Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Literatura cubana

Un bolero de Cuba

Relato de formación, crónica familiar circundada por acontecimientos culminantes

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En Santiago de Cuba siempre hay guitarras dispuestas para un bolero. El enamorado despliega acordes sobre los pliegues de la anochecida: se abren las ventanas para que entre la brisa: la muchacha espera el estribillo y los versos se despliegan por las empinadas callejuelas. El pianista Eliseo Grenet (1893–1950) escribió en 1932, “Lamento cubano” (“Oh, Cuba hermosa primorosa / ¿por qué sufres hoy tanto quebranto?”), el dictador Gerardo Machado lo conminó a marcharse de la Isla. Benny Moré (1919 - 1963), meses antes de morir, improvisó una cadenciosa guajira en la que repetía con dolor: “Ay mi Cuba, Ay mi cuba”, que nunca fue del agrado del régimen castrista. Las coplas no les gustan a los tiranos.

Un bolero para Arnaldo. Memoria personal de Cuba (Ediciones Cal y arena, México, 2015), del periodista, docente y escritor Rubén Cortés (Pinar del Río, Cuba, 1964), está trazado desde los compases de la añoranza y el júbilo de la recordación. Pasado que se extiende en la presencia: la Isla renace en la voz presurosa de uno de sus hijos. Relator en primera persona que rubrica un testimonio de frunzas ensanchadas, árboles de raíces añejas, cocuyos que colorean de menta a la oscuridad, tataguas subrepticias en los retratos de los difuntos y peces humedecidos por el resplandor.

Quince paradas temáticas en que la memoria aquilata las evocaciones. Atajo, paseo por diferentes recodos de un testigo del deterioro, obligado a escapar de las ruinas. Cuba y sus estruendos concluyentes. Cuba “viuda” en los relentes de una tarde no propicia para la siesta.

Primeros escenarios: “La marca nacional” (entierro del padre: una mosca dentro del sarcófago, alegoría de la podredumbre que acosa a la Isla), “Hombre de familia” (“…fue besando a un muerto en la frente que aprendí a ser un hombre de familia”. La infancia y el abuelo. La madre canta en el naranjal bajo el refugio manso de la atardecida), “El retrato vivo”( desaparición de los códigos morales, explosión hormonal en las Escuelas en el Campo, presencia de la endogamia), “Papito ven, corre” (la amistad como un temblor de fortaleza inalterable), “Vuelta a la madre patria” (la Ley de Memoria Histórica decretada por España), “Hacerle una mierda a un tipo” (códigos machistas, aprendizaje para ser un ‘hombre a todo’), “Las mujeres mandan” (los gestos misóginos del escritor colombiano Vargas Vila y las lecturas del negro Sinesio), “El amor todo lo espera” (llegada de nietos y los afectos del viejo, quien resiste con “nobleza y alegría su existencia bajo la Gran Utopía”).

Otras contingencias: “Un día Cualquiera” (preámbulos de la muerte del viejo), “Cubanos atípicos” (el narrador nunca vio bailar a sus padres; el viejo nunca dijo ‘voy a dar tremenda barra’… Nunca los padres socializaron), “El último adiós” (el desamparo del huérfano: ‘con la muerte de ella me sentí solo. Con la muerte de él me sentí abandonado’; el narrador resiente el ramalazo de la muerte de la madre porque ella nunca supo de vivencias, las cuales le habría fascinado escuchar: “en República Dominicana, un poco más allá de Punta Cana, me asomé a la casa de su personaje favorito, el cantante español Julio Iglesias. Detallarle que parece una casa de Indonesia, aunque está rodeada por el mar Caribe, con palmas, matas de coco, mangos y flamboyanes como los de Pinar del Río y que en el patio había una gallina echada en un nido’), “Un antiguo esplendor” (la determinación de no regresar), “Un flotador para Cuba” (restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos), “El viejo” (Cuba, un cuadro en la pared donde una nave se traslada a la Isla al horizonte), “Cuba devuelta” (rencuentro de toda la familia en Miami Beach).

Relato de formación, crónica familiar circundada por acontecimientos culminantes. Pinar del Río o el aroma de las vegas de tabaco. El padre cría paloma, las hermanas rondan, el hijo varón mastica los instantes. Hay un esplendor resonante cuando la madre canta un lamento jíbaro entre las enredaderas y las espinas de los ramos de naranjos. La noche viste al desamparo para que el sueño invada los deseos. La aparición del alba permite la concordia: el amanecer se columpia sobre la estación brumosa. El mundo se avizora desde la mirada pertinaz de un relator con gestos guajiros, capaz de lanzar certeros dardos en las voluntades excitables de los lectores. Cortés ha bosquejado el antes y el después: infancia y discernimiento. La patria chica, los afectos y el azoro. El exilio, la ausencia de los padres, el hijo. Las dos patrias de Martí: Cuba y la noche.

Bolero: tonada teñida de alborozo en los quebrantos de armónicos y notas de sentencias sin grietas. Se cabecean los adioses. La devoción filial: sacramento. Las pulsaciones eternizan los vuelcos del corazón. En este libro apasionado la “atmósfera espesa, húmeda y eterna del Caribe” vaticina las emociones. No olviden que una madre canta un lamento jibaro acompañada de un coro de irrefrenables ternuras.


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