Actualizado: 22/05/2018 10:44
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Literatura, Cuba, Novela

«Viejo» soldado cubano en nueva novela ecuatoriana (I)

El colector de armas para el desembarco que nos salvaría, confiesa cuitas en una entrevista posterior a la publicación de sus memorias en la novela Náufragos en tierra, del escritor ecuatoriano Oscar Vela

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Tengo la impresión, después de leer la inédita entrevista a César Gómez Hernández en su casa en Bogotá, hecha por un nacional de aquel país a propósito de la publicación el año pasado de obra que versa sobre su vida insurreccional, que el expedicionario del Granma no quedó conforme con la parcial ficcionalización que el autor hizo de su testimonio.

Quizá, por el uso del plural denominativo donde se narra una historia particular. Generalizando, y nunca mejor dicho sin que faltaran razones, en el fracaso permanente de aquella gesta.

Abunda Gómez que devolvió borradores del libro al escritor, e inició polémica ensarta de sugerencias sobre qué debía de ser cambiado.

Al final, Oscar Vela dio vela libre a su versión, y entregó a Random House Mondadori los papeles terminados.

Porque a Vela le fascinan los temas dictatoriales y anda tras personajes que le nutran el acervo. Tal vez zarandear a la desmemoriada Latinoamérica se le haya convertido en obsesión.

En 2015 presentó otra intitulada Todo ese ayer, donde recurre a acontecimientos preteridos. La historia de un desaparecido durante la dictadura de Videla que reaparece 34 años después, es más o menos de lo mismo que nos ocupa.

La pergeñada fábula dictatorial del continente se ha contado a mares a través del cine y la literatura. La de Sebastián Barberán (protagonista de Todo…) necesitaba una navegable contrapartida caribeña, porque homologándose le aminora cierta nebulosa inconclusa. De trasfondo, los comunes acontecimientos: el totalitarismo vivo en los subconscientes locales y conscientes regionales.

Entre las altas clases no existe gnosis como la conocemos, o hay, lo que Vargas Llosa denomina “Cultura del Espectáculo”. Muchas personas en este hemisferio se creen parte de una seudoaristocracia, y como tales se representan, diletantes en escena.

Se necesita, pues, replantear lo que somos como sociedad, cuales “entes sociales”. Lo frívolo del transcurrir —parvos e hieráticos seres de ciudades hipócritas, las que se construyen en altar y pedestal, combatiente y callejero, monja y puta— con empecinada vehemencia.

Como elemento consustancial (de novedades, no vacuidades) en nuestros nacionalismos desfasados y pendejos, deberíamos introspeccionarnos hasta alcanzar ser mejores personas y ciudadanos, tanto cuando podamos.

El expedicionario que nunca existió

No hay biografía en la patria del héroe prófugo, porque dos años después del triunfo al que cándidamente coadyuvó, partió buscando lo que extravió: su libertad.

Siquiera hace referencia la enciclopedia cubiche, que lo nombra de soslayo, de un libro de versos suyo: “Espigas de Acero”.

Nacido en La Habana en 1918, exiliado en Bogotá desde 1961 tras romper con Fidel Castro, fue el décimo quinto —y uno de los 6 integrantes del Estado Mayor— de los 82 expedicionarios del Granma el 2 de diciembre del 56, quien este 2018 alcanzará el siglo de vivir para contarlo.

Colaborador de Antonio Guiteras Holmes —cinco meses secretario de Gobernación, Guerra y Marina del presidente Ramón Grau durante su primer mandato o Gobierno de los 100 días—, compuso con él un afecto que fue entretejiendo de hilo a madeja hasta lograr lazo fuerte, porque ayudóle a impulsar la adopción de medidas como la jornada laboral de ocho horas, el derecho de mujeres al sufragio, las rebajas en alquileres de viviendas, de tarifas eléctricas y telefónicas, y otras reformas notables.

Desde el Ala Izquierda Estudiantil conoció a Paulino Pérez Blanco, de la Joven Cuba, miembro/testigo del nombramiento de Tony por la Pentarquía que derivó en Gobierno del Dr. San Martín, con el sargento Fulgencio al frente del ejército. Lo primero que hizo fue incautar las compañías subsidiarias de americanas.

Un día, aquel militar destituyó al gobierno revolucionario y traicionó a estudiantes, militares y trabajadores electos. Él, que era vecino de Paulino (“El Oriental”), vinculaba con la oposición de la siguiente manera: tenía amigos en el Central Hershey, y la posibilidad de conseguir en Matanzas metralla para guerrear.

Cuba era el gran productor de azúcar del mundo. Lo conseguía en cuatro meses: diciembre-abril, en que terminaba la molienda. La renta del trabajador agrícola era dolosa: 90-120 días, quedando para comer del crédito en tiendas de centrales. El país no tenía industrias. Vivía de la exportación de cinco millones de toneladas en un tercio del año. Primaba pues independizarse de Estados Unidos, eliminar el monocultivo y el mercado único. Así los grupos que luchaban no sentirían vergüenza del campesinado. Porque Cuba era campesina, cerrando el círculo de la libertad; cero independencia, descalzos y hambreados.

En la trama del libro (que pretende ser biográfica) se cuentan las pérdidas de César y familia: el padre a los 15, la madre a los 18. Por tanto, fue un chico de la calle y el menor de los hermanos. Cansado del régimen, creó una micro cédula/facción con la que pregonaba: ¡Ahora sí! ¡Esta es la revolución! ¡Llegaron las armas! ¡Tenemos grupo militar!”, porque terció el valor en él a través del profesor Bárcenas, su inspirador.

Cuando Castro manda atacar el Moncada, casi todos apoyaron al único que enfrentó el dilema. Abrazaron sin dudar “su” causa. Pero en Cuba “hacer revolución” tuvo insospechados matices.

Hay un momento en que depuesto Pío Socarrás aparece un coronel, jefe de la casa presidencial, y le localiza: “Tenemos armas, pero no se desea confiarlas a grupos con tendencias, sino sacarlas y que estén depositadas bajo la dirección de su gente”. Entonces César se compromete a repartirlas para que estuviesen listas, porque “iban a hacer la Revolución”.

Trasegó veinte días en camioneta, disfrazándolas de escobas y llevándolas a lugares donde habían determinado estuvieran. Prío conocía todos los grupos revolucionarios de la época.

Lo delatan. Sale en la prensa, la camioneta era su propiedad. Cae preso: le golpean, le vejan, le aplastan el seso con tal que diga dónde. Lo conducen a oscuridades, amenazan, le disparan una pistola… Acaban con los compañeros que habían ayudado al meneo de aquellas.

Estando preso, del partido (de Fidel, que era Ortodoxo) un senador; Fico Fernández Casas y un representante a la Cámara, acuden al habeas corpus después de golpeado. La salvación consistía en no denunciar paraderos. Mientras mantuviera resistencia para aguantarse, se conservaría vivo.

Puesto ya en libertad, asesinan por revancha a los tres arrestados y entonces sí busca el exilio. Pero en México.


La segunda parte de este artículo aparecerá mañana viernes.


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