Actualizado: 21/11/2018 18:34
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Un melodrama para saborear

Esta película se convierte en un premio para el espectador paciente

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Thomas tiene una pastelería pequeña pero exitosa en Berlín. Cada cierto tiempo se aparece un cliente un tanto misterioso. Se llama Oren y es un israelita que trabaja para un conglomerado internacional y tiene que visitar la ciudad por cuestiones de trabajo. Thomas es muy callado, todo lo contrario que el extrovertido Oren. Finalmente comienzan una relación. Oren le confiesa que es casado y tiene un hijo en Jerusalén. Tras varios encuentros, en los cuales incrementa la pasión, Oren desaparece. Thomas se decide a buscarlo y llega hasta el edificio de conglomerado, donde es informado que Oren ha muerto en un accidente de tránsito.

Thomas se queda con deseos de conocer más acerca de la vida de Oren y, tras un corto plazo, cierra la pastelería y se va a Jerusalén. Allí se aparece en un pequeño café propiedad de Anat, la viuda de Oren. Thomas acude todos los días a tomar café, pero nota que la cafetería no tiene mucho que ofrecer. Y le pide trabajo a Anat, quien, al principio, solo le dice que lo va a considerar.

Anat está atormentada por la pérdida, pero tiene otros problemas. Es una judía seglar, no acepta seguir las tradiciones religiosas, pero la familia de Oren es ortodoxa y tienen fricciones entre ellos, sobre todo con Moti, su cuñado. Discuten sobre la educación del hijo, ya que ella ni siquiera observa el Sabbath.

Finalmente, Anat acepta la proposición de Thomas y este al cabo de un tiempo comienza a hornear galletas, panetelas y pasteles. Al principio le exigen que lo haga fuera de allí, pues el café está designado kosher y tiene muchas limitaciones, pero a la larga, como los clientes aumentan, Anat decide que hornee allí mismo y al cabo de cierto tiempo, esto le acarrea ciertos problemas, entre ellos pierde la calificación de kosher.

La relación entre Thomas, que lo sabe todo, y Anat, que no sabe nada, se va desarrollando a niveles cada vez más íntimos. Luego Anat comienza a descubrir pequeños detalles y las cosas se complican. Hay un canto al erotismo de la pastelería.

The Cakemaker es una película que transcurre con apacible lentitud. Aparentemente es un melodrama superficial, pero a medida que avanza toca diversos puntos de la realidad diaria. Pasa por los tabúes que nos limitan, los secretos que es necesario guardar, la fuerza de las costumbres y la imposibilidad de reprimir los sentimientos. En el desarrollo argumental, se centra sutilmente en los detalles que gobiernan nuestra cotidianidad. Al tomarse su tiempo en desarrollar personajes y situaciones, su final gana en dimensión narrativa y se convierte en un premio al espectador paciente.

El filme es el primer largometraje de Ofir Raul Graizer (Israel, 1981) y resulta un logro extraordinario para el joven director quien, trabajando con su propio guion, mantiene un control total de la línea argumental y del estilo narrativo. A veces cede a la tentación de usar trucos del cine comercial que no encajan en discurso general de la cinta, pero son solo momentos aislados y Graizer parece dejar que la trama cobre su propia vida, lo cual la hace aparecer espontánea.

Tim Kalkhof es un joven actor alemán a quien por estos lares solamente se le ha visto en algunos episodios de Homeland, pero es bastante conocido en la televisión alemana. Encarna perfectamente el papel de Thomas, el pastelero. Un hombre de expresiones reprimidas, quien lleva un gran peso afectivo sobre sus hombros, por su historia familiar y su condición homosexual. No hace bulla y trata de pasar desapercibido. Es una actuación que requiere un gran dominio de la sutileza histriónica y Kalkhof lo logra. Sarah Adler (Jellyfish, Notre Musique, Foxtrot) es una actriz franco-israelí que siempre desempeña sus papeles de manera irreprochable. Nunca teme aparecer ante la cámara de maneras que la desfavorecen físicamente. Su belleza no es tradicional y sin embargo tiene un atractivo lúbrico irresistible. Parece que le gustan los papeles de mujer independiente y atribulada que tiene que luchar con su medio y lo hace a la perfección. El resto de los actores están muy bien en sus papeles más limitados, pero no menos importantes. A veces parece que nadie está actuando y que asistimos a un documental sobre Jerusalén.

La fotografía de Omri Aloni (Israel, 1984), quien debuta como director de fotografía en un largometraje, es encomiable. Le saca el grano de la piel a cada uno de los personajes. Ilumina de una manera que trasmite el cosmopolitismo de Berlín y el recogimiento solemne y religioso de Jerusalén. Sus enfoquen subrayan la frágil humanidad de los protagonistas.

The Cakemaker es un melodrama comedido, sin fuegos artificiales ni bombas lacrimógenas, de personajes emocionalmente restringidos, de seres que no están seguros de sus próximos pasos y ni siquiera saben si están haciendo lo mejor posible. Refleja cuidadosamente los matices y las contradicciones de las relaciones humanas, no juzga, expone.

The Cakemaker (Alemania/Israel, 2017). Guion y dirección: Ofir Raul Graizer. Director de fotografía: Omri Aloni. Con: Tim Kalkhof, Sarah Adler, Roy Miller, Zohar Shtrauss y Sandra Sade. De estreno limitado en las ciudades importantes de Estados Unidos.


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