad. También tocaba para todos en los teatros habaneros, especialmente en aquel cuyo nombre no hay que pronunciar, donde una noche de los tiempos desembarcó Dizzy Gillespie y una trouppe iluminada que profanó el templo sacro del recelo.

Y cuando versiona boleros que saben a desamor y también a pura nostalgia roneada. O se atreve con un mínimo formato para cámara, con cello y piano, donde caben jazz y ritmos del sur, como si algo hubiera que agregar a quien lo ha probado todo.

Ahora D'Rivera ha revelado que escribe un tercer libro. Inicialmente se titula Solo de bongó: paisajes y retratos. En él recoge anécdotas y sucesos impactantes de seres que conoció, desde Gillespie hasta un anónimo pianista que para no ver morir de hambre a sus hijos quiso cambiar su piano por unas cuantas latas de leche.

Quienes hayan leído Mi vida saxual sabrán que su anecdotario es profuso, al parecer inagotable. Por eso, ya es hora de ir afilándonos las uñas: habrá que conseguirlo como sea. Mientras llegan los tiempos en los cuales lo más común del mundo será poner la radio y escuchar que nuestra casa vuelve a ser inundada por la música más libre del mundo. Tan libre como el aire saliendo del oro de un saxofón.